5 DON HUMBERTO RUIZ SANDOVAL MI ABUELO
© Manuel Peñafiel, Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
12/13/202514 min read


A causa de su arduo trabajo y neurosis, mi padre Ricardo permaneció ausente en mi vida; me pregunto que hubiera sido de mí, sin aquella sólida figura masculina que representó mi abuelo materno Humberto Ruiz Sandoval ( 1894 - 1973 ) durante mi introvertida infancia, y juventud sin brújula. Mis tempranos años transcurrieron en íntimo enlace con mi madre Renée Ruiz Sandoval ( 1926 - 1971 ) y mi abuela materna Josefina Pesquera ( 1907 - 1996 ); sin hombres a quien imitar en casa, tal vez yo hubiera aprendido a bordar, o mi virilidad se hubiera escurrido fuera de mí hacia narcisista espejo. Sin embargo, aquel gigante de nívea melena, me reconfortó entre sus brazos durante la primeriza angustiosa incertidumbre existencial; sensible y solitaria infancia amedrentada por amenazas infernales del catecismo católico impartido en el Colegio del Tepeyac, donde crueles frailes y monjas nos azotaban por la menor falta cometida.
Cuando yo tenía nueve años, durante la confesión previa a mi primera comunión, el sacerdote trató de desabrocharme el pantalón, mis instintos me ayudaron a huir ileso, a nadie le relaté lo ocurrido, a mi padre le tenía miedo, sabía que si lo hacía, él reprendería a mi madre, y a ella no quise destruirle el consuelo que le brindaba su religión en su desdichado matrimonio. A pesar de que escapé intacto del pervertido clérigo, la humillación y la traición fueron intensas, la libertad es caro trofeo, desde entonces no vivo doblegado ante supersticiosos dogmas religiosos, descubrí que el Vaticano es guarida de codiciosos y perversos sujetos; cantar en los altares y violar niños en la sacristía es repugnante hipocresía.
1 © Archivo Manuel Peñafiel
2 ©Manuel Peñafiel Mis abuelos Ricardo Peñafiel Asiain y Mercedes Sánchez Bauchester
Mi vida ha sido guiada por intuitivo mapa, llegué a la escuela ignorando a donde me dirigía, la primera tarea asignada fue estudiar las cuatro estaciones del año descritas en el libro de ciencias naturales, de vuelta, me dirigí a la casa de mis abuelos contigua a la de mis padres, ahí le pregunté al hermano menor de mi madre: ¿ Qué significaba estudiar ?, y él con perezosa brusquedad, respondió: " Pu’s estudiar ". Intimidado por mi ignorancia, no me atreví a pedirle una clara respuesta; pasé el resto de la tarde con la preocupación de lo que sucedería en caso de que la maestra me preguntara al respecto. Afortunadamente, al día siguiente dentro del aula no se tocó el tema. Confieso que jamás aprendí a estudiar, en el transcurso de mi odisea escolar y universitaria leía yo, sin embargo, mi mente divagaba, aún así, obtuve mi licenciatura universitaria en administración de empresas. Las mediocres maestras y profesorcillos de la escuela primaria nos agobiaban con densas tareas que debíamos realizar en el hogar para compensar su despreciable holgazanería didáctica, aquellos asalariados jamás poseyeron entusiasmo, ni amor a su oficio por ilustrarnos. Una tarde en que me encontraba estrangulado por mis labores escolares; mi abuelo Humberto notó la sobrecarga de trabajo que no dejaba tiempo para jugar, indignado tomó el directorio telefónico para buscar el número del Secretario de Educación Pública y manifestarle una queja; yo me quedé petrificado, temí que esto me acarreara la antipatía y reprimendas de mis maestros cuando la autoridad les llamara la atención, pero mi ingenuidad tal vez era tan grande como la de mi abuelo, en dichas oficinas jamás lo comunicaron con el funcionario, dejándolo esperando hasta que no tuvo alternativa más, que a regañadientes colgar el auricular.
