22 LAS CONCUBINAS DEL VAMPIRO

© Manuel Peñafiel, Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.

12/13/202576 min read

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1 Meztli ©Manuel Peñafiel

Durante obstinados meses la había cortejado, y ahora finalmente tenía a Meztli tendida en el lecho. A la trémula criatura todo aquello le resultaba un juego, no en cambio a Leunam, quien perturbado ante la núbil y exuberante anatomía sentía apremiante apetito por clavar sus dientes en aquella lozana piel. Estate quieta, le ordenó a la retozona ninfa, déjame demostrarte que disfrutarás lo que te haré.

Seguido de esto, le bajó la cremallera de los pantalones de mezclilla, la muchacha los usaba tan ajustados que a Leunam se le dificultaba deslizarlos fuera. No vas a poder quitármelos, la chiquilla dijo riendo con desafiante ingenuidad. Él hizo un esfuerzo para no perder la paciencia, y siguiéndole el juego agregó, ándale no seas malita, si tú no me ayudas no podré hacerlo. Ella sin dejar de reír se apoyó sobre sus talones levantando sus caderas para que las manos masculinas pudiesen deslizar la prenda. Al momento en que los espléndidos muslos quedaron al descubierto Leunam se avalanzó a morderlos, la joven dejó escapar un chillido de dolor cuando el hilillo de sangre escurrió directamente a la lengua del sátiro, la atemorizada presa trató de incorporarse, pero el vampiro lo impidió mientras con un rápido movimiento desprendía de un tirón los endebles calzoncitos de su presa. A pesar de que ella forcejeaba, le abrió las piernas para hundir su rostro en aquel palpitante rincón de carne, donde comenzó a lamer la encendida vagina, su experta lengua encontró fácilmente el inmaculado clítoris; con los ávidos lengüetazos Meztli finalmente cedió su resistencia al comprobar que lo que había vaticinado Leunam resultaba cierto, aquello era exquisito. La joven cerró los ojos, jamás había imaginado que pudiera existir tal deleite.

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2 Meztli ©Manuel Peñafiel

Habían sido ansiosas semanas atrás cuando Leunam comenzó a seducir a Meztli.

Al principio ella no se atrevía a verse a solas con él, para lo cual irremediablemente se hacía acompañar por su hermana un año mayor. Leunam conservó la paciencia necesaria para aguardar, y mientras ellas parloteaban él atisbaba entre sus cortas falditas planeando futuros placeres.

Meztli a su juvenil edad aún conservaba dosis de su infancia, ella se regocijaba al recibir las muñecas que el vampiro le obsequiaba, no sin antes haberlas bautizado con su semen en malévolos rituales, durante los cuales, el nigromante embadurnaba a los juguetes con extracto de mandrágora para que cuando la muchachaa se entretuviera con aquellos pervertidos regalos su mente se fundiera sin percibirlo dentro de los propósitos del vampiro, quien con anticipación ya había frotado su pene entre las nalguitas de aquellas muñecas, las cuales al estar curtidas con manipuladoras pócimas despedirían los sortilegios del hechicero, mientras su ingenua dueña se divirtiera con ellas, ignorando que las drogas que el vampiro había preparado se introducirían por su piel transformándola en amante de la siniestra obscuridad.

3 Meztli ©Manuel Peñafiel

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Leunam conocía la frecuente competencia que existe entre las mujeres, inmediatamente percibió los intentos de Hawan la hermana mayor de Meztli por lucirse tratando de opacar a su hermana menor. Él se divertía con aquellos coqueteos promoviéndolos con los suyos propios. Fue así que después de llevar a Meztli hasta el hogar que aún compartía con su madre; el vampiro clandestinamente citó a la hermana mayorcita Hawan, la cual acudió a la mansión del vampiro justo al anochecer cuando él adquiría su vespertina vitalidad. Sin el menor preámbulo, la sujetó por los cabellos arrastrándola hasta el centro de la sala, los gemidos fueron acallados con una bofetada que salpicó la penumbra con gotas carmesí, las cuales el perverso anfitrión lamió de los hinchados labios de su víctima, a la cual tendió sobre la mullida alfombra para bajarle las pantaletas hasta medio muslo.

La asustada joven sintió cuando su verdugo derramaba vino entre sus nalgas, pronunciando ebrios conjuros el vampiro acercó su rostro a la ranura femenina la cual se lubricó con aquel aliento cálido.

Con la destreza de un depravado malabarista arrancó del cuello de la muchacha el crucifijo de oro que pendía de una cadena y lo introdujo en su estrecho orificio anal, los eslabones fueron los últimos en desaparecer cuando Leunam los empujó con su enardecido pene. La fricción del improvisado dildo junto con las certeras embestidas del hinchado glande estimularon el nódulo de nervios situado en la parte interior de la joven, de tal manera, que cuando llegó el orgasmo, un grito congestionado de placer se desprendió de la juvenil garganta.

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A pesar de que la mujercita languidecía satisfecha, Leunam apenas comenzaba su lujurioso festín, intempestivamente sacó su miembro viril de las profundidades de la joven, quien dio un respingo por la brusquedad en que se separó de ella. A él no le preocupaba ser condescendiente, sino que igual a perfumado fardo la volteó boca arriba. Leunam enjuagó sus genitales con el resto del vino que quedaba en la botella, y así chorreante de gotas encarnadas le ordenó que lo chupara, al notar su titubeo le cruzó de nuevo el rostro con varias cachetadas. La muchacha obedeció permitiendo que la penetrara por la boca, mientras Leunam introducía su dedo anular por la angosta vagina, nuevas sensaciones envolvieron a la encendida doncella. Cuando lo consideró apetecible, el vampiro introdujo su miembro entre la humedecida vulva, al tiempo que le masticaba los erectos pezones. Ella sufría a causa de los filosos dientes, pero al mismo tiempo, gozaba con aquella copulación intransigente. Leunam con la palma de su mano le apretó la boca y la nariz, aterrorizada comenzó a asfixiarse, mientras aquel hechicero bufaba sobre ella, la falta de oxígeno provocó que su cuerpo se convulsionara, sus contracciones vaginales hacían que el vampiro aullara de placer al sentir aquellos pliegues carnositos ahorcar su erecto pene. Solamente cuando la muchacha perdió el conocimiento, fue que el vampiro alcanzó una abundante eyaculación, la cual coronó con carcajadas.

3 Meztli ©Manuel Peñafiel

4 Meztli ©Manuel Peñafiel

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Cuando la chica volvió en sí, se halló sola en aquella inmensa estancia. Aún aturdida trató de arreglar sus prendas de vestir. Incapaz de encontrar su otro zapato caminó cojeando hasta la verja del jardín, donde halló un vetusto candado impidiendo su salida. Tropezando entre la crecida hierba regresó a la casa, esta vez para toparse con la puerta asegurada por dentro. De nada le valió gritar para que Leunam le permitiera entrar, sus súplicas fueron ahogadas por la estridencia de la música que emanaba el tocadiscos.

La noche se fue haciendo cada vez más fría, la luna parpadeó gélidamente tras las nubes, mientras la joven tiritaba sin otra cobija que las gotas del rocío.

Al día siguiente, Leunam salió al jardín y con la punta del zapato movió el cuerpo de la maltrecha hembra que deliraba abrasada por la fiebre.

Sígueme, fue lo único que le dijo. Torpemente la cautiva logró ponerse de pie y caminar hasta el dormitorio que su lacerante anfitrión le tenía reservado.

El vampiro le ató pies y manos a los postes de la cama. A Hawan abierta en apetitosa vulnerabilidad la penetró sin dar ocasión para que la intimidad de la joven se lubricara. Ahí atada la mantuvo varios días, desgarrándola sin contemplaciones cada vez que sentía el deseo de disfrutar aquel cuerpo que ardía afiebrado. Sus delirios en ocasiones la transportaban a dimensiones, donde a pesar de sus padecimientos las encendidas células le motivaban agónicos orgasmos.

5 Meztli ©Manuel Peñafiel

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Diestramente el vampiro le halló una buena vena en el antebrazo por donde le introdujo una aguja unida a un catéter para alimentarla con suero por la vía intravenosa.

La orina de la joven, el vampiro la recogía celosamente en una jarra de plata, y con ella le humedecía el cabello cada vez que le peinaba su larga cabellera. La piel de la joven se le comenzó a resecar desprendiendo escamas de seda femenina y seca, que Leunam juntaba entre sus manos para luego esparcirlas cual escarcha perfumada entre la penumbra de la habitación. Aquel crucifijo de oro que anteriormente le había introducido por el ano se lo extrajo con la ayuda de un enema.

Leunam se dirigió con la chorreante cruz a su laboratorio, donde la fundió convirtiéndola en dos argollas de matrimonio que emplearía en la peculiar e íntima boda que había planeado celebrar con Meztli, la hermana menor de Hawan su prisionera.

Pero mientras esa fecha llegaba, se dedicó a penetrar la mortecina anatomía de su cautiva a través de todos sus orificios disponibles. El semen del vampiro se introdujo por las vías nasales, retacó sus tímpanos, emanó entre sus axilas, cubrió sus azorados ojos, inundó su boca, almidonó a su ano, e hizo rebosar la pulpa vaginal de su mancillada subyugada.

Cuando el vampiro comenzó a perder el interés en su magullada marioneta, sin miramientos le arrancó la aguja intravenosa. El chorro rojo que emanó Leunam lo bebió hasta saciarse.

Después de esto, comenzó a alimentarla con dietas blandas. Cuando la muchacha recuperó la fuerza suficiente, le indicó que ya podía irse, amenazándola de que si lo delataba le arrancaría los pezones con candentes pinzas.

Ella lejos de asustarse disfrutó en silencio con la idea, la erótica semilla del vampiro ya había germinado en la vapuleada psiquis de aquella joven.

6 Meztli ©Manuel Peñafiel

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El poder de Leunam quedó incrustado en la sexualidad anidada en el subconsciente de la Hawan, pues frecuentemente emergía el deseo en ella.

No transcurrió mucho tiempo para que tomara la decisión de regresar a la residencia del vampiro. La verja del jardín no tenía puesto el acostumbrado candado, sino solamente estaba emparejada. La muchacha entró a la extensa propiedad que ya estaba envuelta por la bruma del atardecer. De pronto, sintió la presencia de Leunam a su espalda, no tuvo tiempo de salir de su sorpresa, cuando una bofetada la hizo rodar por tierra.

¡ Eres una farsante !, vociferó el vampiro al tiempo que le arrancaba la blusa seguida del brassiere, y blandiendo un manojo de espinosas ramas comenzó a azotarla.

¿ Por qué me golpea ?, sollozó la moza.

¡ Por traviesa ! Cuando te tomé la primera vez constaté que ya no eras virgen.

¿ Con quién te revolcaste antes de mí ?

Con mi exnovio, fue porque él prometió que se casaría conmigo, pero después de obtener lo que quería me botó por otra.

¡ Eres igual de estúpida como otras tantas, y si piensas que voy a creerte que solamente fornicaste con ése don nadie, estás equivocada !

Le juro que él ha sido el único, aparte de usted. ¡ Por favor ya no me golpee !

Leunam hizo caso omiso de aquellas súplicas. Las heridas que brotaban de la tersa piel lo exaltaba. Las espinas cayeron sin misericordia sobre la aterrorizada criatura, y sus pezones florecieron con sanguinolentos pétalos.

La flagelación continuó hasta que la muchacha perdió el conocimiento, quedó tendida con su ropa desgarrada, y de esta manera permaneció hasta que un cálido lengüeteo a lo largo de sus piernas la hizo volver en sí.

Al tratar de incorporarse la suela del zapato de Leunam se lo impidió empujándola otra vez sobre el césped, al tiempo que le ordenaba:

¡ Quédate donde estás tontuela ! ¿ Acaso no ves que mi mascota está jugando contigo ?

La azorada mujer apenas pudo levantar su cabeza lo suficiente para ver que entre sus muslos husmeaba un gran mastín. Así se hace linda mascota termina lo que tienes que hacer, Leunam le dijo cariñosamente al enorme perro.

Al escuchar el sonido de la voz de su amo, los ojos del inteligente can se encendieron, y con jadeante pericia arrancó con sus filosos dientes los calzoncitos de su víctima. La joven perdió el habla cuando aquel perrazo se le echó encima bamboleando su enorme pene encendidamente rojo

Leunam al ver que ella trataba de levantarse la sujetó firmemente, mientras el can en brama la penetraba con rápidas acometidas. Luego, ya no hubo necesidad de que el vampiro la sometiera, al perro el bulbo dentro de su pene se le había inflamado de tal manera que por más esfuerzos que hacía la joven no podía desprenderse de aquella salvaje cópula mientras era arrastrada patiabierta.

Leunam reía a carcajadas con el espectáculo, el cual concluyó hasta que el peludo macho quedó satisfecho dentro de aquella deliciosa hendidura que su patrón le había obsequiado.

Pero, a pesar de que la bestia ya se había saciado, los dos permanecían enganchados.

Leunam se acercó a la exhausta muchacha y con los vestigios de su malévola risa aún en los labios, le susurró al oído:

Tendrás que esperar a que el miembro de mi mastín se desinflame, solo así podrá salir de tu coñito. Pero mientras esto sucede, tendrás que hacer algo para que yo no me aburra.

Seguido de esto, la saliva del vampiro escurrió por las comisuras de su boca anegando los suculentos pechos de la muchacha, y con delirio se dedicó a succionar aquellas espléndidas cúpulas de carne, le ordenó que abriera la boca y en ese cálido pocito se introdujo para eyacular abundantemente.

El adormilado perro enderezó las orejas cuando se percató de lo que su dueño hacía, y dentro de la joven recuperó su erección.

Mientras la enardecida fiera copulaba de nuevo con ella; Hawan sintió que el roce de aquel pelambre provocaba que sus entrañas se empaparan con espuma vaginal. Las placenteras sensaciones hicieron que ella chupara ansiosamente el pene del vampiro, y ella también se inundó en un delirio hasta entonces desconocido.

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Después de este banquete carnal, las tres criaturas quedaron amodorradas dormitando sobre el césped. A la joven esta vez no le importó que el peludo can se introdujera debajo de su falda para enroscarse entre sus piernas, por el contrario, su cuerpo amoldado al de ella le proporcionó un reconfortante calorcillo cuando la temperatura descendió al anochecer.

El lánguido pene del vampiro quedó en la boquita de la joven Hawan, quien adormilada instintivamente lo mamaba con aquellos resabios infantiles en su personalidad.

