18 LA REGRESIÓN

© Manuel Peñafiel, Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.

12/13/202516 min read

Durante las últimas visitas al psicólogo, le dije que cuando realizaba mis descargas emocionales surgían ocasiones en que sentía la necesidad de ponerme de pie para moverme en forma enérgica y rítmica; me sentía cohibido con él, pues mi necesidad corporal era emprender algo parecido a una danza primitiva. El comprensivo psicólogo no se inmutó, en forma serena respondió que la próxima vez que durante una de mis descargas yo sintiese aquel deseo, sencillamente permitiera a mi cuerpo moverse a su propio antojo.

En la siguiente durante la consulta le hablé acerca de los miedos que acosaban a mi personalidad. Tales como inseguridad, miedo al futuro y a la muerte. Me recosté para hacer hiperventilación y provocar catarsis.

Esta vez permití a mi persona conducirse libremente, con los ojos cerrados me puse de pie sin dejar de hiperventilar.

En voz alta repetía: Miedo sal de mí.

Levantaba mis brazos sacudiéndome enérgicamente, deseando que la aprensión saliera. Era como si mi cuerpo estuviese impregnado de temor, y al sacudir los brazos dicho sentimiento saliese despedido por las puntas de los dedos en gotas de fluido energético. Mientras llevaba a cabo tales movimientos frenéticos, golpeaba con mis pies el piso alfombrado del consultorio.

El pie derecho llevaba un ritmo, mientras el izquierdo golpeaba fuertemente a contratiempo. Mi pierna izquierda era el conducto por donde fluía hacia fuera el miedo. Mi voz llenaba la habitación. De mi boca salían sonidos acompasados. Tribales. Casi cánticos. La transpiración me cubrió. Después de varios minutos, las cansadas piernas ya no me sostuvieron. Caí sobre el mullido colchón del consultorio. Aún con los ojos cerrados esperé a recobrar el aliento.

El terapeuta dijo que permaneciera recostado. Me preguntó por qué había hecho tal cosa, moverme de esa manera rítmica y acompasada. Sin titubear, le respondí que eso solíamos hacer en la tribu.

1 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

El psicólogo me preguntó: ¿ Tú y quiénes más hacían esto ? Dime dónde.

Respondí: Mis amigos, hermanos y yo bailábamos de esta manera cuando viví con ellos en un tórrida región. En ese momento acudió a mi mente África. Abrí los ojos asustado. Sentí deseos de llorar, le pregunté al psicólogo de qué se trataba todo aquello que yo intuía.

Él me indicó que permaneciera recostado y que continuara pensando en aquellas sensaciones. Traté de tranquilizarme, busqué internarme en dicha experiencia. De nuevo llegó a la mente mi propia imagen. Me encontraba de pie sobre una montaña, abajo a cientos de metros podía contemplar la sabana. El sitio era sumamente agradable. El viento acariciaba mi desnudo cuerpo que estaba cubierto únicamente por un breve taparrabo. Con mi mano izquierda sujetaba una larga y afilada lanza. Era yo un muchacho de raza negra de aproximadamente dieciocho años.

Sorprendido abrí los ojos. Ansiosamente le pregunté al terapeuta si todo aquello se trataba de mi imaginación, o ¿ por qué razón habían surgido estas imágenes mentales junto con la necesidad de bailar tribalmente ?

El psicólogo no respondió. Sin embargo, al despedirnos dijo que meditara en mi casa lo sucedido ese día en el consultorio, y que la semana próxima continuaríamos.

2 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

Ansioso e insatisfecho subí a mi automóvil. Esa noche quise averiguar más. Buscaba explicaciones, pero el cansancio me vencía somnolientamente. Una plácida y certera sensación permanecía en mí, aquel joven contemplando la sabana era yo en otro tiempo. Cuando el sueño casi me hacia dormir, llegó a mi oído el sonido Buru. Reconocí mi nombre.

* * * * * * * * * *

Las tareas cotidianas ocuparon los días, olvidé todo por completo hasta encontrarme de nuevo en el consultorio del psicólogo Lorenzo Martín Chapa, donde nos dispusimos a descargar mi cobardía hacia la muerte. Esta vez completamente desinhibido dejé que mi cuerpo se moviera libremente en rítmica danza. Levantaba mis brazos, los sacudía con las manos sueltas y luego los dejaba caer a los costados. Las piernas golpeaban el piso. El miedo se vaciaba por el lado izquierdo de mi cuerpo escurriendo por el pie.

Tomé uno de los largos cojines que se encontraban en el cuarto de terapia. En mi catarsis este cojín representó a la muerte. La jalé por su angulosa quijada. La sacudí enérgicamente tratando de desmembrar su huesudo propósito. A su rostro vociferé que me dejara en paz. Le dije claramente que no pensaba morir, sino hasta anciano. Le ordené su propio aniquilamiento y que no viniera hasta cuando yo la llamara. Con furia la golpeé por martirizarme con su acechanza. Estrangulé su flaco cuello. Monté sobre ella para violarla con mi rabia.

3 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

4 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

Te has llevado a mucha gente querida le escupí a la muerte, te odio por esto, le grité. Te detesto, flaca asquerosa. Red de hueso rancio. Matadora de la vida. Monté al cojín y deshice sus frías tripas. La muerte atemorizada me había escuchado. Obedecía. Se fugó fuera de mi existencia.