©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
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2 ©Manuel Peñafiel a los 7 años de edad, Ciudad de México, 1955


3 © Archivo Manuel Peñafiel
Mi abuelo materno Humberto tenía las manos grandes, anchas de ternura, con las cuales me acariciaba justo debajo del mentón y yo sentía infiltrarse su fortaleza dentro de mi nuca ascendiendo hasta mi cerebro para enraizar ahí. El era cortés, afable, cálido, sin excusar a los léperos, los reprendía por escupir obscenidades enfrente de mi abuela y de mi madre, varias veces llegó a los golpes cuando en la sala de espectáculos algún vulgar sujeto sentado en la butaca de atrás lo desafiaba al no querer amarrar a su procaz lengua, estoy seguro de que hoy en día, atónito quedaría al escuchar como muchos hombres y mujeres se expresan peor que en un baño de cantina.
Libros leyó decenas, poemas los escribía él mismo con su galantería, mimos me prodigó hasta enriquecer mi alforja con recuerdos. De niño me ayudaba a trepar a una higuera que yo veía gigantesca en su jardín poblado de pirules y eucaliptos. Con mi abuela Josefina siempre fue paciente y amoroso, y con mi madre Renée impecable guía al dotarla de institutrices parlantes del idioma español, inglés y el francés, con lecciones de piano al atardecer. De música clásica y operística era instruido, aborrecía el sonido barato mal llamado música que transmiten varias radiodifusoras, de la televisión se burlaba, aunque había una serie la cual disfrutaba, era la de un abogado defensor llamado Perry Mason.


4 © Archivo Manuel Peñafiel
La tarde de un 15 de septiembre de 1951, lo vi alistarse, apresurado tenía que entregar un artículo en el periódico donde laboraba como reportero, le pedí que me dejase acompañarlo; el Centro Histórico de la Ciudad de México era un hervidero de gente, esa noche resonaría el festejo por la celebración de la supuesta Independencia de México, el Parque de La Alameda Central lleno estaba de puestos de antojitos, matracas, cornetas y cuetes; mi abuelo se detuvo frente a uno que vendía toda clase de sombreros, y él mismo escogió una gorra de cartón emulando a la de un general del ejército, cual diminuto comediante a los tres años de edad, solía yo solía ponérmela y marchar luciéndome enfrente a él, para luego internarme a solas por el jardín a combatir imaginarias tropas de gachupines invasores, aquella gorra de cartón con tres estrellas doradas de papel pegadas al frente, la usé tanto para jugar que se deshizo en irrecuperables trozos de inolvidable regocijo. Desde entonces, mi abuelo Humberto me llamó: Mi General. Y si él viviera, yo lo condecoraría con valiosas medallas al mérito por su decencia y honradez.
Al escribir esto, el llanto muerde a mis ojos, me arde el salino líquido de lejanas remembranzas, tibio cual pensamientos que jamás dejarán escapar opulentos recuerdos, las lágrimas se abultan, y el teclado de mi computadora sobre el cual escribo, se cubre de nostálgicos cúmulos de ansiosa lluvia. ¡ Aléjense dolorosos nubarrones, lo que aquí intento, es narrar el azul profundamente elegante en los ojos de mi abuelo Humberto, color de la madura viril ternura, él me hacía sentir respaldado ! No exagero al repetir que yo ingresé al primer año de la escuela sin tener idea de lo que se trataba, ahí la repugnante monja con hedor a orines y mirada extraviada, era la encargada