Conforme avanzó la noche, el frío forzó a la pareja a volver a la mansión. La muchacha se despidió del mastín con una caricia que el animal correspondió con cabriolas antes de partir hacia la espesura del jardín para hacer sus vigilantes rondines nocturnos.

Ya dentro de la casa, esta vez la sorpresa de la joven se debió al trato amable que le prodigó el vampiro.

Ven, le dijo. Voy a prepararte un baño caliente.

La muchacha lo siguió al cuarto del jacuzzi, donde Leunam con delicadeza le quitó su maltrecha ropa.

Una vez desnuda, la introdujo a una gran tina de mármol negro.

Arrodíllate, le ordenó.

La muchacha ya acostumbrada a obedecerlo, se hizo un ovillo a sus pies.

El vampiro sacó su miembro de la bragueta y orinó sobre la mujer, ella respingó por el ardor que el ambarino líquido le provocaba en las heridas infringidas por los recientes azotes con las ramas espinadas.

Tranquila, murmuró Leunam. La orina de los vampiros posee propiedades curativas y con ella evitaremos que permanezca alguna cicatriz en tu lozana pielecita.

Bajo el fragoroso torrente renal, ella escuchó que le decía:

Con esta orina yo te bautizo.

De ahora en adelante te llamarás “ la hipócrita mentirosilla ”.

Tales palabras produjeron una mueca de desagrado en el rostro femenino.

Entonces, el vampiro preguntó burlón:

¿ Acaso no te gusta tu nuevo apodo ?

Un sollozo fue la única respuesta de la humillada hembra.

Él estaba de buen humor, así que le dijo:

Está bien, si eso te desagrada, buscaré un nuevo nombre para tí.

Mmmmm…déjame pensar, ya sé, de hoy en adelante te llamarás Hawan que en el antiguo idioma de los Mayas significa cuñada.

Al escuchar esto, la chica esbozó una tímida sonrisa que desapareció tan pronto como el vampiro agregó burlón:

Aunque también Hawan significa cosa que está vuelta boca arriba, echada así con las espaldas abajo....¡ justo como me gusta acomodarte para cogerte rico !

Posteriormente, Leunam abrió los grifos para llenar la bañera con agua caliente.

Mientras el baño quedaba listo, la joven masculló:

En mi casa he tenido problemas debido a mis ausencias para estar con usted.

Ése no es mi asunto, rezongó el vampiro. Si eres tan debilucha como para no ser capaz de venir a verme, pues toma tu ropita, y lárgate de una vez por todas.

Por favor, no se enfade. Trate de entender que estas visitas me causan problemas de salud. Después de nuestros encuentros quedo tan maltrecha que el otro día me desmayé en la oficina donde trabajo.

Eso yo lo puedo resolver, de ahora en adelante ya no tendrás que permanecer largas horas redactando los contratos donde trabajas. Yo te daré el dinero suficiente para que tu única preocupación sea mantener tu coñito listo y perfumado para mí, agregó finalmente el vampiro.

Luego concentró su atención en lavar a su reciente adquisición con una suave esponja de mar, teniendo cuidado de no lastimar su flagelada espalda.

Con la pastilla de jabón hizo espuma dentro de un tarro, indicándole a la muchacha que se recostara sobre un camastro cubierto con una toalla, y ahí tendida con las piernas abiertas le rasuró con una navaja abierta su abultadito pubis.

Cuando el vampiro terminó la minuciosa depilación, le indicó a su fragante ninfa que se metieran juntos bajo la ducha, donde ésta vez, ella lo enjabonó a él después de haberle ofrecido su apretadito trasero.

8 Hawan ©Manuel Peñafiel

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Al día siguiente, Hawan despertó hallándose sola en el dormitorio. Sobre el borde de la cama encontró una bata transparente que asumió era para ella, por lo tanto, se la puso. Después de la toilette con aquella delicada prenda apenas cubriendo su desnudez se dirigió a la planta baja de la casa donde encontró a Leunam silbando una improvisación, mientras él mismo preparaba el desayuno. Al percibir la perfumada presencia, sin voltear el rostro, pues tenía fija la vista en los trastes.

A manera de saludo le dijo:

Esta mañana desayunaremos algo nutritivo. Enseguida se dedicó a romper el cascarón de los blanquillos para verter su contenido dentro de un plato hondo, luego batió ligeramente las claras y yemas para que quedaran esponjadas a la hora de freírlas con poco aceite de oliva en la sartén. Hay que controlar el colesterol en el cuerpo, por eso yo no como en exceso las yemas de los huevos.

Mientras la sarten se calentaba a fuego lento, Leunam rápidamente partió algunas naranjas, y siguió instruyendo a la atenta muchacha:

El jugo de naranja debe beberse fresco, la vitamina C se oxida rápidamente con la luz, y de esta manera pierde sus propiedades.

Mientras el vampiro exprimía los redondos cítricos. Hawan le preguntó:

¿ No tienes exprimidor eléctrico ?

¡ Vamos !, exclamó el vampiro:

Ves demasiados programas gringos por la televisión. La gente de aquel país son los haraganes más mimados del mundo. Yo me he propuesto apretar manualmente mis naranjas usando a diario este modesto exprimidor casero, de esta manera ejercito las articulaciones de mis manos para mantenerlas fuertes.

Al decir esto, Leunam intempestivamente le pellizcó uno de sus pezones a Hawan, y agregó riendo:

Ves a lo que me refiero.

Ella dejó escapar un gritito e instintivamente blandió su mano para darle una cachetada al vampiro, pero él fue más rápido y detuvo el golpe sujetando la muñeca de la joven.

¡ Cuidado no te confundas, yo soy el que golpea aquí !

¡ Esta impertinencia te costará un castigo !

Al terminar de decir esto, el vampiro tomó a la joven por el cabello sometiéndola hasta descenderla hasta el suelo. Ahí tendida le abrió las piernas para introducirle abruptamente los blanquillos que aún quedaban sin romper.

Los cascarones al quebrarse contra la delicada vulva cortaron la piel de sus endebles pliegues. Ella gimió. Sin embargo, el vampiro continuó introduciéndolos al mismo tiempo que le acariciaba la vagina. Al masturbarla con aquella viscosa consistencia desapareció el dolor de la chica para darle paso a su placer.

Cuando Leunam consideró que Hawan había llegado al orgasmo, se incorporó para retirar de la estufa la sartén antes de que el desayuno se quemara.

La muchacha al incorporarse se dirigió a la puerta, pero Leunam la detuvo al decirle:

¿ A dónde crees que vas ?

Voy a la ducha para asearme, respondió la complacida chica.

No, no. Así quédate. El desayuno está casi listo.

¡ Pero es que estoy toda embarrada de huevo !, replicó ella.

Eso me va a servir luego. Ahora quédate así. Ya vamos a desayunar, la atajó él.

Las viandas consistieron en la omelette de huevo acompañada de queso panela bajo en grasa, tostadas de pan integral, jugo, café, y para finalizar ensalada de frutas aderezada con pétalos de buganvilla.

¡ Barriga llena, corazón contento ! Ahora sígueme a la recámara, exclamó el vampiro.

Estando ahí tendió a Hawan sobre la amplia cama.

Y sin ningún preámbulo empezó a embestirla.

Ella dió un respingo que le proporcionó regocijo a Leunam.

Ahora entiendes porque no quise que te deshicieras del huevo que te embarré al masturbarte.

Ahora las yemas se han endurecido sellando de esta manera tu sabroso hoyito.

¡ Esto me va a proporcionar la deliciosa sensación de que tu vagina está estrecha como la de una virgen !

9 Hawan ©Manuel Peñafiel

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Leunam se dedicó a disfrutar a Hawan durante varias lunas.

En el día cuando él dormitaba en su ataúd de roble forrado de seda, la muchacha se dedicaba a leer en la surtida biblioteca del vampiro.

En cierta ocasión, la sorprendió haciendo garabatos con un lápiz sobre un antiguo códice, fue entonces, que la azotó hasta él cubrirse de transpiración. Sin embargo, ella no lograba descifrar el motivo por el cual aquellos golpes encendían el deseo en sus entrañas a pesar del dolor.

Leunam además como castigo, le ordenó deshacerse del polvo que había en los libreros y sobre los marcos de las obras de arte. Una tarde mientras Hawan pasaba el plumero sobre aquellas molduras recubiertas con hoja de oro que sostenían las pinturas coleccionadas por su amo, no resistió el deseo de recostarse sobre la mullida alfombra de la sala.

Pausadamente desabotonó la minúscula falda que su patrón le ordenaba usar, dicha minifalda estaba confeccionada con terciopelo azul marino, la blusa era de seda cruda transparente, y ella tenía estrictamente prohibido usar sostén. Aquella faldita la subió hasta la cadera, abrió sus muslos a los cuales cubrían medias de nylon sujetas por un liguero de encaje de Bruselas.

Hawan fantaseaba mentalmente con su verdugo Leunam al introducirse la empuñadura del plumero en la boca, con su saliva quedó suficientemente lubricada, sin despojarse de sus pantaletas la deslizó entre las ingles, halló presta los sensibles labios de su vulva, y fue introduciendo la empuñadura del plumero en su palpitante vagina. La metía y la sacaba, cuando Leunam desde su ataúd entreabrió un ojo, descubriendo así los placeres solitarios de su entenada. Conteniendo la respiración para no ser descubierto, sigilosamente con su aptitud sombría se escurrió fuera del sarcófago hasta llegar donde la ninfa se encontraba masturbándose.

El vampiro le dio un puntapié a la activa mano, provocando con esto que el mango del plumero se le metiera abruptamente. La chiquilla aulló por el dolor cuando la astillada madera cortó sus carnes.

¡ Divirtiéndote solita !, rugió el vampiro.

Hawan quedó petrificada por el miedo al verlo plantado justo encima de ella.

¡ Levántate muchachita calenturienta !¡ Porque en este momento recibirás tu penitencia !

Vas a ir en este instante por las tijeras que el jardinero guarda en la bodega, y con ellas podarás las ramas más largas del rosal que puedas encontrar, después de hacerlo me las traerás acá.

Hawan no tardó mucho en volver con un hato de floridas varas. En su nerviosismo no había sido capaz de encontrar las tijeras que el jardinero solía colgar en la pared, así que ella misma las había cortado con sus manos que sangraban heridas por las espinas de las rosas.

Leunam ya la esperaba bebiendo vodka polaco sobre hielo, sentado cómodamente en un sillón de la sala.

¡ Despójate de la ropa, pero conserva puestas las medias y el liguero !

La esclava obedeció sin titubear.

El vampiro se aproximó para obligarla a arrodillarse poniendo frente al bello rostro su abultada bragueta.

Ábrela le ordenó, y chupa mientras con las varas tú misma te azotas la espalda.

Al escuchar esto, un escalosfrío recorrió a Hawan, sin embargo, comenzó a golpearse hambrienta de eróticas sensaciones.

No transcurrió mucho tiempo para que las perfumadas púas la rasgaran, los golpes tiñeron con encendidos rubíes los poros de su piel.

Cuando Leunam vió brotar las primeras gotas de sangre, el rubáceo fulgor le provocó tan robusta erección que la joven se sofocó con el miembro retozando dentro de su ancha boca.

El vampiro entonces, le arrebató las ramas para flagelar él mismo las firmes nalgas femeninas.

Desabrochando su pantalón condujo la mano de la muchacha hasta su ano.

Méteme tu dedo más largo, el que aún escurre sangre por haberte espinado.

Busca dentro de mí la almendra de platino que me otorga la virilidad, y cuando la encuentres empuja tu dedito para que acaricies la galaxia que reside dentro de mi anatomía.

¡ Pero no dejes de chupar mi pene mientras mis azotes trazan perverso itinerario en tu cuerpo !

Leunam atizó aún más, aquellas espinas se incrustaron a todos las terminaciones nerviosas de la moza que mamaba igual que hambrienta corderita depositada en una catedral de orfandad.

La resaca de las heridas la envolvió en marea roja semejante a la que realizó al óleo el pintor Joaquín Clausell, ahí flotaba moribunda mientras los espasmos mordían sus partes íntimas. Su ebullente crema fluía desde muy dentro, el dolor se había ido, ahora ella se ahogaba en espeso placer parecido al deleite de una muerte apetecida. Reventando sus sienes con la incongruencia que en ocasiones conforma al erotismo humano.

¡ Ahora sí, estimúlate como lo estabas haciendo con tu travieso plumero !, jadeó Leunam.

Los dedos de Hawan buscaron los pétalos de su exaltada vagina.

¡ Encuentra tu propio botón de rosa !, bramó el vampiro.

La ninfa lo obedeció contenta, los azotes la arrastraron a un vendabal de estremecimientos mientras lograba su propio orgasmo frotándose ella misma su encendido clítoris; al mismo tiempo que chupaba agradecida el firme pene de su anfitrión verdugo.

Hawan quedó tendida entre rosas sueltas barnizadas por los aromáticos fluidos de su cuerpo. Leunam la dejó ahí para que reposara, y se dirigió a su invernadero de donde cortó algunas penquitas tiernas de Cardenchi; en su laboratorio las tostó a fuego lento para después machacarlas dentro de un mortero de porcelana agregándoles un poco de Axiutl hasta formar un emplasto, el cual aplicó sobre las heridas de la joven, quien aún se encontraba exhausta, mientras el vampiro esparcía cuidadosamente la curación herbolaria sobre las carnes flageladas.

Al sentir alivio, ella entreabrió los ojos, momento que él aprovechó para susurrarle al oído:

Mañana después de que hayas descansado, irás a tu casa y me traerás a tu hermana Meztli.

Hawan al escuchar esto trató de incorporarse; pero el vampiro se lo impidió lamiéndole las heridas, mientras mascullaba:

En el camino tendrás tiempo de inventar algún pretexto para que tu progenitora acceda.

La madre de Hawan se puso furiosa en cuanto la vió cruzar el umbral de la puerta. La mujer lo primero que hizo fue cruzarle el rostro con una bofetada. Después llegó la azotaina, la cual la joven resistió sin inmutarse, su cuerpo ya estaba acostumbrado al dolor. Después de los castigos del vampiro, la inconsistente golpiza intentada por la vieja le pareció a la chica ridículo embuste. Ella ya había entregado las células de su cuerpo a más imaginativas mortificaciones urdidas por su amo Leunam.

Vengo por mi hermana Meztli, dijo secamente.

Su madre estaba sofocada por el esfuerzo empleado en el malogrado castigo. Después de recuperar el resuello, le espetó a su hija mayor:

¿ Acaso eso es lo único que vas a decir ?. ¿Qué no piensas decirme donde has estado todo este tiempo ?