Después de esta prolongada descarga, caí exhausto. Permanecí con los ojos cerrados hasta recuperar mi respiración. El psicólogo me preguntó en qué estaba yo pensando. Esta vez, sin angustia y con naturalidad le respondí que aquello que hice con el cojín era lo que hacíamos en mi tribu cuando algún percance torturaba nuestra paz mental. Le dije que este procedimiento de transferir angustias a un objeto destructible tal y como lo había hecho con aquel cojín lo había aprendido de los abuelos ancianos de la tribu, quienes para el ritual se pintaban el rostro de blanco. Mujeres y hombres bailábamos frenéticamente. Los cuerpos sudorosos liberaban las atrocidades mentales que mastican la paz humana. Ésta y muchas otras cosas sabíamos hacer en África. No me sentí ridículo al hablar de esto.

* * * * * * * * * *

5 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

En una de aquellas sesiones, el psicólogo me preguntó si había algo en particular que desease trabajar. Le respondí que tenía un sentimiento de pérdida, pero no sabía que era.

Entonces me dijo que me recostara para hiperventilar. Después de hacerlo por varios minutos, a mi mente llegó la imagen de la vida. Grité su nombre. Repitiéndolo en el llanto. Pero detrás de su nombre había otro sonido que me empujaba, engendrándose fonéticamente. Sentía qué en el pasado, yo había perdido a alguien muy importante. Volví a gritar. Seguidamente de mi boca salió entre sollozos el sonido K’jita.

Alcé los brazos y rugí: No me la quiten. No se lleven mi existencia. Por favor no nos separen. Se los ruego.

Lágrimas y flemas me ahogaban. Mi cuerpo se retorcía en dolorosas convulsiones. Sentía nauseas y furia. No podía respirar. Me incorporé para escupir. Sequé las lágrimas de mis ojos. Me recosté a descansar, necesité varios minutos. Le dije al médico que ahora recordaba, y seguido de esto me dirigí a mi casa para escribir el retorno mental que yo había experimentado, el cual reproduzco a continuación.

* * * * * * * * * * * * *

6 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

Hace mucho tiempo, cuando la planicie era cuna de matorrales libres, vivía ahí un muchacho llamado Buru. Corría, pero no siempre cazaba la jugosa carne. Cuando el sol se ponía oblicuo, Buru regresaba a la aldea donde relataba a sus incrédulos amigos, aquellas imaginarias aventuras que a él le gustaría vivir en la polvorienta sabana.

Buru aquel joven cazador y K’jita se gustaban. Bajo el sol su amor comenzó a cocerse, primero blando como la tierra amasada que se usa para empalizar las chozas, luego el calor consolidó el sentimiento de Buru poniéndolo erecto igual a punta de lanza buscando desflorar la vida.

Durante los festejos del octavo mes, toda la aldea bailaba en jubiloso frenesí, sin embargo, K’jita y Buru lo hacían en arrullo íntimo. La risa de K’jita era tan amplia que al escucharla Buru se perdía en el sonido de una plegaria a los dioses.

K’jita era fuerte, sus dientes impecables formaban hilera de luces cuadraditas, su dentadura no estaba chueca, pues nunca masticó la hierba tingue, a diferencia de otras muchachas que al masticar esta golosina vegetal, el bagazo dejado entre sus dientes perjudicaba su apariencia.

Una tarde del onceavo mes, los ancianos de la aldea se dirigieron a Buru. Dijeron que el momento había llegado para convertirme en hombre. Ya no iría tras pequeñas presas de cacería, sino mi deber era abatir al apetito grande. Tendría que buscar, hallar y matar al iracundo león que diezmaba el ganado de la tribu.

Buru aceptó el reto, sabiendo que si volvía exitoso, sería ya guerrero ante los viejos del clan a quienes pediría el consentimiento para vivir en la misma choza con K’jita.

Aquella noche Buru no se despidió de ella, era de mal agüero ver hembra en la víspera de batalla o cacería.

7 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

En silenciosa madrugada partió Buru. Los días de rastreo se escurrieron calurosos y sedientos. Su agotado cuerpo se encorvaba igual a un fatigado bambú, aún así, continuó detrás del rastro del poderoso enemigo melenudo que corre a cuatro patas. Siguió la pista hasta que la presa cayó con la certera lanza. Lo primero que hizo Buru fue abrir cuidadosamente el aún palpitante vientre del felino, de ahí sació su sed bebiendo los líquidos acumulados entre las entrañas. La carne le sirvió para darle fuerza durante el regreso al villorio, y sobre sus hombros echó la curtida piel de aquel furibundo león, la cual seríaindudable prueba de su juvenil hazaña.

A su vuelta, la gente de la aldea lo recibió austeramente, las personas esquivaban su mirada ocultando algo. Buru pensó que esto se debía a la costumbre que prohibía recibir ruidosamente al cazador novato, hasta que los ojos críticos de los expertos cazadores veteranos examinaran la presa, y aprobaran la calidad del selvático botín. Si éste era aceptado, entonces las mujeres maduras prepararían los festejos durante los cuales se bailaba la coreografía representando la persecución y muerte del demonio afelpado.

Mientras se hacían dichos arreglos, el cazador novato tenía que permanecer dentro de su choza. Y si al caer la luz del día se escuchaban los tambores, significaba el preámbulo para el festejo colectivo celebrando su proeza.