de la clase de moral, la verborrea mitológica que en aquel tiempo yo creía verdad irrefutable, aquella indefinida hembra asfixiada en masoquista hábito, nos asignó como tarea hacer un dibujo de Adán y Eva arrojados del paraíso, esto se lo platiqué a mi abuelo Humberto, quien prestamente fue a su librero a consultar la Biblia, abriéndola en una página donde aparecía una deslumbrante ilustración realizada por el pintor, escultor y grabador francés Gustave Doré ( 1832 - 1883 ); mi abuelo enseguida humedeció su pluma en el tintero, y con asombrosa destreza reprodujo aquella obra sobre una hoja de papel, con ella en la mano me dijo que lo acompañara a la bodega, de donde extrajo un marco dentro del cual colocó aquellos trazos guiados por la destreza de un lejano joven que antaño había aspirado a convertirse en arquitecto, pero la fatalidad de la Revolución Mexicana de 1910 clausuró las aulas universitarias, viéndose obligado a buscar trabajo para mantener a su madre Odona. Pero, a la mañana siguiente, no me atreví a entregar aquella imagen, nadie hubiera creído que yo la había ejecutado, además la pareja expulsada del edén que mi abuelo dibujara aparecía desnuda, y desde niños en la religión católica se nos inculcaron sensaciones pecaminosas tratándose de un cuerpo al natural. Muchos años después como disciplina cultural, me propuse leer La Biblia considerándola un imaginativo volumen fantasioso, donde se describe a un dios sanguinario, esclavista, racista y misógino, párrafos astutamente redactados para arrear rebaños humanos, y entre aquellas páginas de papel cebolla, me conmovió reencontrar la misma ilustración que mi abuelo había repetido, constatando de que se trataba de una de las muchas obras maestras del grabador francés Gustave Doré, a quien luego continué disfrutando sus obras en el transcurso de La Divina Comedia de Dante Alighieri, y Don Quijote de la Mancha escrito por Miguel de Cervantes Saavedra. Y ahora que toco el tema de la desnudez, recuerdo una noche en que mi madre Renée me indicó que me pusiera la pijama, y yo sin obedecerle brincaba despreocupado por la habitación, entonces ella sin alzar la voz dejó escapar inesperada amenaza: ¡ Si no te pones los pantalones, el diablo vendrá a darte una nalgada ! Yo tendría escasos tres años de edad, escucharle decir eso, me cubrió de helado pavor, inmediatamente la obedecí. Luego ya metido y a salvo en mi cama, le pregunté que sucedería en caso de que Satanás surgiera del averno para propinarme dicho azote, y ella tranquilamente respondió: La mano del demonio te quedaría marcada para siempre. Durante muchos años, me imaginé una mano roja extendida sobre mi redondito trasero…..de haber ocurrido tal desgracia.


5 ©Manuel Peñafiel Juventud sin brújula Autorretrato 1968
Venturosamente la varonil figura de mi abuelo Humberto llenó el vacío que a otros les aflige, intentando rellenarlo con un padre celestial, lo cual no fue mi caso. Mi teoría es que María fue aceptada por José cuando ella ya traía en sus entrañas el vástago de otro hombre, y que el carpintero siendo padrastro de Jesús lo descuidó; el nostálgico nazareno buscó la paternidad en su dios omnipotente, queriéndole agradar de tal manera que con vehemencia se mortificó en el desierto hasta alucinar y conversar con Satán, yo no necesito ayunar en el desierto para ver a Lucifer, basta mirarle el rostro a la mayoría de los políticos.