Jamás me creerías, repuso Hawan. Lo único que vengo a decirte es que ya caducó tu oportunidad para cumplir con tu papel de madre. Eres obsoleta para decirnos cómo vivir nuestras vidas. Mis demás hermanas se han ido también de la casa, fuiste hembra inútil incapaz de retener a tu esposo, mi padre te abandonó porque lo único que te interesaba era derrochar su dinero con tus tarjetas de crédito, tus infundados celos lo apartaron de ti para siempre. Así que guárdate tus reproches, y deja tus reprimendas de una vez. Ya te dije que vine por Meztli para llevármela. Ella aún es demasiado tímida para decírtelo, pero yo hablaré por las dos. Ambas estamos hartas de vivir contigo. Nos vamos en pos de mejores condiciones, tú te puedes quedar aquí con tu egoísta amargura. Así que ya me oíste hablar . Hermana, empaca tu ropa porque en este preciso instante te vas con Hawan que es mi nuevo nombre, yo sé donde vivirás mejor.

La madre de Hawan intentó golpearla de nuevo, pero esta vez la muchacha le detuvo el brazo y doblándole la muñeca la sometió hasta obligarla a arrodillarse en el frío piso.

¡ Es suficiente, vieja decrépita ! Si me dejé golpear al principio fue para demostrarte

que tú ya no eres capaz de hacerme daño. Pero un segundo intento de alzarme la mano no te lo voy a permitir. Así que estate sosiega perra inservible, si sigues poniéndote necia seré yo quien te golpee, aunque seas mi madre.

Aquella abatida mujer quedó postrada sollozante en el suelo, observando como la azorada pero obediente Meztli metía en una maleta algunas de sus pertenencias.

10 Hawan ©Manuel Peñafiel

No hables demasiado alto, fue lo primero que le dijo Hawan a su hermana Meztli cuando entraron a la mansión de Leunam.

Meztli sin dejar de observar tanta opulencia, suspiró distraída:

Es que nunca imaginé que pudiera existir un sitio tan lujoso, antes no lo había observado detenidamente.

Es hermoso estoy de acuerdo contigo, exclamó Hawan sin poder contener una risotada.

Meztli se desplazó ligerita admirándolo todo a su alrededor, ignorando que

Leunam la observaba detrás de una puerta entreabierta. Al vampiro le agradó la sutil manera de conducirse de la joven; parecía flotar en vez de caminar. Instintivamente se había despojado de sus zapatos por temor a manchar aquellas costosas alfombras. De pronto, se detuvo ante un enorme óleo que representaba a un joven cubierto de lo que parecía ser otra piel. Leunam salió de su escondrijo, sigilosamente se deslizó hasta Meztli. Se detuvo detrás de ella y la olfateó. Ella sintió el cálido resuello sobre sus hombros y nuca, sin embargo, continuó impasible. Leunam le habló muy cerca de su cuello, los vellitos de la espalda se le erizaron a la joven cuando el vampiro comenzó una perorata que más bien parecía el ronroneo de un macho pantera husmeando a su pareja para el apareamiento:

Lo que estás mirando le dijo a la muchacha, es la representación del dios Xipe Tótec, Nuestro Señor el desollado, el que tiene atributos masculinos. Es la deidad de la juventud y en especial de la fecundidad, los antiguos mexicanos le rendían culto durante el mes del desollamiento, durante estas ceremonias se les arrancaba la epidermis a las víctimas aún con vida, y los sacerdotes se cubrían con ella representando con sus movimientos la fecundidad y fertilidad de la tierra; así como el maíz envuelto en sus hojas se asoma cuando está maduro, de esta manera, aquellos religiosos se ponían encima las ensangrentadas pieles simulando la cáscara que se deja atrás cuando sobresale el fruto nuevo.

Entre los mexica, las ceremonias en honor al dios Xipe Tótec consistían también en desprenderles la piel a los bravos guerreros enemigos capturados en combate, usándolas como alguna vez habían albergado aquellas valientes anatomías cuando aún peleaban ferozmente.

Leunam acarició los hombros de Meztli, la chica tampoco se perturbó cuando el vampiro palpó una de sus incipientes tetitas. Conforme crecía su erección continuó diciendo:

Pienso hacer lo mismo contigo, te iré desollando paulatinamente, desprenderé cada capa de tu personalidad hasta llegar a la médula desnuda de tu alma, entonces engulliré la pureza de tu espíritu, tal y como un jaguar devoraría una avecilla selvática. Me introduciré en ti, husmearé en tu límpida intimidad alterando el ingenuo orden que marca el reloj de tu vida, morderé tu hígado, lameré el útero para lubricarlo antes de introducirme en él masturbándome al rítmico compás de tu aparente endeble corazón, más yo presiento que tú órgano vital contiene combativos dotes, me alimentaré de tu ternura, ordeñando también tu fortaleza que me nutrirá de igual manera.

Después, saldré y los jirones de tu piel serán mi atuendo con el que danzaré con mi falo erecto hasta que las perlas viscosas de la eyaculación salpiquen de lechoso maquillaje tu lozano rostro.

Con lo que permanezca de mi erección introduciré mi glande por tu ano juvenil, mientras con mi mano estimularé tu clítoris. Serás un alma descarnada, serás la fresca amante del vampiro.

Leunam tomó a Meztli de la mano y la condujo al salón del baño, Hawan los siguió detrás. A la tierna criatura la sentó al borde de la tina, donde el vampiro le lavó los pies, luego él se introdujo vestido en la bullente agua, los pliegues de su capa ondulaban igual a lujuriosa mantarraya. Bastó una mirada para que Hawan comprendiera lo que apetecía el vampiro, la joven se acercó a él y bajó la cremallera de su pantalón. Con voz pastosa el vampiro susurró: trae los ungüentos y el aceite del jazmín almendrado. Hawan le cubrió los pies a Meztli con los aromáticos bálsamos, y con las diminutas extremidades de su hermana menor comenzó a masturbar a Leunam. Las plantas de los pies de Meztli eran tan suaves que el vampiro gimió con el placer de aquel masaje de dermis aceitada. Las mejillas de Meztli se encendieron cual azorados duraznos, el pene masculino que era frotado con sus pies instigados por su hermana Hawan le proporcionaban a la jovencita un espiral de sensaciones que le subían a través de las plantas viajando por sus pantorrillas hasta su pubis que se humedeció de pronto. Leunam se disponía a tocar aquellos pliegues vaginales cuando Meztli lo detuvo.

No me toque le dijo, aún nadie lo ha hecho. Solamente véame a los ojos. Las dilatadas pupilas de Leunam miraron aquellos iris de hurtada primavera, mientras la frágil criatura entornando los suyos se convulsionó sutilmente con la semejanza a las ramas del sauce, cuando el viento las ondula en silencio.

Después de alcanzar su eyaculación, Leunam salió de la bañera y con su escurriente capa limpió los vestigios de su placer.

Antes de dirigirse a la ducha, le ordenó a Hawan:

Lleva a nuestra avecilla a la cocina, y entre las dos prepárense una buena cena.

Meztli volvió a sorprenderse ante las dimensiones de aquella cocina. Vio lo bien surtido que estaba el refrigerador e inspeccionó uno por uno los interminables víveres acomodados impecablemente en la alacena.

Hawan preparó dos platillos con carnes frías y verduras, e improvisó rápidamente dos sandiwiches con rebanadas de pavo ahumado, jitomate, cebolla, mayonesa, chiles serranos y queso suizo. En copas de cristal cortado vertió agua de la roja flor hibiscus.

Hawan devoró su ración, Meztli en vez de hacerlo, preguntó:

Él, ¿ no va a venir ?.

No lo creo, le respondió su hermana, el casi nunca pisa la cocina.

Sin embargo, la susceptibilidad de Leunam captó aquel mensaje. Mientras se duchaba sintió la proximidad de aquella chica. Después de asearse y ponerse ropa limpia decidió bajar a la cocina.

Meztli dejó entrever discreta alegría al verlo, pero se encargó de disimularla.

¿ Acaso nuestra invitada se halla inapetente ?, preguntó el vampiro dirigiendo su mirada hacia Hawan.

Pues yo le serví lo mismo que a mí, pero ella no ha tocado el plato.

¿ Meztli, no te gusta eso que te ha preparado tu hermana ?

Preferiría algo ligero. ¿ Tiene usted hojuelas de maíz ?

¡ Esas patrañas dizque alimenticias comercializadas por los gringos no existen en esta

casa !, refunfuñó el vampiro.

Entonces comeré solamente frutas.

¡ Ay, pues ahí está la fruta, tómala tú misma, yo no soy tu sirvienta !, rezongó Hawan.

Meztli no se movió un ápice. Su mirada no se apartó de Leunam.

Al vampiro le divirtió el proceder de aquella jovencita.

¡ Vaya !, exclamó. Creo que soy un pésimo anfitrión, agregó al mismo tiempo que sacaba del trinchador un plato limpio, y con la precisión de un cirujano, él mismo confeccionó un colorido diseño con rebanadas de pera de Anjou, kiwies de Hawaii, piña del sureste de México, papaya roja del Estado de Guerrero, tuna de San Luis Potosí, uvas de Baja California, y rodajas de plátano amarillo de Tabasco, aderezando todo aquello con requesón y nueces traídas desde Chihuahua.

Aún cuando la niña tuvo el plato enfrente, tampoco lo tocó.

¿ Qué esperas, nena ?, inquirió el vampiro.

Si usted me da el primer bocado, el resto ya me sabrá sabroso.

El vampiro cautivado por tal candor, hundió el tenedor en un trozo de manzana impecable. La mujercita abrió la boca, y el vampiro percibió que era profundamente receptiva e imaginó muchas cosas.

¿ Cuántos años tienes ?, le preguntó, mientras Meztli saboreaba aquella ensalada frutal.

Para algunas personas el número de mis años representa mala suerte o buena fortuna para otras, masculló la niña con la boca rebosante de jugosas pulpas.

Hawan no pudo evitar emitir una carcajada.

Meztli la miró con enojo.

Hawan dejó salir una risilla.

¡ Silencio !, le espetó el vampiro.

El vampiro le apartó su banquete de frutas.

La chica alargó los brazos para recuperarlo, y tímidamente concluyó.

Tengo la suficiente edad para hacer lo que yo quiera libremente, finalizó rápidamente para poder volver a disfrutar la fruta fresca.

Y, ¿ por qué titubeaste al decírmelo ?, inquirió Leunam.

De nuevo con la boca llena, Meztli respondió.

¿ Acaso usted ignora que preguntarle la edad a una mujer es de mala educación ?

Al escuchar esto, en el rostro de Leunam se dibujó una amplia sonrisa, y ahora junto con Hawan ambos rieron.

Por el contario, criaturita de vainilla, eres justo el panecillo que me gustaría hornear entre mis brazos.

Y enseguida agregó:

Hawan asegúrate de que tu hermanita duerma confortablemente.

¿ Podemos mirar la televisión ?, rápidamente preguntó Meztli.

Está bien, pero no permanezcan hasta muy tarde viendo esa basura.

Mañana después de que desayunen las llevaré de compras.

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11 Hawan ©Manuel Peñafiel

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Al primer lugar a donde Leunam llevó a Hawan y Meztli fue a una zapatería, donde él inspeccionó el aparador con la minucia de un experto, luego llamó a la empleada para mostrarle lo que le había gustado. Después de anotar rápidamente los números de los modelos en un trozo de papel, la dependiente agregó:

Voy a preguntarle a la señorita de que número calza.

Del tres, enfatizó Leunam, anoche constaté que posee pies delicados y pequeños.

Cuando la empleada regresó de la bodega cargando varias cajas apiladas; Leunam tomó la de hasta arriba, y sin esperar a que la mujer llevara a cabo su trabajo él mismo se arrodilló ante Meztli para descalzarla, sin importarle las miradas curiosas de la gente y de la sorprendida empleada, quien abrió la boca cuando el vampiro en forma voluptuosa acarició las pantorrillas de la jovencita antes de despojarla de sus calcetas blancas.

Con disfrutada parsimonia le probó a Meztli diversas zapatillas, y algunos zapatos con discreto tacón alto para que su columna vertebral no sufriera daño alguno. Mientras el vampiro ataba y desataba las delicadas hebillas de las correas, sin el menor pudor se asomaba entre las piernas entreabiertas para atisbar los calzoncitos de Meztli. Algunas clientes al presenciar tal escena interrumpieron sus compras para salir de la tienda, no sin antes exclamar indignadas que las ofendía el descaro de aquel hombre.

A Leunam no pareció importarle el revuelo que sus actos habían ocasionado entre el personal de la zapatería, y los fisgones que se detenían a espiar por el escaparate.

El gerente al notar tal barullo se dirigió al vampiro para decirle:

¡ Caballero, usted no tiene porque molestarse en hacer esto, para eso están contratadas mis empleadas !

Leunam ni siquiera lo volteó a ver para responderle:

Apuesto que a usted mismo le gustaría estar en mi lugar, aunque fuera por algunos segundos. Pero los humanos no se atreven a materializar sus fantasías. Déjeme en paz y limítese a hacer la cuenta de lo que voy a comprar. Y la próxima vez que juegue al poker no deje sin comer a sus hijos, y obligue a su esposa a lavar ropa ajena para pagar la renta.

El hombre regordete palideció al escuchar las adivinatorias palabras del hechicero, y se alejó de ahí rumbo a la caja registradora, confundido por la manera en que Leunam había urdido en su intimidad.

Cuando el vampiro quedó satisfecho después de probarle los zapatos a Meztli, extendió unos billetes a Hawan para que ella también escogiera varios zapatos y se hiciera cargo de pagar, y guardando con desenfado la cartera, le dijo a su protegida preferida:

Meztli, por lo que pude ver hace unos instantes te hace falta una buena dotación de ropa interior, tus calzoncitos ya están algo desgastados.

Al pasar frente al gerente de la zapatería, éste le extendió el cambio a Leunam, quien a modo de despedida, le espetó:

¡ Guarde esos billetes, le van a hacer falta para pagar la renta, pues su infeliz mujer no solamente lava ajeno para salir de sus apuros; cuando vuelve a casa, ella misma se lava a sí misma sintiéndose sucia por la manera en que consigue el dinero que usted estúpidamente pierde al apostar en la mesa de juego !