En efecto, las pieles tensas de tambores hicieron trepidar la tierna noche. Dentro de su choza Buru engarzó los aretes a sus orejas que se alegraron con tal sonido. Con el delgado pincel hecho con las plumas de un búho blanco se maquilló el rostro cuidadosamente; delineando elipses blancas en su frente a las cuales rellenó con el azul del plumbago, sobre las mejillas trazó amarillos triángulos junto con una libélula simbolizando el perfecto equilibrio del ancho e insondable universo. Al cuello se anudó el amuleto de hueso que su madre Eéner le había obsequiado aquella noche en que la luna sangraba anunciando su prematura muerte. Empuñó la lanza que había sido de su padre Odracir, y así galanamente ataviado, Buru salió para reunirse con los demás alrededor de la brillante hoguera.

Con los cánticos, los hombres comenzaron a danzar seguidos por las mujeres, quienes desnudas de los torsos movían rítmicamente sus afiebrados pechos. Los instrumentos de percusión incitaban a los concurrentes a frotar entre sí sus brillantes cuerpos, emanando así la lubricación de aquellas ninfas de caoba.

8 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

La inquieta mirada de Buru se empolvaba con el golpe de los pies sobre la tierra impidiéndole encontrar entre las doncellas a K’jita; aquella noche el cazador iniciado tendría el derecho de escoger entre las solteras a su apetecida esposa.

Conforme los rituales avanzaban, crecía la ansiedad de Buru al no hallar a la compañera de sus juegos infantiles, cuando se divertían lanzando piedras sin razón alguna, y solían escuchar a la plateada lechuza que solamente los enamorados eran capaces de percibir furtivamente. K’jita había cambiado de traviesa niña con raspadas rodillas a mujer de anchos hombros, profunda voz y mirada dominante sobre las colinas de sus pechos anidados de salud.

Entre el bullicio de las danzas Buru miró al cielo comprendiendo que no tenía porque inquietarse, el plenilunio le avisaba que K’jita sencillamente se hallaría indispuesta, mientras el astro teñía de rojo sus íntimos rincones. Buru sintió alivio, había sido inútil preocuparse al no haber visto a K’jita entre las demás jóvenes.

Más tranquilo, se acercó a los viejos y esperó permiso para hablar:

Respetables ancianos, comenzó diciendo. Buru el torpe cazador, de corta memoria, holgazán y presuntuoso tiene hoy el atrevimiento de pedirles su consentimiento para que él y K’jita, la del nombre que significa “ Ojos del color de las gacelas que pastan a lo lejos ”, puedan unir sus vidas bajo una choza nueva.

9 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

Los viejos guardaron silencio por algunos momentos hasta que uno habló pausadamente:

Buru, joven responsable. Conocemos tus virtudes que son más grandes que tu holgazanería. No tienes corta memoria, sencillamente solo recuerdas las cosas importantes. El anciano se detuvo para aclarar la voz con un sorbo de licor de cereal fermentado, y continuó diciendo:

La tribu te está agradecida por haber eliminado al animal de grande apetito que robaba el ganado de la aldea. Tu faena nos demuestra que ya puedes ser considerado un hombre, y por lo tanto, un guerrero. Sabemos que Buru y K’jita crecieron juntos con amorosas miradas enlazadas igual a la paja con que están tejidas las canastas. Supieron aguardar el momento adecuado hasta que sus sentimientos crecieron igual al alto pastizal de donde se alimenta el antílope.

Aquellas palabras del anciano Buru las dejó de escuchar al venir a su mente la imagen de K’jita, en cuyos ojos se reflejaba la pastura en llamas por donde las gacelas corrían despavoridas. Los leños de la hoguera crujieron, minúsculas chispas se elevaron borrando la imagen de K’jita. De nuevo Buru prestó atención a la perorata del anciano, quien fatigado le cedió la palabra a otro que continuó declarando:

Buru, valiente cazador, siempre has demostrado interés por el bien de la aldea.

Ante tanto preámbulo, el joven ya se encontraba nerviosamente agitado. Rara vez los ancianos hablaban tanto, por lo general, después de breves formalidades se concedía el permiso de matrimonio a una pareja.

10 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

Buru no resistió más, interrumpiendo al viejo exclamó:

¡ Disculpe señor !, ¿ acaso existe algún problema ?

El anciano miró fijamente al joven, su mirada no era enérgica, sino compasiva. Le habló como quien le responde a un pez arrancado del arroyo, obligado a sufrir por la asfixia estéril de su destino.

El viejo en una seca sentencia escupió:

¡ Hemos canjeado a K’jita !

Buru sintió que sus latidos subían hasta ahorcar el sonido de sus tímpanos. Su cuerpo se tensó en agitado acecho al momento que sus manos apretaron su puntiaguda lanza. Algunos hombres ya prevenidos de antemano, se acercaron por si el guerrero acometía su furia sobre los ancianos, quienes se incorporaron previniendo tal reacción.

Buru aulló, su dolor opacó el vocerío de los concurrentes y danzantes.

¡ Quiero a K’jita !, gritó apuntando con su lanza.

Los robustos hombres detuvieron al muchacho que temblaba con la cólera envenenando su cuerpo entero.

El tercer anciano que hasta ese momento había permanecido en silencio, habló, tan quedo que Buru, tuvo que mirarlo de soslayo.

¿ Acaso no viste las piezas de ganado acorraladas a la entrada de la villa?