En la Escuela Preparatoria disfrutaba yo las clases de biología del profesor Cifuentes, él nos animaba a observar a los insectos, y llevándole aquellos que cazábamos, ganábamos puntos a favor de la calificación mensual; fue mi abuelo Humberto quien me llevó a una tienda a comprar algunos metros de tela de manta para confeccionar con sus propias manos una red y así atrapar mariposas, en aquella época las cacé sin piedad para conformar aquellas colecciones con las que obtuve la máxima nota de aquella interesantísima cátedra; en aquella época, mi ya próspero padre compró una hermosa propiedad en Cuautla a la que para su reposo visitábamos los fines de semana, la exuberancia de aquel jardín me proporcionaba insectos para estudiarlos, procurándome ventaja sobre mis condiscípulos citadinos en dicha materia escolar dedicada al estudio de la vida. En las fotografías que acompañan este relato aparecen colgadas en la pared las cajas de madera con vidrio al frente, donde preservé venenosos arácnidos de peludas extremidades, junto con otros de letal aguijón, graciosos y rechonchos coleópteros, frágiles fasmatodeos asemejando varitas de árbol, laboriosos himenópteros que en disciplinado convoy laboran a través de túneles, y esos comuneros que liban de las flores para producirnos miel, también obtuve ortópteros que a la noche musicalizan, corrí tras multicolores lepidópteros volátiles, y fugaces odonatos con alas de encaje. En la actualidad evito aplastar a cualquier ser vivo que ingrese en mi casa; con el alacrán o vinagrillo uso un guante de cuero duro de jardinería para sujetarlos, a los escarabajos los alzo cuando yacen sobre el lomo, a las libélulas las tomo suavemente para no romperlas, y abro la ventana para que vuelen de regreso a su hábitat; me es difícil creer que tiempo atrás fui capaz de matar espléndidas mariposas, y según las instrucciones del maestro Cifuentes, oprimirles su tórax para asfixiarlas antes de clavarles un alfiler para agregarlas a mi minúsculo cementerio de cromáticos cadáveres. Mi abuelo Humberto defendía la pureza del idioma español, con suavidad me invitaba a emplear correctamente las palabras, en una ocasión le dije que en la escuela había un muchacho muy ‘ abusado ‘ en aritmética, y él añadió: Querrás decir aguzado. Cada instrucción que emergía de su boca era una revelación en mi reducido mundo. Para enriquecer sus reportajes periodísticos acudía al Diccionario de Sinónimos y Antónimos recopilado por Federico Carlos Sainz de Robles, al notar mi temprana afición por la poesía me lo obsequió, no tiene mucho tiempo que lo dejé de usar para detener su lastimoso deterioro, ahora lo conservo igual que una reliquia. Cuando yo tenía doce años de edad, fue mi abuelo Humberto quien me condujo al resplandor épico de la mitología griega, leyéndome odiseas y aventuras para aligerarme el tedio cuando la hepatitis me obligó a permanecer tres meses postrado en cama.


6 ©Manuel Peñafiel Mutante soy Autorretrato, 1980
En 1971, mi madre Renée falleció a los cuarenta y cinco años de edad, esto sucedió en Houston tras una fallida operación al corazón, a mi padre Ricardo lo traje de vuelta en deplorables condiciones, presidí el cortejo fúnebre levitando en espesa orfandad, sin oportunidad de empapar mi luto, en el cementerio distinguí a un anciano rígidamente entumecido por la pesadumbre, era mi abuelo Humberto apoyado en su bastón, se balanceaba igual que el mástil de zozobrante buque.
Mi abuelo Humberto murió en 1973 a los sesenta y siete años de edad; cuando agonizaba, mi abuela Josefina les avisó a familiares y amigos, la casa rebozaba de gente, yo tenía veinticuatro años y me sentía sumamente ofendido por la manera en que la mayoría de los ahí presentes charlaban como si se tratase de amena reunión, mientras a mi abuelo se le extinguía la existencia en su propia alcoba. Mi abuela me dijo que pasara a despedirme de él, atravesé la espesa penumbra, mis pupilas se agrandaron, y lo distinguí debajo de arrugadas impertinentes sábanas que lo devoraban. Esforzándose por desprenderse un instante de la fatalidad inevitable, me saludó débilmente, aquella ya no era su voz, sino el marchito eco de un hombre cabal que la vejez desmoronaba, decrepitud es el trágico sismo que convierte al ser humano en arrancada alga a merced del oleaje en inmisericorde océano. A mi abuelo Humberto le tomé su mano, me asustó palparla huesuda y fría, era ya inútil remo para navegar a través de la existencia, no supe que decirle, me sentí ofendido por la soledad, miré hacia las ventanas cubiertas con el cortinaje confeccionándole enaguas a la muerte, y la maldije por estar ahí al acecho, haciéndose presente sin siquiera ser invitada nunca. Quisiera haber abierto los mudos ventanales para que la luz descuartizara aquel espectro, emerger del cuarto y gritarle a todos: ¡ Cállense la boca, que mi gigante de porcelana y nieve se cuartea en avalancha de dolor ! Aquí el llanto interrumpe esta humedecida prosa. Salí de su habitación sin hallar sitio donde reposar. Mi madre Renée había muerto un par de años antes, mi abuela ocupada sirviendo café, los ahí presentes charlaban haciendo de todo aquello un carnaval de espinas, escapé al jardín triste enramada de plegarias huérfanas, no existe alguien a quien rogarle, hacía ya mucho tiempo que el sacerdote que trató de abusar de mí, con su escupitajo ético había confirmado nuestro cósmico desabrigo sin creador universal.