Aquel hombre obeso echó chispas por sus vidriados ojos al escuchar esta otra sentencia de Leunam el medium, sin embargo, a pesar de su irritación se tragó el orgullo y apretando el papel moneda lo guardó en su bolsillo.

12 Hawan ©Manuel Peñafiel

En el siguiente almacén al que entraron, Leunam le dio un rápido vistazo al directorio para averiguar donde se encontraba el departamento de lencería.

Al contrario de los esposos timoratos que por lo general permanecen en la orilla de tal sección, mientras sus esposas soban indecisas las apetecidas prendas; Leunam caminó entre los pasillos donde se encontraban colgados los brassieres y las pantaletas llevando a Meztli de la mano, y con buen gusto seleccionó algunos juegos de ropa interior. Cuando Meztli le señaló un brassiere que le había gustado, el vampiro le acarició la barbilla para decirle:

Está bonito lo sé, pero te conviene más usar los que tienen varilla, sujetan mejor el busto y no se deforman tan fácilmente al lavarlos.

Hawan también se surtió abundantemente de ropa como lo había hecho anteriormente en la zapatería, conservando únicamente lo que previamente había aprobado Leunam su protector.

Después de que la empleada sentada afuera del probador contara dichas prendas, ambas muchachas se introdujeron al vestidor, desde donde Leunam continuó ignorando las protestas de la mujer, diciéndole que ahí estaba prohibida la entrada a hombres.

Yo no soy un hombre, respondió el vampiro. Los hombres comunes están en estos momentos seduciendo a sus secretarias o siendo infieles con amantes que les sacan el dinero para gastarlo a su vez con sus novios. Yo no soy un hombre, soy un impúdico poeta. Yo escribo mis estrofas y cuartetos con caricias sobre la carne joven.

Una vez dentro del vestidor, Hawan se dedicó a probarse las prendas frente a Leunam sin el menor pudor, no así Meztli, quien se resistió a hacerlo enfrente de él.

Está bien le dijo el vampiro, te espero afuera. Solamente asegúrate de que los brassieres no te aprieten, pues eso te ocasionaría dolor de espalda.

En el momento en que cruzaba el umbral del vestidor se topó con la furibunda empleada que había regresado acompañada de un policía.

El uniformado haciendo acopio de su dudosa autoridad, carraspeó su garganta para aparentar una voz firme:

Acompáñeme caballero.

Yo lo acompañaría si hubiera cometido algún delito, respondió Leunam con desenfado.

¡ Es que está prohibido introducirse al probador de damas !, agregó el gendarme.

Escúchame policía de mierda, rugió Leunam. En primer lugar, no todas las mujeres que se introducen a este vestidor son damas. En segunda el delito lo cometes tú cada vez que junto con tu compañero de patrulla detienen a las muchachas de los barrios pobres acusándolas de ejercer la prostitución en la vía pública, y cuando aún las jóvenes no han salido de su asombro al ser aventadas con lujo de violencia dentro del vehículo, te sacas tu asquerosa verga infectada para introducirla en tu desdichada víctima.

Te gusta la palabrita introducir, ¿ no ?, así que continuaré empleándola...tú sí te crees con derecho a introducir tu pene infectado con gonorrea en los culos de los trasvestis que venden sus servicios por la noche, tú sí puedes introducirte por tu porcina nariz aquella cocaína que les decomisas a los narcotraficantes, y tú sí puedes introducir tu falo en tu propia hija cada vez que llegas ebrio y atascado de marihuana a tu casa.

Así que despreciable polizonte, a mí no me vas a decir a donde me puedo o no introducir. Vete ahorita mismo a la chingada e introdúcete tu macana por donde te quepa, antes de que se me antoje ir por tu hija para que rinda su declaración ante el Ministerio Público.

Cuando las niñas salieron del probador se toparon con un apocado uniformado que se retiraba preguntándose a sí mismo cómo es que Leunam sabía tanto acerca de su reprobable conducta.

Después de escuchar al enfadado vampiro, la enmudecida empleada sumisamente condujo a las muchachitas a la respectiva caja donde pagarían lo adquirido.

Leunam, chasqueó la lengua, y dijo:

Las confrontaciones siempre me abren el apetito, creo que es hora de comer algo.

Al despedirse de la empleada, le susurró en voz baja:

Sería bueno que hoy antes de irse para su casa se aprovisione de un juego de pilas, estoy seguro de que las baterías de su consolador ya necesitan reemplazarse.

La mujer enmudeció incapaz de pronunciar palabra.

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13 Hawan ©Manuel Peñafiel

En el restaurante, Leunam no tuvo la docilidad de muchos clientes que le permiten al capitán de meseros ser conducidos mansamente a la mesa que él mismo escoge para ir llenando a su conveniencia el comedor.

El vampiro por el contrario, plantándose a mitad del local lo estudió para escoger una mesa con vista al jardín alejada de las puertas de la cocina, y ajena a los muebles de donde los meseros extraen platos y cubiertos.

Cuando el garrotero llegó con una jarra dispuesto a llenar las copas, Meztli miró sorprendida la fragilidad del cristal e ingenuamente preguntó:

¿ Si la tomo, no se romperá ?

No te preocupes eso no sucederá, respondió el vampiro.

Una vez apurado su contenido por la sedienta joven, al ver que el garrotero llenaría la copa de nuevo se lo impidió diciéndole:

No lo haga, me gustaría llevármela a casa.

El sorprendido muchacho no supo que responder. Leunam intervino con una seña para que completara su trabajo, y esperando a que se retirara se acercó a Meztli para decirle:

Si te gusta esta copa no es necesario llevártela, en mi residencia existen varios juegos de ellas. Más adelante, te enseñaré cuales se deben usar para beber el agua o los distintos vinos y licores dependiendo del tamaño de la copa.

Ahora detente y deja de tomar tanta agua, pues perderás el apetito, agregó aparentando un regaño.

La chiquilla rió, y entonces dijo:

Este es un sitio caro, lo puedo asegurar por las finas servilletas.

¿ Qué sirven de comer en este lugar tan bonito ?

Vamos a averiguarlo, y tronando los dedos Leunam le indicó al mesero que le trajera el menú.

Cuando Hawan lo tuvo en sus manos emitió una exclamación de sorpresa al leer la extensa lista de manjares, sin embargo, luego suspiró decepcionada:

¡ No conozco ningún guisado de los que se anuncian aquí !

¿ Y tú qué apeteces ?, preguntó Leunam a Meztli.

No me decido, todos los platillos parecen estar deliciosos.

Me gustaría un pescado. Lo mismo para mí exclamó Hawan.

El vampiro le indicó al mesero:

Sírvales a las señoritas una orden de ceviche y en el segundo tiempo salmón a la plancha para cada una.

Y al caballero, ¿ qué le agradaría ?

A mí tráigame la ensalada mixta que viene con queso Roquefort, palmitos del Brasil y salmón ahumado.

Y para el segundo tiempo, los sesos de ternera rebosados en la mantequilla negra.

Cuando Meztli probó la primera cucharada de ceviche, no ocultó su disgusto.

¿ Qué sucede ?, inquirió Leunam.

¡ Está frío !, el ceviche no debe estar refrigerado. Allá en la costa del Estado de Guerrero se prepara fresquecito.

El vampiro solamente alzó los hombros resignado, cuando Hawan apartó igualmente el suyo.

Tienen toda la razón, dijo mirando al capitán, quien apenado les retiró el servicio, y se fue de ahí mascullando que en cuanto estuviese listo volvería con el pescado.

A Meztli solamente le bastó hincar el tenedor en la humeante carne blanca para arrugar su naricilla, diciendo que aquello tampoco estaba fresco y que apestaba a conservadores.

Mientras Leunam paladeaba los sesos disfrutando el vino rojo, ambas hermanas no se cansaron de ordenarle al acomedido garrotero más y más raciones de rodajas de papa, las cuales sí eran freídas en el lugar, engulléndolas ávidamente después de introducirlas en la salsera de pewter con sabrosa salsa de chile chipotle.

¿ Aquí sirven Champaña ?, preguntó Meztli.

El vampiro sorprendido le preguntó a su vez que si acaso ya la había probado.

Nunca, respondió Meztli, pero en las películas he visto que la beben los recién casados, y eso precisamente somos tú y yo.

Leunam sin dejar de acariciarle los muslos a la muchacha por debajo de la mesa, pidió dos botellas de Tattinger; después le indicó al mesero que las beberían en el saloncito privado de dicho restaurante, lejos de intrusas miradas.

Cuando llegó el vino espumoso proveniente de la región francesa de Champagne, el mesero discretamente abandonó el recinto para dejar a solas a su cliente y sus parlanchinas acompañantes.

Leunam cuando consideró que la temperatura ya era la correcta, sirvió él mismo las tres copas, y mientras las divertidas jovencitas la bebían disfrutando el cosquilleo producido por las burbujas ambarinas, el vampiro les narró la historia del monje ciego Dom Perignon; el cual trás incontables fermentaciones finalmente obtuvo la exquisita bebida, y emocionado al catar su éxito, exclamó: ¡ Ahora descubro el sabor de las estrellas !

Leunam no se sorprendió cuando ambas hermanas alcanzaron tal euforia, que sus risas se expandieron igual que perlas desprendidas de un collar engarzado en alborozo.

Creo que es hora de irnos dijo al momento de ordenar la cuenta, en la cual dejó como siempre era su costumbre una generosa propina.

Pide otra botella, fueron los ruegos que Meztli repitió inútilmente, hasta que finalmente dos meseros tuvieron que ayudar a las tambaleantes muchachitas a subir al automóvil; dentro del cual no cesaron de reír hasta que los tres arribaron a la mansión del vampiro, la cual se iluminó con la presencia de aquellas juguetonas ninfas que después de retozar con Leunam mientras él las desvestía para ponerles sendos camisones, quedaron profundamente dormidas tendidas en la alfombra.

Antes de apagar los candeleros de la sala, el vampiro tuvo cuidado de cubrirlas con suaves cobertores de piel de llama del Perú para que en la madrugada no sintieran frío.

Y en la cocina garabateó un recado para la servidumbre, donde indicaba que después de servirles el desayuno a las jovencitas, le indicaran a Meztli que se presentara en su alcoba.

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14 Hawan ©Manuel Peñafiel

Leunam comenzó a despertarse con el trino de las aves.

Después de ducharse encontró en su mesita de noche como de costumbre, una charola con ensalada de frutas, rebanadas de pan de trigo integral, queso panela, rebanadas de pavo ahumado, una copa con jugo de naranja, y una jarra con humeante infusión de pétalos de buganvilla.

La servidumbre ya se había encargado de tender su cama mientras él se encontraba bajo la regadera.

Después del desayuno se encontraba cepillándose los dientes cuando escuchó tímidos golpecitos en su puerta. Sabía que era Meztli, así que se apresuró para él mismo abrir.

La chiquilla lucía radiante. Portaba un delgado vestidito de algodón, ya se había hecho su costumbre caminar descalza dentro de la casa, y su cabello aún goteaba después del baño.

Leunam la tomó de la mano para conducirla al lecho donde la tendió. El vampiro pudo olfatear su aroma. Meztli no solía usar perfume, tampoco lápiz labial ni maquillaje, y esto lo encendía. Él se encontraba fastidiado de aquellas fragancias sintéticas envasadas que las mujeres solían usar, también le desagradaban los residuos de la pintura para labios después de morder sus labios.

Meztli en cambio, despedía su aroma natural de hembra tierna. Leunam la olfateó sin el menor recato similar a hambriento felino dispuesto a clavar sus colmillos. Pero la chiquilla no se lo permitió. La dentadura del vampiro brilló al dar una mordida inútil en el aire, la ninfa riendo lo esquivó moviendo el cuello, pensando que aquello se trataba de un juego.

Entonces dame un beso, la bestia jadeó buscando los juveniles labios coralinos.

Cuando él acercó la boca a la suya, la respuesta de ella fue fruncir la nariz con desagrado.

El vampiro trató de introducir su mano bajo el delgado vestido para acariciar los firmes muslos.

Meztli lo detuvo, saltó de la cama y con desenfado suspiró:

Mejor llévame a dar un paseo.

Las fosas nasales de Leunam se expandían al aspirar profundamente, su sangre hervía.

Sin embargo, fue incapaz de tomarla por la fuerza. Había en Meztli un poder contra el cual la seducción de Leunam se estrellaba. La luminosidad espiritual de la doncella cegaba al vampiro en la penumbra de la alcoba. El nigromante sintió como si suaves pétalos acariciaran su psiquis, en aquel momento, deseó interrumpir de una vez por todas su deambular existencial, cerrar los puños para ya nunca más magullar criaturas femeninas, limarse los colmillos y renunciar a las reencarnaciones.

Leunam había estado siglos atrás entre la turba que humilló a Jesús. Los dos ya se habían conocido antes.

La primera vez que se toparon fue en un mercado donde el inmortal vampiro charlaba con una

bella muchacha judía. Su labia la empleaba tratando de ganarse sus favores, y mientras la ingenua lo escuchaba, él engullía descaradamente los dátiles que ella vendía en su puesto. Jesús que pasaba por ahí al intuir sus intenciones, le dijo a Leunam:

Cualquier mujer que se atraviese en tu camino será por mero destino, jamás las busques con el perverso propósito de saciar tu hambre, tal y como ahora hincas tus colmillos de malévolo ser de las sombras en esos nobles dátiles.

Leunam no se alteró por la reprimenda, estaba acostumbrado a batirse con los hombres debido a sus riesgosas y frecuentes conquistas. Lo que sí lo irritó fue que su presa ajustando su velo en el rostro le dio la espalda al sentirse descubierta en el coqueteo.

El vampiro le increpó a Jesús:

¿ Qué te importa lo que yo haga con mis vidas ?, lunático mugroso. Yo ya te he visto a ti, no eres más que un bicho raro. Eres un bastardo, todo mundo sabe que José el anciano aceptó a María estando embarazada, no lo hizo por caridad, sino por la soledad de su vejez, ninguna moza virgen hubiese querido casarse con un pobre carpintero.

Todas esas confusas parábolas que predicas son tu propia búsqueda por encontrar un papá, aunque sea una fantasía divina. Yo he estado escuchando tus discursillos en los que hablas del padre celestial, y toda esa caridad la cual tú bien sabes que es utópica. El ser humano siempre será el egoísta más despiadado del Universo, a él no le importará matar al prójimo con tal de llenar sus arcas, no tendrá remordimientos al vender a sus hijas al mejor postor, solamente chasqueará la boca cuando su acongojada esposa le reproche el haberla contagiado con una enfermedad traída del burdel durante una borrachera.