Sí las vi, respondió Buru, tragando tanta rabia que ya le abría los intestinos.

11 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

El viejo susurró:

Nuestra aldea es pobre, constantemente azotada por el hambre. Mientras estuviste todos esos soles tras tu presa aquel león, la sequía mató a nuestros rebaños, se marchitaban las legumbres, los secos pechos de las hembras no eran capaces de amamantar a sus criaturas que dormían para siempre en silencio. Moría la hierba y la caza emigró buscando agua, no había que comer, los sepulcros fueron tantos que la tierra era macabra colmena perforada con costillas rotas, y rellenada con pellejos de aquellos errantes moribundos; hambruna y sed revueltas en delirio nos flagelaron a todos. Fue entonces, que desesperados le pedimos ayuda al cacique rico de la tribu de Tankala.

Y como suele hacerlo aquel engreído soberano, de nueva cuenta nos respondió lo mismo con su habitual humillante ironía:

Estáis en deuda con mi comarca desde que mi bisabuelo gobernaba. La deuda es tan alta como los montes donde se procrean los gorilas. No me interesa ayudarlos, a menos que me entreguen algún valor a cambio.

Los ancianos deliberamos profundamente después de la audiencia con el tirano de Tankala. Y llegamos a la conclusión de que en nuestra raquítica aldea, la única gema era la inmaculada belleza de K’jita, así que las mujeres la bañaron en el río, vistiéronla con la túnica que ella misma había hilado en su telar para el día de su boda contigo Buru, y perfumada con lágrimas de colibrí, así la entregamos al cacique obeso de Tankala, a cambio de cabezas de búfalo africano, costales de cereal, esclavos para perforar algún pozo, junto con algunas cuantas odres con licor.

12 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

Al escuchar esto, Buru sintió al áspero polvo en su garganta, e imaginó que así sería el sabor de la muerte cuando los cadáveres aún no lo son plenamente, y las moscas ya borran los últimos recuerdos de su vida.

Los hombrones que inmovilizaban a Buru no lo soltaron, cuando el muchacho comenzó a hablar:

Me alegro de que la tribu ya no padezca hambre gracias a la enorme fortaleza de una joven llamada K’jita. Yo mismo traeré el forraje necesario para alimentar al ganado, y que los dioses nos bendigan con la fresca leche de esas ubres.

En aquel momento, Buru se sacudió de aquellos brazos que lo sujetaban, los reunidos ahí se alarmaron cuando el joven alzó la lanza, sin embargo, no lo hizo con la intención de asesinar a alguien, aquel muchacho de vigoroso temperamento la rompió contra su muslo; la herencia de su padre Odracir quedó astillada, quieta para siempre, enseguida arrancó de su cuello el bello pectoral de amuletos de hueso que su madre Eéner le había obsequiado antes de morir.

Buru con admirable dignidad hizo una reverencia ante los ancianos de la tribu. La gente lo observó alejarse caminando erguido.

Cuando estuvo lejos, muy lejos de la aldea, abrió la boca el dolor emergió silbante y filoso de la exasperación, gimiendo salieron de su espíritu espinas empapadas con llanto y trozos de su propia lengua mordida para no hablar más.

A Buru jamás lo abandonó aquel sabor muerto dentro de su boca.

Cazaba con enojo, y cuando la imagen de K’jita en los brazos del obeso cacique de Tankala llegaba a su mente, alcanzaba a la presa herida para despanzurrarla con sus propias manos, levantando contra el cielo sus brazos escurriendo ira escarlata.

Y conforme los años transcurrieron, la gente bien sabía que Buru era quien depositaba aquellos animales muertos a la entrada de la aldea con el propósito de que el hambre no obligara a sus habitantes a sacrificar el amor de otra pareja con el fin de canjear a la doncella por comida.

13 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

Buru el viejo cazador mudo vivió muchos años prefiriendo vivir a la intemperie, sigilosamente caminando durante el día, cuidando de que el viento no delatara su presencia para no asustar a las gacelas que pastaban, y así poder observarlas recordando entonces el color de los ojos de K’jita.

LA REGRESIÓN回帰

マヌエル・ペニャフィエル作 甲佐瑞穂訳

最近のカウンセラーとのセッションで、私は自分の内面の動きについて話し始めた。心の奥深くで渦巻く感情が、時折、身体を強くリズミカルに動かしたいという衝動を呼び起こすことを告白した。まるで、何か原始的な踊りに身を委ねたくなるような、抑えきれない欲求が湧き上がるのだ。しかし、彼の前では、その欲求を表現することにためらいを感じていた。

カウンセラーは、私の言葉を受け止め、微笑みながら言った。「次にそのような衝動を感じたときは、思い切って体を動かしてみてください。自然なままに、あなたの身体が求めるように任せてみるのです。」その言葉は、私の心の中に一筋の光をもたらした。

次のセッションで、私は自分自身にまとわりつく恐怖について語った。未来への不安、死への恐怖、そして自分の存在そのものに対する恐れ。重たい空気が部屋を包む中、私はそれらの感情をさらけ出した。カタルシスを求め、横になって過呼吸法を試みることにした。息を深く吸い込み、そして吐き出す。

今回は、自分を解放し、自由に身を委ねる決意をした。目を閉じ、過呼吸を続けながらゆっくりと立ち上がった。周囲の静けさの中、私の心の中に潜む恐怖に向かって声を張り上げた。