6 ©Manuel Peñafiel Mutante soy Autorretrato, 1980
El sepelio de mi abuelo Humberto fue enlutada procesión concluida en burda fosa, me aturde el peso de las agrias remembranzas, no recuerdo más de aquel ceremonial, ignoro el destino que las tristezas tengan, algunos dirán que yacen en el subconsciente, pero da lo mismo, pasajes enteros de mi vida fueron rasguñados y borrados del álbum de la memoria, lo que sí ha perdurado es la reminiscencia de un atlante portando traje de tres piezas con saco de amplias solapas, corbata de moño al cuello, chaleco blindado contra la deshonestidad, y tirantes de piel para sujetar aquellos pantalones correctamente planchados, y bien puestos como los debe usar un hombre cabal. Abuelo Humberto, te vuelvo a llorar, y no hay pañuelo suficientemente generoso para consolar a mi congoja. Te echo de menos, te fuiste cuando yo apenas emergía, incapaz fui de retribuir a tu grandeza, no pude halagarte con una comida en restaurante magnífico para verte doblar la servilleta como solías hacerlo, igual que refinado caballero andante; no hubo tiempo para dedicarte algún libro por mí engendrado, no te llevé a la ópera, tampoco te obsequié loción para después de afeitarte, o camisas de pura seda para verte igual que alto sabino engalanado, cruel es la vida, en tu tiempo yo desposeía un mapa para auxiliarme en la subsistencia, enredado estaba en laberinto de aserrín, incapaz de hallar las huellas hacia la salida, me hubiese gustado llevarte en mi automóvil y abrirte la puerta como a un invitado principal, la tacaña biografía del ser humano no lo permitió. Y me detengo, con ahogados sollozos que me impiden revisar la puntuación de este insuficiente homenaje a un faraón sin mausoleo.


8 ©Manuel Peñafiel, fotógrafo, escritor y documentalista en su jardín, Cuernavaca, Morelos 2024
El sepelio de mi abuelo Humberto fue enlutada procesión concluida en burda fosa, me aturde el peso de las agrias remembranzas, no recuerdo más de aquel ceremonial, ignoro el destino que las tristezas tengan, algunos dirán que yacen en el subconsciente, pero da lo mismo, pasajes enteros de mi vida fueron rasguñados y borrados del álbum de la memoria, lo que sí ha perdurado es la reminiscencia de un atlante portando traje de tres piezas con saco de amplias solapas, corbata de moño al cuello, chaleco blindado contra la deshonestidad, y tirantes de piel para sujetar aquellos pantalones correctamente planchados, y bien puestos como los debe usar un hombre cabal. Abuelo Humberto, te vuelvo a llorar, y no hay pañuelo suficientemente generoso para consolar a mi congoja. Te echo de menos, te fuiste cuando yo apenas emergía, incapaz fui de retribuir a tu grandeza, no pude halagarte con una comida en restaurante magnífico para verte doblar la servilleta como solías hacerlo, igual que refinado caballero andante; no hubo tiempo para dedicarte algún libro por mí engendrado, no te llevé a la ópera, tampoco te obsequié loción para después de afeitarte, o camisas de pura seda para verte igual que alto sabino engalanado, cruel es la vida, en tu tiempo yo desposeía un mapa para auxiliarme en la subsistencia, enredado estaba en laberinto de aserrín, incapaz de hallar las huellas hacia la salida, me hubiese gustado llevarte en mi automóvil y abrirte la puerta como a un invitado principal, la tacaña biografía del ser humano no lo permitió. Y me detengo, con ahogados sollozos que me impiden revisar la puntuación de este insuficiente homenaje a un faraón sin mausoleo.


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