Yo he escuchado tus peroratas en la montaña adonde acuden los ociosos, ninguno lo hace por convicción, tus seguidores son una docena de pescadores, los cuales aburridos de vivir en la miseria se sienten reconfortados por reunirse en idealista pandilla. Tú Jesús, solamente los entretienes, ellos están decepcionados de su propia existencia, cualquier cosa es mejor que regresar a sus pocilgas donde berrean los críos, y sus esposas se marchitan sin remedio.

Con María de Magdala yo me he revolcado en su lecho, esa seca prostituta magdalena te sigue por comida gratis; creyendo que su reputación va a dejar de ser menos vergonzosa cuando la gente la vea entre tus seguidores.

Puedo apostar mis dos colmillos a que tu imaginario padre celestial se desentendería de ti cuando verdaderamente lo necesitaras; el rumor ya corre de que a los rabinos del Sanedrín no les convienes, tu pregonar está desacreditando su negocio. Eso de meterte al templo para vociferar que la casa de Dios no es un mercado los puso furiosos. Las religiones desde tiempos inmemoriales han sido un negocio para los sacerdotes parásitos que viven de la cobardía de los creyentes. Los seres humanos no se atreven a vivir su vida en libertad, son pusilánimes medrosos que necesitan que los clérigos les digan qué se debe hacer. La noción de pecado se inventó para chantajear a los estúpidos que renuncian a los placeres, sin tener la osadía de disfrutar los sentidos en esta vida, la cual se puede repetir, los audaces son capaces de conseguir regresar una y otra vez, tal como los vampiros lo hacemos, hasta que tengan el aplomo de acabar con su existencia. El suicidio es la celebración final cuando se ha llegado al hastío, aunque algunos perdedores lo cometen prematuramente.

La muchacha dueña del puesto de dátiles se incorporó al escuchar hablar a Leunam, lo miró directamente, su anterior timidez se había disipado, y echando mano de un cántaro de barro que yacía en la sombra llenó un vaso de vino tierno y se lo ofreció al vampiro.

Jesús la miró encolerizado, pero en el momento en que se disponía a abrir la boca Leunam se lo impidió diciéndole:

Tú problema con las mujeres es que no te atreves a tocarlas, tienes miedo de que te decepcionen tal y como lo ha hecho tu madre María la de Belén.

Jesús al escuchar esto apretó los labios, los cuales se le pusieron blanquecinos hundidos en prematuro sepulcro.

Igual a un desdichado huérfano, Jesús huyó del vocerío del mercado para perderse entre los laberintos de su fanática mente religiosa.

Leunam se sorprendió una vez más del prodigio del cerebro, la actitud pura de Meztli lo había llevado a recordar a aquel idealista y frustrado pastor de hombres, quien también había sido un sujeto ingenuamente limpio bañado con sublimes fantasías.

Así que el vampiro, ya no insistió en ningún escarceo con la apetitosa vendedora de higos, con un suspiró remató:

Ándale pues, dile a Hawan que se aliste. Las voy a llevar a pasear.

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15 Hawan ©Manuel Peñafiel

Hawan y Meztli quedaron impactadas cuando entraron al Museo Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México. La magnificencia de los objetos ahí exhibidos las llevaron por dimensiones que jamás habían pensado que existieran. Leunam disfrutaba al constatar su interés en aquellas piezas del arte aborigen que habían perdurado a pesar de la fanática destrucción de los españoles comandados por Hernán Cortés el genocida y esclavista encumbrado, quien en el siglo 16 invadió lo que ahora es México.

Para el vampiro el arte de los antiguos aborígenes fue realmente prodigioso, lo mismo abarcaba el abstraccionismo igual que el implacable expresionismo de una raza que comulgó con la sangre de los astros. A Leunam no le escandalizaba el hecho de que en la antigüedad se practicaran sacrificios humanos. Muchas civilizaciones en varias partes del mundo han derramado sangre en forma cruel y grotesca, pensaba él; en cambio los antiguos mexicanos, ofrecían el corazón de la víctima convencidos de que para conseguir la transcendencia cósmica era necesario retroalimentar a la Naturaleza con sus mismos elementos vitales, cuando aún bullen de energía.

La hipócrita religión católica traída por los europeos condenó los sacrificios humanos de las culturas nativas, pretendiendo negar que durante siglos los vencedores han sacrificado a sus prisioneros en honor de diversas deidades. Los Cruzados mataron árabes en una codiciosa y sanguinaria guerra emprendida con el petulante afán de recuperar el sitio, donde la leyenda dice que ahí había nacido y resucitado Jesús de Nazareth. Fue la Santa Inquisición Católica la que ordenaba quemar vivos a los acusados de herejía, a las hembras acusadas de brujería; y a los judíos para apropiarse de sus bienes. Para Leunam esto representaba algunas de las tantas abominaciones cometidas por las arrogantes supersticiones incrustadas en las religión católica y otras más.

Pero el vampiro no quiso divagar más en el tema, así que tomando a sus invitadas de la mano las condujo a la sala donde se exhibe el arte de los azteca - mexica; al llegar Leunam con reverencia se detuvo ante una hermosa roca labrada de más de tres metros de diámetro. Cuando el vampiro comenzó a hablar, varios de los turistas que deambulaban por ahí se acercaron para escuchar lo que él decía:

Ésta es la Piedra del Sol conocida como Calendario Azteca, este monolito cósmico es el más importante monumento descriptivo que nos haya heredado la cultura aborigen, aquí se expresa el concepto del Universo. Los artistas tallaron en esta roca de basalto de las canteras del Valle de México los soles cosmogónicos, o sea las etapas de destrucción y restauración del mundo. Los abuelos anahuacas desarrollaron profundos conocimientos, este calendario contiene información astronómica representada matemáticamente. Actualmente, ningún país del mundo cuenta con un monumento antiguo de este nivel de conocimiento dedicado a honrar y conocer a la Gran Jícara del Águila Diurna: El Sol.

Leunam al constatar que Hawan y Meztli continuaban interesadas en sus explicaciones, las condujo hacia una impresionante escultura.

Esta es Coatlicue, expresó el vampiro:

El nombre de esta diosa aztécatl significa en el idioma náhuatl “ la de la falda de serpientes ”. Ella resume la visión cosmológica, su ancho simbolismo incluye una intrincada combinación de energías. Es la deidad que se mueve en el mundo de los muertos y de la noche, es la deidad del planeta Tierra, sin embargo, lo es también de la vida y de la muerte. De su falda penden serpientes divinas, lo mismo que ofidios comunes que representan a la humanidad.

Coatlicue podría ser el conjunto de aspiraciones y frustraciones humanas, nuestra mente deambulando huérfana en la noche de la duda. Coatlicue es la fusión de latidos que por cobardía anulamos durante nuestra juventud, aunque también puede ser la vorágine de marismas vivenciales. Coatlicue era una deidad severa, exigía la inmolación de las personas sacrificadas ante su altar para mantenerse viva ella misma, alimentada del precioso líquido que es la sangre humana.

Coatlicue inspiraba miedo y respeto, a pesar de ser temida era venerada, su poder atraía a las personas quienes con enclavado miedo se sentían al mismo tiempo seducidas por su poder desnudo y definido. Ahí estaba Coatlicue con fauces abiertas, con la muerte maquillando sus pétreas facciones, con falda de serpientes ocultando pasiones internas, inconfesables apetitos.

Coatlicue a pesar de su fiero aspecto, también representaba la potencia del sentir humano que por ser tan vehemente, a veces asusta al quien no se atreve a sincerarse consigo mismo.

Coatlicue es la diosa que todos llevamos dentro al nacer, y que con el transcurso del tiempo vamos olvidando de que existe hasta que miramos atrás para constatar con decepción lo que hicimos de nuestra personalidad que batalló día a día afanándose por ser libre, pero finalmente fue cincelada por brutales restricciones impuestas por nosotros mismos; la diosa bebé y fresca que nació en nosotros fue convirtiéndose con los años en alguien iracundo. Coatlicue es nuestra ansiedad sepultada bajo epitafios escritos con mohosa frustración. Aunque ella también puede llegar a ser la que baila en los Trece Cielos, o ser protagonista auténtica en nuestro personal panteón de diosas esculpidas a golpe de atrevidas decisiones.

El aplauso del grupo de turistas que se había reunido alrededor de Leunam, fue el espontáneo epílogo a las palabras del vampiro; quien un tanto abrumado por haber llamado la atención del público sin proponérselo, lo agradeció con un modesto movimiento de cabeza.

Los guías oficiales lo miraron con recelo cuando escoltado por sus beldades Meztli y Hawan abandonó el museo.

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16 Hawan ©Manuel Peñafiel

Los siguientes días en la residencia del vampiro transcurrieron entre vanos intentos por seducir a Meztli, cuya temprana esencia la alejaba de todo interés erótico.

Leunam solía acudir a su habitación con el pretexto de arroparla y darle las buenas noches, sin embargo, ella rechazaba cualquier intento de besarla en los labios cubriéndose el rostro con las frazadas de la cama. Él bien podría haber forzado a la virgen a abrir las piernas, la idea le cruzó muchas veces por la mente. Ardía al imaginar aquella vaginita estrecha y lampiña, cualquier intento por acariciarla también era frustrado por la frágil doncella.

Sin perder la paciencia, el vampiro le decía que le permitiera enseñarle los infinitos placeres que conllevan las relaciones sexuales, asegurándole que no la embarazaría por si acaso esa era su preocupación.

El tiempo transcurría, y la vigilia del vampiro lo tenía de mal humor al grado que a su presa le aclaró enérgicamente:

Si deseas continuar viviendo aquí, tendrás que permitirme tocarte y besarte, y más adelante penetrarte.

Te garantizo que no te lastimaré, en cambio, te mostraré que dentro de ti existe una galaxia de terminaciones nerviosas, las cuales al contacto de nuestras caricias derramarán placer a tu existencia.

Meztli titubeó por unos instantes, añadiendo enseguida:

Mejor me regreso a casa con mi madre.

Leunam reprimió su enojo al escuchar esto. Sintió deseos de desgarrar sus prendas para morderla arrastrándola con zarpazos y caricias al mutuo beneplácito. Él era capaz de lograrlo, incontables veces lo había hecho con mozuelas que al principio se hipócritamente se resistían, para luego experimentar la derrama insospechada y deliciosa de sus propios néctares femeninos.

Sin embargo, él sabía que le estaba vedado poseer a Meztli por la fuerza, los vampiros tienen determinados ciclos de involución, y para seguir sobreviviendo necesitan el obsequio de un himen intocado con el absoluto consentimiento de la virgen. Esa energía vital desprendida de la cópula ha dado vida por generaciones a esta estirpe de lascivas criaturas con colmillos afilados.

Está bien, masculló Leunam. Si cambias de parecer sabes dónde encontrar mi domicilio, yo estaré aguardándote por si deseas regresar.

La muchacha partió, y esa noche Leunam la criatura de la noche decidió embriagarse para mitigar su ansiedad. Tenía poco tiempo para encontrar otra doncella virgen, la debilidad lo aquejaba, así que decidió emplear un paliativo que le proporcionara alimento, éste consistía en profanar cadáveres.

Leunam se metamorfoseó en sórdida sombra para escurrirse dentro de una agencia funeraria, donde los empleados se encontraban ocupados en el aseo de una mujer que recién había fallecido. Ambos hombres experimentaron un escalofrío cuando la intangible criatura penetró al interior, pero eso no impidió que prosiguieran con su tarea.

La difunta quedó esmeradamente arreglada dentro de su ataúd revestido de satén. Solo faltaba que arribara la camioneta fúnebre para llevarla al velatorio, así que los dos hombres salieron a fumarse un cigarrillo.

Leunam aprovechó el momento para abrir el ataúd, a pesar del poco tiempo del que disponía, se dio unos momentos para admirar aquella estática anatomía.

Con sus dedos le separó los párpados para ordenarle:

Abre tus ojos pequeña mía, tu alma aún no ha partido, así que quiero que me veas en el momento de introducirme para disfrutar tu cuerpo antes de estar rígido.

Luego, comenzó a acariciarla, manoseó los senos, introdujo su viscosa lengua dentro del ombligo de la hembra, separó los muslos de nieve fría, y continuó lamiendo ávidamente aquella vagina seca hasta lubricarla suficientemente. Su erección lo obligó a abrirse la bragueta de su pantalón. Encaramándose ágilmente sobre el ataúd violó a la joven fallecida, embistiéndola sin prisa alguna, alargando su placer mientras mordía y masticaba los lóbulos de las orejas del cadáver, masticándolos despacio en los momentos en que su abundante eyaculación mancillaba aquellas indefensas entrañas.

Con el rojizo glande aún chorreante se incorporó para delinear con su viscosidad los rasgos de aquel bonito rostro, a manera de despedida depositó las últimas gotas de su semen en los clausurados ojos, dando la impresión de que aquella estigmatizada hembra derramaba lágrimas por el improperio cometido en su contra.

Después de satisfacerse con aquel cuerpo indefenso; Leunam transformó de nuevo su apariencia en sórdida sombra que se escabulló justo a tiempo, cuando los empleados retornaban acompañados de su patrón de la funeraria, quien montó en cólera al toparse con aquel agravio.

La difunta yacía obscenamente ultrajada, sus partes pudendas se encontraban groseramente exhibidas despidiendo el aroma del fresco semen, revuelto con las substancias previamente aplicadas para su embalsamiento. Lo que había sido su pulcro atuendo, ahora era un desorden de pliegues desgarrados, sus cabellos estaban despeinados, el cuidadoso maquillaje que le habían aplicado para su despedida mortuoria era un menjurje que el vampiro había embadurnado con sus lengüetazos. El forro de satén que cubría el interior del ataúd mostraba las inconfundibles huellas de alguien que lo había usurpado. Inclusive había residuos del betún negro con el que el vampiro lustraba su calzado.

¿ Qué demonios ha sucedido aquí ?, vociferó el dueño de la agencia funeraria. Su mirada era acusatoria.

Los subalternos no atinaban que responder. Igualmente sorprendidos eran incapaces de explicar aquel agravio.

El sonido del claxon de la camioneta luctuosa que aguardaba para llevarse el féretro, le recordó al propietario su compromiso con los deudos.

¡ Apresúrense !, les ordenó.

Tenemos que cambiarla, no será posible velarla con la tapa abierta como lo pidió el cliente. Pónganla en otra caja y séllenla, no podemos permitir que alguien se entere de lo ocurrido.