「恐怖よ、私から出ていけ!」その言葉は、深い内面から湧き上がり、部屋の空気を震わせた。

腕を力強く振り回し、恐怖が私の体から抜け出すことを願った。まるで、体全体がその恐怖に染み込んでいるかのように感じられた。腕を振るたびに、その感情がエネルギーの粒となって指先から飛び出していくのだ。私の動きは狂おしく、無意識のうちにカーペットの敷かれた床を足で叩きつけていた。

右足は一定のリズムを刻み、左足はそれとは逆に強く床を打ちつけていた。左足は、恐怖が体外へと流れ出す導管、あるいは排出口となっているかのようだった。私の声は部屋いっぱいに響き渡り、口から漏れ出す音は調子を合わせ、まるで原始の歌のように、詠唱するかのように響いていた。全身を覆う汗が、その激しい動きと高まりを物語る。

数分が経つにつれ、疲れ果てた足は次第に私を支えきれなくなり、ついにはカーペットの敷かれた床に倒れ込んでしまった。目を閉じたまま、息を整えるまで静かに横たわり、心の奥深くに感じる解放感に浸っていた。

カウンセラーは私にそのまま横たわるように告げ、なぜあのようにリズムに乗って動いたのか尋ねてきた。ためらうことなく、私は答えた。「それが私たちの部族のやり方だったからです。」その言葉は、私の過去と向き合う鍵のように感じられた。

カウンセラーが私に尋ねた。「君と誰がこれをやっていたのか? どこで?」その問いが私の心を刺激した。

私は静かに答えた。「友人や兄弟たちと、あの暑い地域で彼らと一緒にこうして踊っていました。」その瞬間、アフリカの風景が私の心に浮かび上がった。目を開けた瞬間、恐怖が込み上げてきた。涙がこみ上げ、カウンセラーに向かって「これは一体どういうことなのですか?」と問いかけた。

彼は私にそのまま横たわっているよう指示し、引き続きその感覚を考えるように言った。心を落ち着かせ、私はその体験に深く入り込もうと試みた。再び、私の心に鮮明な映像が浮かび上がった。

私は山の頂に立っていた。眼下には、数百メートル先に広がるサバンナが見渡せる。そこは非常に心地よく、穏やかな風が私の裸の体を撫でていた。身にまとっているのはわずかな腰布だけで、左手には長く鋭い槍をしっかりと握っていた。私はおよそ18歳ほどの黒人の少年として、自然の中に生きる自分を感じていた。

驚いて目を開け、カウンセラーに不安げに尋ねた。

「これはただの想像なのでしょうか?なぜこのような映像が現れ、部族の踊りを踊りたくなる衝動が出てきたのでしょうか?」

心理学者は答えず、ただ静かに私を見つめていた。しかし、別れ際に彼は穏やかな声で言った。

「今日の出来事を家でじっくり考えてみてください。来週、また続けましょう。」その言葉が心に残り、私は焦りと満たされない気持ちを抱えたまま車に乗り込んだ。

その夜、私はもっと知りたいという衝動に駆られ、答えを求めて思考を巡らせたが、疲労が私を眠気へと引き込んでいった。穏やかで確かな感覚が私の中に残り、あのサバンナを見つめる少年が、別の時代の自分であるという確信が心の奥底に根付いていた。

ほとんど眠りに落ちそうになったその時、耳元で「ブル」という音が響いた。それが私の名前であることに気づき、驚きと共に目が覚めた。何か大切なことが呼びかけられているような気がして、心がざわついた。

* * * * * * * * * *

日々の雑事に追われ、その出来事をすっかり忘れてしまっていた。再びカウンセラーのロレンソ・マルティン・チャパの診療室に足を運ぶと、私たちはまた、死に対する自分の臆病さを解放することに取り組むことになった。

今回は完全に遠慮なく、体をリズムに任せて自由に踊ることにした。腕を高く上げ、手を緩めて振り、そして両脇に落とした。足は力強く床を打ちつけ、まるで恐怖が体の左側を通り抜けて、足元から流れ出ていくかのようだった。身体が音楽のビートに合わせて動き、心の奥深くに潜む恐れが解き放たれていくのを感じる。

私はセラピー部屋にあった長いクッションの一つを手に取り、その瞬間、そのクッションが私にとって「死」を象徴していることに気づいた。角ばった顎をつかみ、まるで骨のような意図を引き裂くかのように、激しく揺さぶった。顔に向かって叫んだ。「私を放っておいてくれ!」心の底から湧き上がる声で、「私は老いるまで死ぬつもりはない」とはっきりと言い放った。勝手に消え失せるように命じ、私を苦しめる死の影に向かって怒りをぶつけた。

クッションを抱え、私はその上にまたがり、死を凌辱するかのような感情に駆られた。怒りが私の体を突き動かし、痩せた首を絞め上げながら叫んだ。「お前は多くの愛する人々を奪っていった、だから憎んでいるんだ!」その言葉と共に、死に向かって唾を吐きかけた。「嫌いだ、醜い痩せさらばえた骨の塊め。生命の殺し屋め!」私の声は部屋中に響き渡った。

長い感情の解放の後、私は疲れ果てて倒れ込み、呼吸が整うまで目を閉じたままでいた。カウンセラーが静かに尋ねた。「今、何を考えていたのですか?」今回は焦りもなく、自然に答えた。

