6 EL LOBO
© Manuel Peñafiel, Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
12/13/20257 min read


Estoy formando un grupo de Rock, y pensé que tal vez tú quisieras ser el vocalista. Esas fueron las palabras con las cuales José Ignacio Arreola me abordó cuando cursábamos el último año de la escuela preparatoria. ¿Y por qué me lo preguntas ?, ni siquiera sabes si soy capaz de cantar, le respondí. Lo que me interesa es tu actitud que emana inconforme rebeldía, agregó. ¡Vaya pensé, eso hace sentido !, por lo tanto, acepté. Ignacio ignoraba que yo había pertenecido al coro infantil en la escuela, y que me encantaba cantar en mi casa al compás de los discos de Rock grabados en acetato por intérpretes estadounidenses e ingleses. Después de sufrir las vejaciones infringidas por los frailes y monjas benedictinos que regenteaban el lucrativo Colegio del Tepeyac, ubicado en la colonia Lindavista de la Ciudad de México, donde cursé primaria, secundaria y preparatoria (1955 - 1966), tengo suficientes motivos para ratificar estos refranes: Los frailes entran sin conocerse, viven sin amarse y mueren sin llorarse. En el fraile y la mula la coz es segura. Ni fraile por amigo ni clérigo por vecino. De niño alcancé la excelencia durante toda la primaria debido a la angustia que me invadía al ver la manera enfermiza en que los frailes azotaban a los alumnos rezagados en el cumplimiento de sus deberes escolares, las monjas que impartían las lecciones nos golpeaban en la espalda, en los brazos y en las palmas de las manos con reglas de madera. Aquellos clérigos y religiosas eran seres rumiando a través de sus desviados vericuetos, su hibridismo existencial los había transformado en ajadas sombras amargadas y marchitas. Y por supuesto, una de las materias impartidas en dicha escuela católica se llamaba Moral, durante la cual una monja nos hablaba de los milagros de la fe; como aquella fantasiosa anécdota en que un niño al asomarse imprudentemente al pozo de agua de la granja se cae, sin embargo, antes de llegar al fondo le pide ayuda a su Dios imaginario, entonces prodigiosamente el cordel de su escapulario queda atorado a una de las salientes rocas del foso; y de esta manera puede ser rescatado por sus padres.
1 ©Manuel Peñafiel Mis primeros discos de música en acetato


2 ©Manuel Peñafiel Ensayo Grupo de Rock 1966
La ingenuidad de mi intelecto daba por hecho tales supersticiones. Durante las clases de religión se nos habló de la Santísima Trinidad integrada por Dios padre, Jesús su hijo y el Espíritu Santo; en la iconografía católica dicho trío está representado por un triángulo por tratarse de un mismo ser. Algo así como: " Uno para todos y todos para uno ", lema pronunciado por los Tres Mosqueteros en la novela del escritor francés Alejandro Dumas. En esa descripción de la Santísima Trinidad algo le estorbaba a mi lógica; se me decía que todos éramos hijos de Dios, por lo tanto, la virgen María se encontraba dentro de aquella prole, entonces, ¿ cómo era posible que el Espíritu Santo, el cual es parte integral del Dios paterno la hubiese preñado con la simiente que daría origen al predicador judío Jesús que a los treinta y tres años de edad sería crucificado a causa de su ingenuidad reconciliatoria ? Según mi percepción, las maestras y profesorcillos del Colegio Tepeyac carecían de entusiasmo para arrebatarnos productivamente hacia sus áreas; el maestro de Historia Víctor Figueroa por ejemplo, se limitaba a ordenarle a un condiscípulo que leyera algún capítulo del libro de texto, y mientras aquella torpe y soporífera palabrería hacía que nuestros párpados cayesen en arenoso declive, dicho sujeto se fumaba un cigarrillo bajo la puerta del aula charlando con el maestrillo del salón de clases de enfrente. La mayoría de los que se ostentaban como profesores escupían con petulancia su dudable erudición desde su ilusoria superior tribuna, otros enraizaban su trasero a la silla del escritorio sin esforzarse por vigorizar empatía con los pupilos que bostezábamos en sus aulas; en aquel ámbito estudiantil se desbordaba la disimulada irreverencia hacia el personal docente, todos sus integrantes poseían despectivos apodos ingeniosamente acuñados por el alumnado.
La secundaria y preparatoria en el Colegio del Tepeyac transcurrieron en espeso tedio provocado por la pedante zanja que los profesorcillos cavaban con su negligente y arrogante comportamiento emponzoñado con violencia verbal, aunada a violentos castigos corporales; cuando llegó el último año de preparatoria, me enteré que al Profesor de Literatura Agustín Gutiérrez Flores lo apodaban “ El Lobo ”, yo no le hallé ninguna semejanza con el temerario animal estepario, luego, los condiscípulos me explicaron que la burla consistía por el aspecto voluminoso de su nariz parecida a la del Lobo Feroz de la cinta de dibujos animados Los Tres Cochinitos, tampoco me convenció dicho mote. Este Maestro solía irrumpir dentro del aula profiriendo descalificativas palabras que buscaban sembrar en nosotros el gusto por las letras, sin embargo, la ponzoña no anidaba en sus reprimendas: ¡Ustedes son un montón de inútiles haraganes, ignoran todo acerca de la grandeza de las letras, estoy seguro de que nunca han leído a los poetas franceses! Y después de exclamar todo aquello, su boca se curvaba presuntuosamente hacia arriba para finalizar exclamando en gutural francés: Les Fleurs du Mal de Charles Baudelaire ( Obra literaria que años después valoricé ). El Profesor de Literatura Agustín Gutiérrez Flores, sorpresivamente nos avisó que para aprobar el examen final era imperativo escribir algo de nuestra propia inventiva. Esto sonó inaudito, las protestas se escucharon a viva voz en el aula, dentro de nuestro angosto criterio y holgazanería no cabía la posibilidad de crear algo por nosotros mismos, claro síntoma del déficit de calidad en el sistema educativo nacional, la mayoría preferíamos la obsoleta fórmula de preguntas y respuestas. Dicho Profesor no cedió ante los reclamos. Algunos condiscípulos recurrieron al plagio de artículos, cuentos o ensayos, otros sí se esforzaron en redactar algo proveniente de su ingenio. Fue entonces, que se me ocurrió transcribir a máquina las letras de las canciones que componía y cantaba yo en el grupo de Rock; aunque no estaban ajustadas a exacta simetría, las acomodé en estrofas para darles apariencia de poemas, auxiliado por el diccionario encontré una palabra que consideré profunda para el título, y con el manojo de hojas mecanografiadas me dirigí a una imprenta, donde el comprensivo artesano me confeccionó un minúsculo breviario encuadernado en piel con llamativas letras doradas en la portada, donde se leía:






De izquierda a derecha:
3 ©Manuel Peñafiel saluda a la conductora de un programa televisivo donde él y su grupo de Rock participaron en 1966
4 ©Manuel Penafiel vocalista del grupo de Rock, Ciudad de México, 1966
5 ©Manuel Peñafiel cantando Rock, concurso televisivo 1966
6 ©Manuel Penafiel cantando en la televisión en un concurso con su grupo de Rock, 1966
7 ©Manuel Peñafiel Priemer poema de mi libro CAVILACIONES, 1966
CAVILACIONES. Transcurridas algunas semanas, el jefe de grupo comenzó a repartir los trabajos calificados. Me inquieté al ver mi librito sobre el escritorio del Maestro, cuando me llamó, pensé que sería para reprenderme, sin embargo, con el tono adusto que siempre lo caracterizó, al devolverme mi tarea escuetamente dijo: “ No está mal Peñafiel, sigue escribiendo ”. Aquel breve sonido me hizo “sentir poeta”; cada sílaba fortificó mi endeble autoestima, y partir de aquel día mi impulsivo abecedario se ha vertido en caudales desbordando mis agitaciones, inconformidades, alborozos, pesares e ilusiones; desde entonces, me animé a plasmar emociones navegando sobre las marejadas de la tinta, hallé en la escritura el pedernal con el cual pulir navajas, con palabras soy capaz de anudar la horca, elaborar un bálsamo o labrar mi propia existencia. Hallar mi medio de expresión con la palabra escrita fue una casualidad; antes de eso, el Profesor Agustín Gutiérrez Flores jamás se aproximó cordialmente para invitarme a valorar la maravillosa literatura mundial, la cual fui descubriendo durante el transcurso de mi vida. En la Universidad Iberoamericana antaño ubicada en el Campus Churubusco, obtuve mi título de Licenciado en Administración de Empresas en 1972, el cual enmarqué y colgué en la pared, no de mi oficina, sino en el muro del pasado, nunca ejercí dicha profesión, decidí arrojarme a mi aventura fotográfica, la cual ha sido mi verdadera vocación desde la infancia, ahora complementada con mis textos antaño manuscritos, posteriormente mecanografiados y en la actualidad vertidos sobre el teclado de mi computadora. Me he dedicado a confeccionar mis libros como editor independiente con mi prosa acompañando a las imágenes. Cuando jubilosamente palpé mi primer libro el Estado de México publicado en 1975, venciendo mi repugnancia por pisar de nuevo el Colegio del Tepeyac, decidí llevárselo al rígido Maestro Agustín Gutiérrez Flores, sin embargo, antes de acudir al plantel averigüé con nostálgica decepción que aquel que fuera alguien transcendente que fortificó mi desnutrida personalidad de aquel entonces…ya había fallecido.




De izquierda a derecha:
8 ©Manuel Peñafiel CAVILACIONES Mi primer libro de poesías
9 Cavilaciones, poemas de Manuel Peñafiel, 1967
10 ©Manuel Peñafiel Agustín Gutiérrez Flores Maestro Literatura y Francés
11 ©Manuel Peñafiel. Portada de su libro El Estado de México 1975, celebración del 15 de Septiembre, Toluca
©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
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