¡ Ustedes dos quedan despedidos ! Y den gracias de que no los denuncio para evitar un escándalo.

El viejo no les permitió hablar para exculparse.

¡ No se queden ahí parados, pónganse a trabajar !

Los muchachos levantaron el cadáver, uno tomándolo por las axilas, mientras el otro lo alzaba por los talones. Con las prisas lo arrojaron como un fardo.

Las frías pupilas de la joven se clavaron en ellos.

¡Mira!, dijo uno de ellos. ¡ Tiene los ojos abiertos !

¡ Pues ciérraselos, idiota !

¡ No puedo ya está tiesa !

¡ Pues que remedio, que se vaya así !

Aquellos ojos daban la impresión de impotente azoramiento cuando bajaron la tapa del ataúd, quedando de esta manera encerrada en una obscuridad obtusa e insultante.

El alma de aquella doncella no fue capaz de volatizarse hacia la luz de alguna aurora boreal cósmica, quedó ahí para siempre cautiva, su perenne penar había sido ocasionado por el voluptuoso vampiro quien con su egoísmo acrecentado desde centurias atrás, se había regodeado una vez más con otra ninfa de hueso y mármol.

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Con aquella violación y placer por la necrofilia, Leunam adquirió los nutrientes necesarios para continuar su existencia.

Esa noche se sentía con deseos de una juerga, por lo que decidió dirigirse a su antro preferido.

El acomedido portero le abrió las puertas; enseguida una nube de meseros acostumbrados a sus generosas propinas trataron de llevarlo a una de las mesas que esa noche atendían. El vampiro escogió una junto a la pista.

¿ Qué desea beber el señor ?, melosamente preguntó el mesero.

Tráeme cerveza, y sírvela como siempre hoy vengo de buen humor para cantar.

Y a los muchachos de la banda envíales la botella que les gusta.

El mesero no tardó mucho en volver con dos botellas de cerveza obscura, una fría y otra al tiempo, llenando el tarro con la mitad de cada una para no perjudicar las cuerdas vocales de su cliente, cantante aficionado.

Tampoco pasó mucho tiempo para que las chicas comenzaran a desfilar frente al vampiro aspirando a que las invitara a su mesa. Él las ignoró dedicándose a disfrutar su bebida y del espectáculo que daba una ágil joven al trepar desnuda por el tubo implantado en medio de la pista.

Después de transcurrida su actuación; Leunam le indicó al mesero que la trajera a su mesa.

Hola me llamo Mónica, la guapa mulata se presentó con luminosa sonrisa que dejó ver sus perfectos dientes.

¿ Me invitas un trago ?, por supuesto, para eso te mandé traer.

¡ Jaime, la chica quiere una bebida !, fue la orden que dió el vampiro a su mesero.

Ella probó la copa sonriendo sugestivamente, luego mostró su lengua la cual ostentaba un piercing de oro, y se abalanzó para besarlo en la boca. La profesional pensó que sus lengüetazos excitarían a su cliente, pero al vampiro no le despertaba ningún interés aquella mujer a pesar de sus firmes carnes y voluptuosidad, a él lo que verdaderamente le encendía era la seducción de púberes inexpertos, sin embargo, Leunam recurría a esos lugares para divertirse acariciando desnudos cuerpos, y jugar con la naturaleza humana que se doblega ante el dinero; él sabía de sobra que aquellas ficheras no bebían licor para no embriagarse con los clientes, sus bebidas eran por lo general infusiones inofensivas, así que para alegría de la muchacha, le susurró al oído que bebiera de su cerveza sin que la vieran.

El vampiro llamó de nuevo al mesero para asegurarse de que mandara una botella de brandy para los músicos que tocaban sobre el escenario.

Los muchachos se alegraban siempre que esto sucedía, y acomedidos tocaban las canciones que al vampiro le gustaba interpretar ya bien borracho. Las nudistas se disputaban el privilegio de acompañar al cantante amateur trepadas sobre el escenario tocando el pandero que siempre sacaba de la cajuela de su automóvil para esas chispeantes parrandas.

La velada transcurrió de tal manera, todos se divertían con las ocurrencias de aquel millonario que trataba con afecto a aquellos músicos haciéndolos sentir superestrellas, mimando al mismo tiempo a las bailarinas comprándoles rosas bastardas que invariablemente le vendía una viejecita que se ganaba la vida de tal manera, ofreciendo además aspirinas y efervescentes remedios para la ebria clientela.

Llegó el momento en que Leunam estaba tan alcoholizado que difícilmente podía caminar. Al pagar la cuenta le indicó al mesero que en la tarjeta de crédito además de cargarle el 15% de propina, agregara el monto por las salidas de tres muchachas que él seleccionó por sus estupendos atributos físicos.

Después de repartir algunos billetes más al encargado de los sanitarios, al cantinero, al portero y al vigilante del estacionamiento; Launam se puso detrás del volante de su automóvil, con torpe lentitud verificó que la hebilla de su cinturón de seguridad estuviese bien abrochada, asegurándose de que las chicas también lo tuviesen puesto, y después de prender el motor y el tocadiscos salió con precaución, él era de la idea de que estrellarse estando borracho era la opción de los imbéciles.

Cuando los sonoros acordes comenzaron a brotar de las bocinas, las muchachas protestaron pidiéndole otra clase de música.

¡ Cállense tontuelas ignorantes, y solamente escuchen !. Al que están oyendo es a Muddy Waters, esto se llama Blues, él junto con W.C. Handy y John Lee Hooker son los papás musicales de todo lo que se ha hecho después.

Las chicas rieron, y una de ellas exclamó:

¡ Tú eres nuestro único papacito!, así que apúrate que ya queremos llegar a tu casa.

La puerta eléctrica se abrió cuando arribaron. Una vez dentro del palacio del vampiro, las jóvenes preguntaron dónde estaba el baño, y sin dejar de brotar sus risillas corrieron apresuradas a hacer pipí.

Después de que Leunam vertió licores en sus copas, todas ellas se dedicaron a curiosear dentro de aquella lujosa sala, quedando maravilladas ante el esplendor del mobiliario, junto con las obras de arte diseminadas en esculturas o pinturas al óleo colgando de los inmensos muros.

Una de ellas emulando voz de niña le dijo al vampiro que tenía hambre, su anfitrión la condujo a la alacena, donde la muchacha quedó igualmente sorprendida.

¡ Esto parece un minisuper !, gritó al tiempo que se surtía de botanas y golosinas.

Las otras le pidieron al vampiro que ordenara por teléfono algunas pizzas, pues se estaban muriendo de hambre.

Eso es basura infiltrada por las compañías gringas, les contestó.

Mejor acompáñenme todas juntas otra vez a la alacena y de ahí les abriré algunas latas de paté, ostiones ahumados, angulas, palmitos, y a ver que más encontramos para acompañar dichos manjares con galletitas saladas.

Las jóvenes una vez dentro de la cocina se las ingeniaron para sacar platos y cubiertos, para dedicarse a asaltar el refrigerador, de donde extrajeron un buen surtido de quesos, carnes frías y una botella de vino blanco.

Saciado su apetito igualmente ruidosas y risueñas, se dejaron guiar a la recámara, donde juguetonas desvistieron al vampiro.

Después de despojarse de su propia ropa, una de ellas se prendió ávida al falo de aquel macho que gustoso besaba a otra, mientras la tercera bailaba despojándose lentamente de sus prendas.

Leunam continuó con sus mimos, su caliente lengua lamió aquellos rosaditos clítoris.

Una de ellas exclamó agradecida:

Ahora yo te voy a dar el beso largo.

Fue entonces, que la muchacha empleó su jugosa lengua, aquellas deliciosas sensaciones motivaron la próstata masculina, excitándolo para tomar pausados turnos penetrando a la mulata, luego embistiendo a la morena, para finalmente descargar su perlado manantial en la complaciente vagina de la otra con castaña cabellera.

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La luz de la mañana los sorprendió anudados a los cuatro entre las sábanas revueltas de aquel promiscuo lecho.

Cuando Leunam abrió los ojos, se regocijó con aquel espectáculo de carne disfrutada.

A una de ellas la despertó para ordenarle que le trajera una cerveza del refrigerador. A otra de las chicas le indicó que de su guardarropa sacara una camisa limpia, y a la tercera tuvo que empujarla fuera de la cama para que por fin se despertara.

Así ataviadas con sus minúsculas prendas salpicadas de traviesas lentejuelas con las que las solían bailar en el centro nocturno, las trepó en el automóvil para llevarlas a su restaurante favorito, donde al entrar los clientes no dejaron de murmurar ante la presencia de las insinuantes beldades, quienes risueñas almorzaron y bebieron ignorando las miradas de odio de las otras comensales.

De regreso en la mansión del vampiro, las chicas chapotearon en la alberca, mientras Leunam atrapaba sus juegos en la película de sus cámaras fotográfica y de video.

Vinieron después más risas, más orgasmos, y por supuesto más bebidas.

Cuando llegó la noche, las chicas preguntaron si deseaba que permanecieran, pero Leunam les indicó que ya era suficiente.

Ellas protestaron, pidiéndole que las llevara a bailar.

Leunam accedió llevándolas a una discotheque, donde él no pisó la pista de baile, solamente se dedicó a observarlas, mientras las sirenitas mercenarias se contoneaban con cargada sexualidad.

En la madrugada, les pagó un taxi para que las llevara a sus respectivas casas, y Leunam manejó su automóvil con la misma precaución con que solía hacerlo cada vez que abusaba del alcohol. Un prodigioso sexto sentido siempre lo conducía a salvo hasta su residencia.

Y como otra de tantas veces al toparse con el gran zaguán de su domicilio, el vampiro recargó su cabeza encima del volante, quedándose dormido con el motor encendido, hasta que el jardinero de la casa de junto quien solía barrer la hojarasca tempranito lo despertó de la misma manera como lo había hecho en repetidas ocasiones, esto es dando golpecitos en el vidrio de la ventana del vehículo.

Como solía suceder, aquel noble trabajador rechazó el dinero que Leunam le ofreció, y con torpe pulso el vampiro le autografió uno de sus libros publicados, quedando contento aquel acomedido hombre.

Ya dentro de su palacete, Leunam encendió el tocadiscos a todo volumen, y llevando varias latas de cerveza a sus aposentos se echó vestido sobre la cama cayendo en profundo sueño; mientras las guitarras eléctricas daban obertura a su inminente malestar provocado por la resaca por el exceso de bebidas alcohólicas.

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Después de transcurridas varias horas, Leunam recuperó el conocimiento. Lo primero que hizo fue dar un sorbo de cerveza de la botella que se encontraba sobre la mesita de noche, al principio le desagradó su tibieza. Los efectos de la borrachera aún burbujeaban en su cabeza. El vampiro sintió ganas de encender de nuevo la euforia etílica, así que apuró el resto de la bebida sin importarle su temperatura, pero su organismo la rechazó. Las agruras no tardaron en masticar sus entrañas, las tabletas efervescentes fueron insuficientes, la acidez persistió lo mismo que la penetrante jaqueca; a esto se agregaban repugnantes náuseas, el cuerpo adolorido, junto con una helada sensación de orfandad.

La debilidad física por la deficiente alimentación, durante aquellos días de parranda incrustaban en su ánimo una filosa tristeza. Sabía que tenía que ingerir alimento, sin embargo, pensar en la comida le provocaba repulsión, aún así, se esforzó por llegar a la cocina, donde en una copa de cristal cortado vertió tres huevos crudos, los cuales ingirió a grandes tragos.

Leunam volvió a su desordenada cama, le fue imposible conciliar una siesta. Revolviéndose en recriminaciones se reprochó a sí mismo haber bebido excesivamente.

El malestar era insoportable, así es la inmisericorde cruda, la cual se burla de cualquier ineficaz remedio con aflicción de músculos dolientes, mente dispersa deambulando por los vericuetos de los fracasos personales por las grietas del futuro incierto.

El vampiro se juró a sí mismo que jamás volvería a embriagarse, pero en el fondo sabía que se estaba mintiendo a sí mismo. Su existencia estaba infestada de mentiras. El mundo era una farsa por donde él deambulaba sin rumbo, mofándose de los seres humanos aferrados a sus absurdas creencias religiosas y atrocidades cometidas en nombre de la fe. La humanidad estaba plagada de gobernantes y clérigos, cuyos actos penetraban en el hedor histórico al acogerse bajo deidades diseñadas para satisfacer su codicia. Las religiones se instituyeron con meros pretextos expansionistas, el buen Jesús no resucitó al tercer día, ni Mahoma ascendió al paraíso cabalgando sobre su yegua blanca. Buda jamás fue puro, sino un príncipe harto de los excesos palaciegos que se intoxicaba con la teína que contiene el té, mientras sus ayunos le hacían alucinar con demonios y reencarnaciones.

Con la propagación de necias religiones, los seres humanos desperdiciaron la búsqueda interna dentro de ellos mismos, desdeñando el portento innato de la mente. Cayendo en la pereza colectiva, la humanidad jamás comprendió que la eternidad se pudo haber conquistado aquí mismo, bastaba salvaguardar a La Tierra, de esta manera las generaciones humanas hubiesen sobrevivido buscando un nuevo sol después de haberse extinguido el nuestro. Pero al prohibir la Iglesia Católica los métodos anticonceptivos, la sobrepoblación provocó hambrunas y la ambición de lucro de las compañías transnacionales profanó a la ecología comerciando con el petróleo, cuyos gases de combustión provocaron el calentamiento global desquiciando las condiciones climatológicas trayendo consigo destructivos incendios y huracanes.

Leunam después de meditar todo esto, cerró los ojos buscando el sueño reparador, pero éste tardó en llegar. Sus presagios le confirmaban que a la especie humana solamente le aguardaba un fétido sepulcro sin trascendencia alguna, y a él la perenne insatisfacción por no haber logrado realizar algo transcendente durante su indolente existencia.

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Leunam bien sabía que la mayoría de los presidentes latinoamericanos y varios de otras naciones ordenaban asesinar a los ciudadanos que se manifestaban en su contra, y que los mandatrios estadounidenses y europeos provocaban guerras sangrientas para apoderarse de las materias primas de las naciones invadidas para después colocar a algún tirano como su títere.

El vampiro estaba convencido de que las advertencias antropológicas de intelectuales y científicos resultaban inútiles, la ambición de las naciones poderosas ya habían provocado mayúsculas desproporciones sociales, la miseria continuaría azotando a la gente, y los pueblos hambrientos se apoderarían una y otra vez de las armas para continuar con revoluciones. En muchos países a los guerrilleros se les considera inconformes fuera de la ley, lo grotesco es que los burócratas son los verdaderos delincuentes, durante décadas han robado los impuestos pagados por los ciudadanos.