「クッションで行ったことは、私たちの部族が心の平和を脅かす災厄に苦しむときに行っていたことです。」

その言葉が自分の中で深く響き、私は続けた。このようにクッションに苦痛を移す方法を、部族の長老たちから学んだと話した。彼らは儀式のために顔を白く塗り、男性と女性が狂ったように踊ったのだ。汗をかいた体が、精神的な苦痛を解放することで人間の平和を取り戻すために。

「これらやその他の多くのことは、私たちがアフリカで行っていたことです。」その瞬間、私の心には恥ずかしさはまったくなかった。むしろ、誇りのような感情が胸を満たしていた。過去の伝統が、今の自分を形作っているのだと感じながら、私はその思いを大切に抱えていた。

その後のセッションで、カウンセラーが静かに尋ねた。「特に取り組みたいことはありますか?」私は少し戸惑いながら答えた。

「喪失感があるのですが、何を失ったのかはわかりません。」

彼は優しく頷き、「横になって過呼吸をしてみてください」と指示した。私は数分間、深く呼吸をし続けた。そのうち、私の心に「命」というイメージが浮かんできた。その名前を叫び、涙を流しながら繰り返した。しかし、その名前の背後には、私を押し出すような別の音があった。音が次第に形を成していくのを感じながら、過去に私が非常に大切な誰かを失ったという思いが、再び私の胸を締め付けていく。

もう一度叫び、嗚咽を交えながら「カジタ」という音が口からこぼれた。その名前は、私の心の奥深くに埋もれていた感情の解放を促していた。腕を上げて吠えた。「私から奪わないでくれ! 私の存在を持っていかないでください。どうか私たちを引き離さないで。お願いです!」

その叫びは、過去の痛みを呼び起こしながらも、同時に強く生きようとする意志を表していた。私は心の奥から湧き上がる感情と向き合い、何かを取り戻そうとしていた。

涙と痰が喉を詰まらせ、体は痛みを伴う痙攣を繰り返していた。吐き気と怒りが押し寄せ、呼吸がままならない。私はついに起き上がり、苦しみを吐き出した。目から溢れる涙を拭い、横になって休むことにした。数分間、静かに心を落ち着ける必要があった。

その後、私はカウンセラーに向かって告げた。「今、思い出しました。」心の奥にしまい込んでいた記憶が鮮明に浮かび上がってきたのだ。帰宅してから、体験した精神の回帰について書くことに決めた。それは、私の心が求めていた解放と再生の記録だった。

* * * * * * * * * * * * *

昔、草原が風に揺れる茂みの揺りかごだった頃、一人の少年ブルが住んでいた。彼は毎日、太陽の光を浴びながら走り回り、狩りに挑んでいた。しかし、いつも肉の獲物を手に入れるわけではなかった。日が傾く頃、ブルは村に戻り、仲間たちに信じられない冒険の話を語った。それは、彼が埃っぽいサバンナで経験したいと願う空想の物語だった。

ブルは若き狩人であり、カジタという美しい少女に心を奪われていた。お互いに惹かれ合っていた彼らの愛は、太陽の下で燃え上がり最初は小麦粉のように柔らかく、住居を組み立てるために使われる土のようだった。しかし、太陽の熱によってブルの感情は固まっていき、槍の先端のように鋭くまっすぐに立ち上がり、彼の心には人生の花を咲かせたいという強い願望が芽生えていった。

村全体が八ヶ月目の祭りで喜びに満ちて踊る中、カジタとブルは親密な囁きの中で踊っていた。カジタの笑い声は明るく響き、それを聞くたびにブルは神々への祈りの音に身を任せていた。カジタはたくましく、彼女の歯は完璧に並んでいて、小さな四角い光の列のようだった。他の少女たちが噛む「ティング」という草が原因で、歯に残った繊維が見た目を損ねることもなくその存在感を際立たせていた。

十一ヶ月目のある午後、村の長老たちがブルに近づいた。彼らは、ブルが男になる時が来たと告げ、もう小さな獲物を狩ることはやめ、大きな獲物に挑むべきだと教えた。彼は部族の家畜を襲う怒れるライオンを探し出し、仕留めなければならない運命にあった。

ブルはその挑戦を受け入れた。成功して戻ってこれれば、村の長老たちの前で戦士と認められ、カジタと一緒に住む許可を得ることができると知っていた。

その夜、ブルはカジタに別れを告げなかった。狩りの前に女性に会うことは不吉とされていたからだ。

静かな夜明け、ブルは出発した。追跡の日々は、暑さと渇きに満ちて流れ去り、疲れ切った体はまるでしなびた竹のように曲がった。それでも彼は四つ足で走るたてがみを持つ強敵の痕跡を追い続けた。ついに彼は獲物を仕留め、その一撃で獲物は倒れた。ブルは、まだ脈打つ獣の腹を慎重に開き、内臓の間に溜まっていた液体を飲み、渇きを癒した。肉は、村に戻るための力を与えてくれた。そして、彼はその激怒したライオンの硬い皮を肩にかけ、若き狩人の偉業の証明として胸を張った。

村に戻ると、村人たちは彼を控えめに迎えた。人々は目をそらし、何かを隠しているようだった。ブルはこれが、新人の狩人を騒がしく迎えることを禁じる習慣によるものだと考えた。まずは熟練した狩人たちが、森で得た戦利品の質を吟味し、承認しなければならないからだ。もしそれが受け入れられれば、年配の女性たちが祭りの準備を始め、狩猟と悪魔のような獣の死を描いた踊りが披露されることになっていた。