A la gente común no se le permite prosperar, las cajas de ahorros desaparecen impunemente, los banqueros cometen frecuentes fraudes, al agricultor y pequeño fabricante se les ha condenado a la bancarrota por el neoliberalismo económico.

Con los efectos del licor todavía seduciendo a sus pensamientos, Leunam tomó su automóvil rumbo al centro de la ciudad, estando ahí, entró a una taquería decorada con toda clase de mercaderías que dizque mexicanas, incluyendo los sombreros de charro imitando a los rancheros que vinieron durante el virreinato español, carteles anunciando crueles y sanguinarias Corridas de Toros, banderines de equipos de futbol, estandartes de la vírgen de Guadalupe, junto con infinidad de jarritos de barro rodeando una lastimera piñata entiznada por el hollín de las parrillas, donde se asaba la carne para confeccionar los taquitos y las quesadillas.

La mesera que lo atendió era una atractiva morena, a la cual el deshinibido vampiro animado por los tragos le preguntó a qué hora saldría de allí. Ella no se molestó en contestarle, sencillamente continuó con su trabajo rellenando el vasito caballito de mezcal hasta que Leunam sintió la cabeza tan grande como la piñata que colgaba en el rincón.

Las luces del local comenzaron a apagarse; Leunam pagó su cuenta tratando de impresionar a la chica con generosa propina, pero ella abandonó el local sin siquiera voltear a verlo.

El ebrio trasnochador la siguió dando traspiés por la calle, cuando la muchacha se detuvo en la parada del autobus urbano, el vampiro barriendo la voz por los efectos del licor se le acercó para decirle:

¡ Estoy celebrando el haberme topado con una mesera tan bonita, y me encantaría llevarla a usted a beber una copa juntos !

Ella sin apartar la vista del vacío, respondió:

Para mí no existe la palabra celebrar. Cuando fuí pequeña mis padres cruzaron ilegalmente la frontera mexicana que nos separa de los gringos, después de encontrar trabajo me pudieron inscribir en la escuela, ahí los güeros celebraban el 4 de julio, día de su Independencia, pero ellos me decían:

¡ Lárgate de aquí mexicana grasosa !

Después cuando llegaba el 15 de septiembre, los mexicanos tratábamos de festejar el día de nuestra Independencia con un poco de música en la radio, pero enseguida llegaba la patrulla, pues algún vecino ya se había quejado del supuesto escándalo. Así que teníamos que apagar el foco y permanecer en silencio para que los uniformados no registraran el apartamento, donde vivíamos más de una docena de indocumentados.

La muchacha suspiró para seguir diciendo:

Para mí celebrar algo en la vida carece de sentido. Mis padres dejaron México para ganar los dólares, pero las pocas veces que hemos regresado para visitar parientes, en cuanto cruzamos la frontera cualquier uniformado que encontramos a nuestro paso nos exprime extorsionándonos.

Yo no tengo país, allá era una ilegal, aquí soy una pocha que habla el español mezclado con el ingles, y muchas personas se burlan de mí diciéndome chicana.

En mí se murieron las ganas de festejar. Allá en mi adolescencia, a pesar de las advertencias de mi madre, acepté la invitación de un gringo que trabajaba en la misma fábrica que yo. El maldito me llevó a una discoteca, donde sin darme cuenta, le puso algo a mi refresco que me hizo perder el sentido. Cuando me sacó de ahí cargándome, la gente pensó que lo hacía porque estaba yo borracha. Como un bulto me llevó en su camioneta a un edificio abandonado, donde me violó junto con sus amigos que ahí lo estaban esperando.

Cuando se pasó el efecto de la droga que había puesto en mi bebida, desperté. Y no sé que me dolió más, si mi virginidad arrebatada tan suciamente, o lo que con mi propio lápiz labial había escrito en la pared aquel desgraciado:

Go back to your country, greasy Mexican ! ¡ Regresa a tu país, Mexicana grasosa! fue mi primera lección del inglés racista.

Debido a mi condición de ilegal no pude acudir a la policía a denunciar a los tipejos que me habían drogado para después ultrajarme. Y aunque lo hubiese podido acusar, algunos conocidos me dijeron que era muy difícil probar que yo efectivamente había sido violada, pues esa droga a la que le llaman GHB después de transcurridas algunas horas no deja evidencia toxicológica en el organismo. Así que su abogado defensor hubiera podido alegar que yo estuve de acuerdo en tener relaciones sexuales con ellos, y luego cambiar de opinión.

Yo misma tuve la sensación de que por momentos mis propios padres dudaron de mis palabras. No podían creer que yo no me hubiese dado cuenta de lo que puso en mi bebida, pero así sucedió; yo no me percaté pues la droga no tiene color ni olor, y yo no recordaba nada excepto haber pasado un ratito en la discotheque. Ahora ya sé que a ése ácido lo llaman gamma hidro quiensabequemás y que es muy fácil de conseguir, pero en aquel entonces yo era joven e ingenua.

Desde entonces, el chisme de lo que me había ocurrido hizo que los demás muchachos del barrio ya jamás se me acercaran.

Me convertí en una apestada, la gente decía que yo era la perra de aquel gringo, pues el malnacido se encargó de propagar a los cuatro vientos que juntos nos habíamos acostado.

Ignoro la razón por la cual le estoy relatando todo esto; tal vez porque hacía mucho tiempo que no encontraba a alguien de tan buen carácter como usted, por estos lares todos andan amargados.

Le agradezco su espontánea invitación, pero le quise explicar mis motivos por los cuales yo no tengo tiempo, ni ánimos para alguna party fiesta. Mañana tengo que levantarme temprano para lavar mi uniforme de mesera, lo tengo que usar limpio y planchado por las noches al servir las mesas en el sitio donde usted me conoció.

Quisiera alegrarme, pero soy incapaz de hacerlo, el viento apagó el entusiasmo en mi vida, el vendaval hizo girones mi vestido de novia profanado, desgarró la bandera que nunca ha ondeado en mi apátrida existencia.

Justo cuando la muchacha terminó de hablar, llegó el autobús de transporte urbano, Leunam intentó tomarla del brazo para ayudarla a abordarlo.

Ella suavemente replicó:

No se moleste, yo puedo sola.

Cuando aquel desvencijado vehículo arrancó, ella se despidió con la mano a través de la ventanilla.

Instantes después surgidos de la obscuridad, un par de borrachos acosaron a Leunam exigiéndole una limosna, luego un hombre alucinando por los efectos de la droga injurió al vampiro gritando insultos revueltos con incongruentes disparates.

Leunam miró al terceto de ebrios vagabundos desprendiendo de su enérgica mirada los estiletes del desprecio, y sin permitir que lo intimidaran se alejó de ahí emprendiendo su caminata hacia el sitio donde había dejado estacionado su automóvil. Al llegar de vuelta a su palacio, la luz de la luna incrementó su soledad.

21 Hawan ©Manuel Peñafiel

Al otro día para deshacerse de la resaca por la borrachera almorzó en un restaurante japonés, estando ahí le ordenó al mesero algunos bocadillos de Sushi acompañándolos con cerveza también nipona para recuperar el brío.

El deseo por poseer a Meztli lo incitó a ir a buscarla a donde vivía la jovencita.

El vampiro estacionó su automóvil, donde él sabía que sería visible desde la ventana apetecida presa. No dilató mucho tiempo para que llegara Hawan, quien entusiasmada trató de abrazar a Leunam.

Contrólate, le dijo el vampiro secamente:

No vengo a verte a ti, dile a tu hermana Meztli que se aliste, si es que quiere continuar viviendo a mi lado.

Al notar la cara de decepción de la muchacha, agregó:

Si lo quieres, tú también puedes venir. Pero no se tarden demasiado. Dile a Meztli que salga como está, en mi casa ya tendrá tiempo de acicalarse.

Hawan regresó a su hogar, donde emocionada le comunicó a su hermana el recado de Leunam. Meztli se alegró al escucharlo; lo había echado profundamente de menos.

Hawan la apresuró para que recogiera sus pertenencias indispensables, y las dos muchachas salieron presurosas al encuentro con el vampiro, quien ya las aguardaba con el automóvil en marcha.

Meztli se subió al asiento junto a él, mientras su hermana Hawan acomodaba ambas maletas en la cajuela.

El vampiro arrancó y en el primer semáforo en alto aprovechó para acariciarle el muslo a Meztli. La muchacha titubeó, sin embargo, no hizo nada por retirarle la mano. El contacto de los dedos del vampiro por debajo de su faldita le provocaron un tenue placer que subió cálidamente hasta sus entrañas.

Cuando llegaron al palacete de Leunam, éste le ordenó a Hawan que se dirigiera a su habitación, no así a Meztli a quien tomándola de la mano la condujo hasta su recámara.

El vampiro la tendió en el lecho, y le agradó constatar que la joven esta vez no opuso resistencia cuando le rozó los labios con los suyos. El vampiro hundió su rostro en el cabello de la muchacha aspirando su natural aroma, éste formaba parte de las muchas cualidades que aquella ninfa poseía, y que embelesaban al vampiro.

Meztli no usaba perfume alguno, ella olía a piel, de sus poros se desprendía el aroma de la piel impoluta.

Leunam buscó el recoveco del frágil cuello y ahí lamió más dermis femenina, bajando por los hombros llegó hasta los trémulos pechos; Meztli se estremeció cuando el vampiro le descubrió un pezón para devorarlo igual que tierna cereza. Luego pasó al otro pecho, donde hizo lo mismo con su experta lengua, su saliva hizo atropellos a la calma de la joven; quien se arqueó sintiendo un hormigueo que salía de las profundidades de su pubis. Leunam le mordió suavemente las rodillas y de la garganta de ella salió un leve quejido hambriento.

La mano del vampiro trepó por entre los suculentos muslos hasta llegar a las pantaletas, sus dedos reptaron por debajo del calzoncito, y el vampiro no se sorprendió cuando sus yemas se humedecieron al acariciar la lubricada vaginita. Él sabía que estaba haciendo bien su erótico preámbulo, sin embargo, cuando trató de bajarle los calzoncitos a su presa, ésta se resistió con una súplica.

Por favor, no me veas desnuda, me avergüenza que lo hagas por primera vez.

Leunam ignoró aquel débil reclamo, y continuando con su seductora labor, le respondió:

¡ Tengo que verte ! necesito observar tus piernas, hundir mi vista en tu ombligo, en el vellito de tu rincón virgen. Cuando tus pezones florecen y yo los veo mi deseo aumenta. Cuando tu calentura se hace líquida y viscosa saliendo de tu hoyito se forma el pozo de donde yo necesito beber.

Y sin decirle más a la chiquilla, el vampiro hundió su rostro entre los suaves pliegues de aquella vagina que se estremeció al contacto de esa lengua que subió despacio por la ranura vertical para luego lamer el encendido botoncito de su clítoris. Meztli quedó azorada cuando incontables sensaciones se apoderaron de ella. La lengua de Leunam le proporcionó delicias que ella nunca había imaginado que existieran.

Y él sabiendo de antemano la respuesta, preguntó:

¿ Te gusta ?

Meztli dejó escapar un gemido que se diluyó con un sí.

La muchacha sentía que sus entrañas se derretían por ahí, su liquidez parecía tener un flujo eléctrico que secuestró a millares de sus células, las cuales por cuenta propia se amotinaron en una explosión que se le encrespó hasta el cerebro.

La joven arqueó el cuerpo, deseando que la lengua de Leunam se hundiera aún más en ella, con sus manecitas sujetó al vampiro del cabello para apretarlo contra ella. Meztli sintió una cascada caliente que bajó seguida de otras mareas consecutivas todas ellas cargadas de deleite, todas ellas inundándola de placer.

Justo cuando a Leunam comenzó a dolerle la quijada por mantener sus fauces abiertas tanto tiempo devorando aquellas carnecitas, fue que la muchacha susurró:

Estoy bien, ya no sigas.

Esta respuesta instintiva le anunció a él que había cumplido con su cometido.

El vampiro se incorporó, y con la colcha de la cama cubrió a Meztli, quien no tardó en quedar dormida. Seguido de esto, Leunam se dirigió al baño, donde con una pequeña toalla secó las escurrientes fauces barnizadas con los jugos de aquella ninfa.

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22 Hawan ©Manuel Peñafiel

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A la mañana siguiente Hawan, Meztli y Leunam se reunieron para el desayuno, el vampiro sintió deseos de gozar un rato a Hawan, así que por debajo de la mesa comenzó a acariciarle los muslos mientras terminaba su taza de café.

Leunam notó el sutil rechazo que emanó de los poros de la muchacha.

¿ Qué es lo que sucede ?, le preguntó.

Es que últimamente no me he sentido bien, repuso Hawan.

¿ A qué te refieres ?, insistió el vampiro.

La muchacha balbuceó algo incomprensible.

Meztli por primera vez en su vida sintió el aguijón de los celos. Ya se había dado cuenta de que Leunam estaba acariciando a su hermana Hawan. Así que para frustrar la gula del vampiro, le soltó a bocajarro:

Mi hermana Hawan está enferma, por andar de loca le pegaron una infección, desde hace semanas no le ha dejado de escurrir un flujo amarillento.

El rostro de Leunam se torció por el disgusto, y sus dedos que antes se complacían acariciando los tersos muslos de la joven se retractaron con repulsión.

¡ Eres una tonta !, le escupió al rostro.

Hawan trató de defenderse, pero una bofetada del vampiro le impidió hacerlo, y poniéndose de pie le arrojó el café caliente que aún quedaba en la taza.

La joven aulló cuando sintió el líquido caliente estrellarse contra su rostro.

Leunam la tomó por el cabello arrastrándola a la alcoba, donde la tumbó sobre la cama, estando ahí le rasgó las pantaletas para cerciorarse él mismo.

El vampiro con su olfato animal husmeó por los íntimos rincones de la hembra, sus instintos le certificaron qué en efecto, la muchacha había adquirido una infección.

Sin conmoverse por los sollozos de sus sollozos, se dedicó a buscar un número en su directorio telefónico. Después de garabatearlo en un trozo de papel, se lo extendió a la compungida muchacha diciéndole:

Comunícate a este consultorio médico para hacer una cita con la ginecóloga.

Dile que hablas de mi parte, es ella quien siempre atiende a mis mujeres en sus revisiones periódicas.

Jamás le he mandado a una amante enferma, así que aclárale que yo no te contagié esa porquería que hace que escurras igual que una turbia cloaca.

Hawan secó sus lágrimas con el dorso de su mano, y tomando el papel tímidamente preguntó:

¿ Me puede acompañar mi hermana Meztli ?

¡ Por supuesto que no !, eres una torpe inmunda.

Después de hacer la cita tomas un taxi para que te lleve a la dirección que te anoté, y cuando regreses a casa vienes a informarme inmediatamente que te dijo la doctora.

Esa tarde volvió Hawan, aún temerosa por el posible castigo subió a los aposentos del vampiro para informarle acerca del diagnóstico.

Leunam se encontraba tendido en su cama leyendo un libro. Sin apartar la vista de los renglones de tinta escuchó a la muchacha, quien le dijo:

La doctora sospecha que he contraído el virus del papiloma humano, así que me indicó que necesito practicarme algunos análisis para cerciorarse.

Está bien, respondió el vampiro.

En el cajón de mi escritorio encontrarás el dinero suficiente para cubrir tu tratamiento.

Gracias, suspiró la muchacha mientras acercaba el rostro para darle un beso al vampiro.

Sin embargo, éste fríamente alejó el rostro para añadir:

No apetezco tu presencia, solamente cuando estés curada regresa a informarme, mientras tanto, todas tus comidas las harás en la cocina. Tampoco compartirás la misma habitación con tu hermana Meztli, eres una enferma víctima de un hombre egoísta, así que no te quiero cerca de mí, ni de ella hasta que concluya tu curación. Mientras esto sucede, mantente alejada de mi vista…¿ entendido ?

Hawan susurró un doloroso sí, y en seguida abandonó los aposentos del vampiro, quien continuó leyendo absorto la poesía de Federico García Lorca.

23 Hawan ©Manuel Peñafiel

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A partir de que Meztli volvió al feudo del vampiro, éste se dedicó a instruirla conduciéndola por los caprichosos e imprevisibles senderos del placer. La joven aún no aceptaba plenamente entregarse a él, su virginidad aún estaba intacta, sin embargo, disfrutaba el denso escarceo que sucedía entre las sábanas de seda en la cama de su amante. Era ahí, entre los tersos pliegues, donde Leunam empleaba su boca para chupar y lamer a su cautiva. Los pezones de aquella precoz ninfa florecían cuando sentía la ávida lengua del vampiro trazar húmedos círculos alrededor de las aureolas de sus pechos.

Los dedos del vampiro acariciaban el terso pubis aún lampiño, igual que un concierto, el maestro tocaba un piano imaginario acariciando cada tecla dérmica, eran sonetos húmedos cuando el exaltado clítoris vibraba al unísono del jadeo femenino.

Durante el delicioso trance, la muchacha hurgaba en la entrepierna del vampiro y su naturaleza femenina se complacía al palpar aquel miembro erecto y duro.

Fue después de un abundante orgasmo provocado por las caricias linguales del vampiro, que éste sabiendo de antemano la respuesta, inquirió:

¿ Te gusta cuando chupo tu hoyito ?

¡ Sí me encanta !, repuso la satisfecha hembrita.

Chupa mi pene, ahora tú, agregó el vampiro con un espeso susurro que se introdujo a los oídos femeninos; la voz de Leunam se introdujo por los tímpanos de Meztli, igual que una amañada sierpe.

Meztli abrió los ojos sorprendida, y sus facciones se tensaron con un ligero asomo de duda.

No tiene porque darte asco, prosiguió diciendo el vampiro. A mí no me desagrada besar y meter mi lengua en tu vagina. Saber que con esto te doy placer, me anima a continuar.

Pero es que…balbuceó ella.

Pero, es que ¿ qué ?, repuso él.

Nerviosa la muchacha acabó de decir:

¡ Es que yo nunca he visto eso que tienen los hombres entre las piernas !

Leunam lejos de exasperarse se sintió aún más excitado con los titubeos de su inexperta pupila, y animado por su inocencia, la animó a espiarlo abriéndose la bragueta.

La joven aún indecisa, bajó pausadamente el pantalón de su instructor sexual.

Debajo de los breves calzoncillos masculinos resaltaba la abultada erección.

Continúa, le indicó el vampiro.

La joven metió su mano al calzoncillo y palpó aquel trozo de carne caliente y rígido.

Leunam se sentía complacido con lo que estaba sucediendo, así que de estupendo humor le dijo:

¡ Saca del calzón eso que estás tocando, estoy seguro de que en el futuro tú y él serán muy buenos amigos !

La chica obedeció, y tomando al pene entre sus manos lo descubrió totalmente, sus ojos se clavaron en aquella porción de viril anatomía. No podía quitarle la vista de encima, para ella ese tronco de cálida carne significaba una criatura viva llena de pujanza con su piel hinchada llena de alimentadas venas que culminaban en una redonda cabeza que parecía guiñarle su único y pícaro ojo con que estaba dotada.

A Meztli le agradó su aspecto traviesamente terso, aquel pene estaba muy alejado de las habladurías que había escuchado acerca de " eso " que les cuelga a los hombres. El falo que ella estaba manipulando le produjo simpatía, pues era una criatura con vida propia que respondía silenciosamente a sus curiosas caricias, provocando éstas que aumentara aún más su tamaño; su aspecto inspiró en la inexperta mente de Meztli la sensación de tener a su disposición una mascota obedientemente tierna y vivaracha.

Leunam observando el arrobamiento con que la ninfa inspeccionaba su miembro viril, aprovechó la proximidad del rostro femenino para sugerirle:

Dale un besito.

La muchacha viró el rostro para encontrarse con los ojos del vampiro.

¡ Dáselo !, la animó él.

Ella volvió a lo que estaba haciendo, y sin cesar en sus caricias se acercó para depositar un apresurado beso.

Leunam sonrió, ahora mételo en tu boca.

La hembra respingó al escucharlo, sin embargo, esta vez no volteó a mirar el rostro del vampiro. Su vista permaneció clavada en aquel trofeo de caliente carne, el cual ella había sido capaz de hacerlo crecer, ahora lo sentía de su propiedad, pues lo sentía palpitar entre sus dedos respondiendo a cada yema de sus dedos.

Meztli entornó los ojos, sus abundantes pestañas se cerraron, no así su boca que al abrirse completamente engulló aquel ser vivo, ese pene que se tensó aún más, semejante a un asta de bandera ondeando el triunfo de anhelada victoria en un territorio virgen conquistado. Leunam sintió aquellos trémulos y húmedos labios envolver su inflamado glande; la muchacha no solamente le estaba provocando indecible placer al succionarlo, sino que su lengua jugueteaba alrededor de la cabeza, la cual por su anchura empujaba sus mejillas. Esta vez fue ella, quien pícaramente elevó su mirada hasta encontrarse con la del vampiro, cuyo falo apenas le cabía en su boquita.

¿ Te está gustando ?, ella inquirió coquetamente.

¡ Mucho ! jadeó Leunam.

La muchacha sintió entonces en su boca un delgado líquido, y curiosa dejó de hacer lo que estaba haciendo para sorprendida presenciar como emergían del único ojo del pene algunas gotitas blanquecinas.

Leunam al notar el azoro de la joven, le dijo suavemente:

Eso que ves son lagrimitas de agradecimiento, tu nuevo amigo está conmovido por la ricura con que lo estás tratando.

¿ Si continúo chupando saldrá más de esta agüita ?, complacida preguntó la joven.

Lo que sigue será más espeso, respondió el vampiro, sus palabras estaban roncas de ansiedad.

¡ Quiero probarlo !, exclamó Meztli.

Fue entonces que Leunam vibró.

Con casi infantiles chupetes, Meztli mamó la verga hasta que un torrente de vivo nácar inundó su boca, y la perlada secreción escurrió hacia afuera por las comisuras de su boca.

Meztli no se sorprendió al ver el cuerpo del vampiro contorsionarse, tampoco se inquietó cuando Leunam dejó escapar un rugido de placer. Comprendió aquello, pues ella misma había experimentado algo similar cada vez que él le proporcionaba las delicias del sexo oral.

A su mente volvió ese cosquilleo, la vibración casi eléctrica que se experimenta durante el orgasmo.

En aquel momento, Meztli sintió una repentina hambre por experimentar lo mismo, y con su propia mano palpó su despierto clítoris, mientras con la otra permaneció acariciando el lubricado pene, hasta que en ella y Leunam el sopor tomó el lugar que antes había ocupado la flagrante calentura, entregándose ambos a la mejor siesta, aquella que disfrutan los amantes satisfechamente abrazados.

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Durante los sucesivos días, mientras para Meztli el placer inundaba su cuerpo junto con su mente; para Hawan el padecimiento de su enfermedad no la dejaba existir tranquila. Temerosa e insegura no se había atrevido a presentarse en el consultorio de la ginecóloga, ignorando que el cáncer uterino le sería fatal, pero no fue dicha enfermedad la que la mató, sino que Hawan al empezar a sufrir las avanzadas consecuencias del Papilomavirus desesperada buscó la pistola que alguna vez le vio a Leunam guardar en un cajón, fue así que dirigiendo el arma contra su cabeza la disparó logrando un rápido suicidio.

Meztli cayó en la depresión por la pérdida de su hermana Hawan.

Sin embargo, durante semanas, Leunam se esmeró en hacerle recuperar la alegría a su frágil cautiva y ganarse finalmente su voluntad; por las noches aquella ninfa se abría cual húmedo clavel. Ella solía acudir a los aposentos del vampiro con cualquier pretexto, y él intuía que aquella frágil criatura deseaba sucumbir finalmente ante sus embistes, sin importarle que llegasen a ser violentos.

En cierta ocasión, de manera tímida Meztli se acercó a donde yacía el vampiro, él la atrajo con la mirada, posando sus brillantes ojos en aquel suculento cuerpo escasamente cubierto por un delgado camisón. Meztli sintió un cosquilleo en los pezones que se le pusieron erectos cuando Leunam acercó su boca, y su aliento de agujas tibias se introdujo por los pliegues dérmicos de su tórax que subía y bajaba con acelerada respiración, mientras la lengua de Leunam relamía las corolas.

De pronto, el vampiro apresó uno de los pezones entre sus dientes y lo jaló con fuerza, Meztli gimió con aquel dolor que se tornó carmesí cuando los hilillos de sangre brotaron. Ella sentía como aquel vampiro injerto de felino y demonio azucarado, masticaba sus sangrantes pezones convirtiéndolos en crudas golosinas de carne virginal. Las manos de Leunam se dedicaron entonces a hurgar entre las piernas de Meztli, subiendo por los muslos llegaron sus dedos al escaso vello que rodeaba la íntima hendidura femenina; el dedo mayor del vampiro igual que ágil serpiente se introdujo entre los húmedos; pliegues de la vulva, Meztli sintió que sus intimidades se derretían en pulsaciones deliciosas, entonces, Leunam metió su cabeza entre los muslos de Meztli, y con su lengua dibujó caligrafía usando su saliva esparcida en estrofas de lujuria.

Meztli se dejó caer sobre el lecho, con listones de seda y cuerdas de lino Leunam ató aquellos femeninos tobillos a los postes de la cama, e impúdicamente abrió completamente a la exquisita joven; a Meztli le dolían sus muñecas también atadas a los barrotes del lecho, sin embargo, pero sus quejidos lejos de inhibir a Leunam, lo animaron a buscar la vela más ancha que pudo encontrar entre los candelabros de plata dispuestos sobre los muebles de su alcoba.

Levantando la vela encendida, Leunam emitió una plegaria, la cual, sonó a la grava del mármol desprendido tras un deslave, era en efecto, un conjuro, él era capaz de recitar las estrofas del dogma subterráneo, él sabía los sonetos escritos por los amos de la lujuria ancestral, Leunam sabía como llevar a cabo la liturgia de la carne liberada, la cascada de los apetitos, la absoluta comunión con el placer.

Aquel cirio con su llama de volátil azafrán lo introdujo por la vagina de Meztli, el fuego provocó que su incipiente vello púbico se retorciera al quemarse, la lumbre sucumbió con la liquidez orgásmica de la muchacha, ella complacida recibió aquella profanación apretando los dientes, y mordiendo las sábanas para sofocar el dolor revuelto con la marea que levanta ése tornado personal que conlleva el orgasmo anhelado, la muchacha se dejó arrastrar satisfecha y moribunda hacia las profundidades irrepetibles de un océano que siempre sería distinto entre los brazos del obscuro vampiro.

Meztli súbitamente comprendió que Leunam sería su amo, un ente emergido de la sensual penumbra, donde palpitan aquellas lunas que ella sí se atrevería a mirar; la ninfa supo que su virginidad había sido sacrificada, sin embargo, aquello le complacía, en el futuro ya no habría apretado himen, o cualquier obstáculo que le impidiera recibir el erecto falo de su inmortal amante.

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25 Hawan ©Manuel Peñafiel

Sin embargo, para Leunam era necesario copular con Meztli para rejuvenecerse, pero aquel ritual orgásmico realizado con el cirio había resultado demasiado violento y doloroso para aquella frágil mujercita.

Fueron muchas las noches en que ella cortésmente lo rechazó cuando él intentaba introducirse en ella. Para el vampiro los días estaban contados, necesitaba la entrega voluntaria de aquella dulce criatura, y él bien sabía que tomarla por la fuerza sería contraproducente en la búsqueda de su elixir carnal, con el cual él se había mantenido existente durante incontables siglos.

El día llegó en que finalmente Leunam ya no tuvo fuerzas para emerger de su ataúd, fue una soleada mañana cuando Meztli abrió por curiosidad la tapa, y su grito fue tan estridente que el extinto vampiro lo escuchó en ultratumba. Ella quedó azorada al observar los vestigios de Leunam dentro de aquel fétido féretro, ya no era él, de su vigoroso mentor carnal y cultural, solo quedaban los vestigios de un cadáver en proceso de espontánea momificación.

Meztli lloró durante tanto tiempo, que su ánimo por vivir escapó en lágrimas con facetas de heridos diamantes, la soledad sin Leunam fue demasiado dolorosa, aquella ninfa emocionalmente desahuciada buscó la navaja libre con la cual su amante solía afeitarse, sin dudarlo, se abrió las venas de los antebrazos, y sentada pacientemente frente a su tocador aguardó a que la vida fluyera hacia fuera; mientras ella con la vista nublada por la debilidad releía los párrafos que había escrito Leunam en una carta póstuma para despedirse.

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© Manuel Peñafiel | Archivo: 26-97.

©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.

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