その準備が行われている間、ブルは自分の小屋に留まらなければならなかった。日が暮れ、太鼓の音が聞こえてくれば、それは彼の功績を祝う集団の宴の前触れを意味していた。

実際、太鼓の張り詰めた皮は穏やかな夜を震わせた。自分の小屋の中で、ブルは耳に飾りをつけ、その音に喜びを感じた。彼は白いフクロウの羽根で作った細い筆を使い、丁寧に顔を化粧した。額には白い楕円を描き、青いプランバゴの色でそれを埋めた。頬には、広大で深淵な宇宙の完璧なバランスを象徴する黄色の三角形を描いた。彼は首に、母エーネルからもらった骨のお守りを結びつけた。それは、月が赤く染まった夜、彼女の早すぎる死が訪れた時に贈られたものであった。ブルは、父オドラシルのものであった槍を手に取り、その姿で村の明るい焚き火の周りに集まる仲間たちのもとへと向かった。

歌声と共に男たちは踊り始め、続いて、上半身裸の女性たちが熱にうなされるようにリズミカルに胸を震わせて踊りに加わった。打楽器は参加者たちを互いにこすり合わせ、その艶やかな体から、まるで滑らかに潤滑されたかのように踊る、マホガニーの精霊たちの輝きを放たせた。

ブルの落ち着かない目は、地面に足が打ち付けられる音でかき消され足元で舞い上がる土ぼこりで曇り、乙女たちの中からカジタを見つけることができなかった。その夜、狩人として認められたブルは、独身女性の中から妻を選ぶ権利があった。儀式が進むにつれて、幼少期からの遊び仲間であるカジタを見つけられないことで、ブルの不安は募った。彼らは無意味に石を投げ合い、ただ楽しむだけの遊びをしていた頃、恋人たちにしか聞こえない銀色のフクロウの鳴き声を聞いたものであった。カジタは、擦り傷だらけの膝のやんちゃな少女から、広い肩、深い声と支配的な眼差しを持ち、健康的な乳房の丘を支える健康的で堂々とした女性へと成長していた。

踊りの喧騒の中でブルは空を見上げ、心配する必要がないことを悟った。満月で星が赤く染める彼女の内面を映し出しカジタがただ月経のために参加できないことをブルは理解した。彼はほっとし、カジタが他の若い女性たちの中にいないことを心配する必要はなかったと気づいた。

心が落ち着いたブルは、長老たちのもとへ歩み寄り、話す許可を求めた。

「尊敬すべき長老たちよ」とブルは話し始めた。

「不器用な狩人ブルは、物覚えも悪く、怠け者で、自惚れ屋ですが、今日はカジタとともに新しい小屋の下で生きる許しを願い出る勇気を持ってまいりました。カジタとは、遠くで草を食むガゼルの目の色を持つ者のことです。」

長老たちはしばらく沈黙を保ち、一人がゆっくりと話し始めた。

「ブルよ、責任ある若者よ。お前の怠け癖よりも、我々はお前の美徳を知っている。お前は記憶が悪いのではなく、重要なことだけを覚えているのだ。」その長老は、声を澄ますために発酵した穀物の酒を一口飲み、続けて言った。

「お前が大食いの獣を倒し、村の家畜を守ったことに感謝している。その行為は、すでにお前が一人前の男であり、戦士であることを証明している。」長老の言葉は、温かくも重々しい響きを持って、周囲に集まった人々の耳に届いていた。「ブルとカジタは、お互いの目を見つめ合い、その視線には愛情が宿っていた。まるで籠を編む藁のように、その絆は少しずつ育まれてきたのだ。人々はその愛が、草原に高く伸びる草のように成長してきたことを知っている。」

ブルは、長老の言葉を耳にしながらも、彼の心はカジタの姿に囚われていた。彼女の目には、燃え盛る草地を駆け抜けるガゼルの恐怖が映っているように思えた。焚き火の薪がパチパチと音を立て、細かな火の粉が舞い上がり、その幻想はふっと消えた。ブルは再び長老の言葉に耳を傾けようとしたが、その長老は疲れ果てた様子で、別の長老に話を引き継いだ。

「ブルよ、勇敢な狩人よ。お前は常に村のために尽力してきた。」

その言葉が続く中、ブルは次第に神経質になっていった。普段、結婚の許可は短い儀式の後にすぐ与えられるものであり、彼はその流れを待っていた。しかし、長老たちの長い前置きは、なかなか終わる気配を見せなかった。もう耐えられず、ブルは長老を遮って叫んだ。

「申し訳ありませんが、何か問題があるのでしょうか?」

その瞬間、長老はじっとブルを見つめた。その視線は厳しくなく、むしろ哀れみを帯びていた。彼は、まるで流れから引き上げられ、無駄な苦しみに耐えている魚に語りかけるかのように、穏やかに言った。

「カジタを交換したのだ!」

その言葉が響いた瞬間、ブルの鼓動は急激に高まり、耳の中の音が消えたかのように感じた。体は緊張し、手は鋭い槍を握りしめた。すでに準備していた男たちが、ブルが長老たちに怒りをぶつけるのを防ぐために近づいてきた。長老たちもまた、その反応を予測して立ち上がった。

「カジタを返せ!」と叫ぶブルの声は、周囲の踊り手たちや見物人たちの声をかき消すほどの痛みを帯びていた。屈強な男たちは、彼を取り押さえた。ブルの体は怒りに震え、毒のようにその感情が巡っていた。

沈黙を守っていた三人目の長老が、低い声で話し始めた。ブルはその声に耳を傾けるために、ちらりと長老を見やった。

「村の入り口に群がっていた牛の群れを見なかったのか?」

ブルは怒りを飲み込んで、腸が痛むほどにそれを抑えながら答えた。「見たよ。」

長「我々の村は貧しい。常に飢えに苦しめられている。お前があのライオンを追い続けていた間、干ばつが我々の家畜を殺し、野菜は枯れ、女性たちの乾いた乳房は赤ん坊に乳を与えることができず、その赤ん坊たちは永遠に眠りについた。草は枯れ、獲物は水を求めて移動し、食べるものがなかった。死者が増えすぎて、土は割れた肋骨で穴だらけになり、飢えと渇きに狂った死体が地面を埋め尽くした。絶望の中、我々はタンカラ族の富める首長に助けを求めたのだ。」

「だが、あのうぬぼれた暴君は、いつもの皮肉な口調で返してきた。『お前たちは私の曾祖父の時代から私の領土に借りがある。その借金は、ゴリラが繁殖する山々と同じくらい高い。助ける気などない。何か価値のあるものを差し出さない限りはな。』」

長老はさらに続けた。「我々はタンカラの暴君との会談後、深く議論した。そして、このやせ細った村に残された唯一の宝石は、カジタの無垢な美しさだという結論に達した。だから、女性たちは彼女を川で洗い清め、彼女自身が結婚のために織った衣を着せ、ハチドリの涙で香りをつけて、肥満したタンカラの首長に引き渡した。それと引き換えに、アフリカバッファローの頭、穀物の袋、井戸を掘る奴隷、そしていくつかの酒樽を手に入れたのだ。」

これを聞いたブルは、喉に乾いた土が詰まるような感覚に襲われた。それは、まだ完全に死んでいない死体の味に似ているだろうと彼は感じ、ハエが命の最後の記憶を消し去るのを想像した。

ブルを押さえつけていた男たちは彼を放さずにいたが、ブルは静かに話し始めた。

「カジタという若い娘の強さのおかげで、村が飢えから救われたことを嬉しく思う。私が自ら飼料を集め、家畜を養うことを約束する。そして、神々がその乳房から新鮮なミルクをもたらしてくれるように祈る。」

その瞬間、ブルは彼を押さえつけていた腕から身を振り解いた。周囲の人々は、彼が槍を振り上げるのを見て一瞬緊張したが、彼は誰かを殺すつもりはなかった。激しい感情に満ちた若者は、その槍を自分の膝に打ち付けて折り、父オドラシルの遺産であったそれは永遠に砕け散った。そして、彼は母エーネルが死の前に贈った美しい骨のアミュレットを首から引きちぎった。

ブルは見事な威厳をもって、部族の長老たちに一礼した。村の人々は、彼が堂々と歩いて去っていく姿を静かに見守った。遠く、さらに遠く村から離れた場所で、ブルは口を開いた。その口から出たのは、鋭く高い音とともに吐き出された苛立ちの音だった。彼の魂からは、泣きながら出てきた棘や、自らの言葉を抑えるために噛み砕いた舌の一部が飛び出した。

ブルの口には、決して消えることのない死んだ味が残った。彼は怒りを抱いて狩りをし、カジタがタンカラの肥満した首長の腕の中にいる姿が頭に浮かぶたびに、傷つけた獲物に追いつき、素手でそれを引き裂いた。そして、怒りに濡れた両腕を空に向けて掲げた。

時が経つにつれて、人々はよく知っていた。村の入り口に置かれた動物の死骸は、飢えが別の愛する者を犠牲にし、食べ物と引き換えに乙女を捧げることを防ぐために、ブルが意図的に狩っていたものだと。

老いた狩人ブルは、口を閉ざしたまま長く生きた。野外での生活を好み、昼間は静かに歩き、風が彼の存在を知らせないように注意を払い、ガゼルが草を食む姿を静かに見つめた。そして、彼の心には常に、カジタの瞳の色が浮かび上がっていた。

De izquierda a derecha:

15 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

16 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

17 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

18 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

19 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

20 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

21 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

22 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

23 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

24 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

25 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

26 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

27 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

28 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

29 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

30 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

31 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

32 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

33 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

34 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

35 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

36 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

37 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

38 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

39 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

40 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

41 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

42 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

43 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

44 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

45 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

46 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

47 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

48 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

49 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

50 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

51 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

52 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

53 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

54 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

55 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

56 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

57 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

58 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

59 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

60 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

61 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

62 Kenia, 1989 ©Manuel Peñafiel

©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.

El contenido literario y fotográfico de esta publicación está protegido por los Derechos de Autor, las Leyes de Propiedad Literaria y Leyes de Propiedad Intelectual, sin embargo, puede ser reproducido con fines didáctico - culturales mencionando el nombre de su autor Manuel Peñafiel y sus créditos por las fotografías; queda prohibido utilizarlo con fines de lucro. This publication is protected by Copyright, Literary Property Laws and Intellectual Property Laws. It can only be used for didactic and cultural purposes mentioning Manuel Peñafiel as the author and his credits for the photographs. It is strictly prohibited to use it for lucrative purposes.