15 PEYOTL DEL DESIERTO
© Manuel Peñafiel, Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
12/13/202516 min read


Endeblemente conservado por resistentes y escasos sobrevivientes, Real de 14 es un fantasmal y raquítico pueblo, antaño importante centro minero explotado por los depredadores ibéricos que invadieron México en el siglo 16 traídos por el genocida encumbrado Hernán Cortés. Hace décadas al agotarse los minerales, la gente emigró con los bolsillos vacíos y la esperanza desgastada, abandonando sus hogares que permanecieron ahí con los tejados desprendidos por la cruel pobreza. Las desnudas bardas y paredes semejan el esqueleto arcaico de gigantesco animal insólito perecido en tétrica agonía. En el cementerio yacen irredentos de justicia, los restos de indígenas que obligados por el látigo de los tiranos españoles hallaron la muerte bajo los derrumbes de las minas, o fallecieron carcomidos por la anemia y las enfermedades. El dueño del mesón a donde llegué, al enterarse de que pretendía acampar en el desierto, me recomendó cuidarme de las serpientes. Son muy grandes me previno. La mente es impredecible archivo; al escucharlo hablar, recordé a una sirvienta que trabajaba en casa de mis abuelos maternos cuando yo era niño, la vieja sin duda gozaba atemorizándome; Zenaida relataba siseando entre desdentada mandíbula que en su tierra natal Michoacán las sierpes se acercan olfateando el jacal donde alguna madre amamanta al crío, sigilosamente dentro, el reptil se endereza mirándola obstinadamente para hipnotizarla prendiéndose al pezón disponible, la mujer sumida en abismal trance afloja los brazos dejando caer al bebé, cuyo llanto logra despertarla; al ver alejarse al satisfecho reptil con rastros de leche en el hocico, horrorizada comprende lo sucedido. Algunos bebés mueren con el golpe, otros fallecen de hambre, a muchas se les secan los pechos con el susto, concluía narrándome aquella mujer obscura. Ahuyenté aquellos mórbidos relatos para continuar charlando con el propietario del mesón, quien me informó que para hallar la plantita que yo buscaba, sería imposible llegar conduciendo mi camioneta, se ofreció a cuidar de mi vehículo, mientras yo continuaría a pie.
1 Real de 14, San Luis Potosí, México ©Manuel Peñafiel


2 Manuel Peñafiel en un cementerio del desierto Fotografía de Manuel Peñafiel
El trayecto fue áspero, era necesario constante esfuerzo para no resbalar sobre aquellas agudas piedras limadas por las centurias. Conforme me introducía al desierto, el silencio parecía aplastarme. Me sentía diminuto en medio de aquellas montañas erosionadas, altas como mis temores. Hirsutos arbustos sobre la ardiente grava se alzaban retándome a continuar. El cielo era azur añil intenso, impecablemente inmisericorde, carente de vapor en su semblante, egoísta para prodigar alguna reconfortante sombra. Arribé a un deprimente caserío. Todo estaba cubierto de polvo, las casas, los magueyes, los perros, los rebozos de las mujeres, y los sombreros de los hombres. En un diminuto estanquillo pedí cerveza obscura, el hombre tras el mostrador me extendió una botella al tiempo, me dijo que no la bebiera fría para evitar los retortijones, de todos modos aquí no hay refrigeradores, agregó. Pensé que se burlaba al reconocer mi facha de inexperto citadino, sin embargo, hablaba con buena intención; afuera el calor masticaba a la monotonía. Algunos niños se acercaron curioseándome sin el menor recato. Mirando la mochila colgada a mi espalda, uno de ellos preguntó: ¿ Qué tanto carga ahí ?. Tones para los preguntones, respondí. Sus amigos jocosamente se retorcieron en chimuelas carcajadas. Con un susurro, le pregunté al hombre tras el mostrador, si acaso conocía a alguien que me vendiera peyotito. Después de una propina, accedió a darme discretamente las señas para hallar determinada casucha, a la cual hallé siguiendo una callejuela tan angosta como las posibilidades de progreso en mi México. Los transeúntes que pasaban a mi lado eran marchitas figuras de reseca resignación, desprovistos de humanidad, prematuros residuos carentes de vida en sus entrañas. Los individuos portaban sombreros ajados por el aburrimiento, las mujeres carecían de mirada, sus rostros eran de piedra piel frustrada, andaban con una mano sujetando ya fuera a un escuálido hijo desnudo de la cintura para abajo, o llevando del brazo una canasta de granulada desilusión, sin excepción, todas ellas se tapaban la nariz con su rebozo para no aspirar la tierra levantada por el impertinente vientecillo.


3 Manuel Peñafiel preparando su campamento en el desierto
Regresé trayendo mi preciado botín dentro de un morral; le extendí arrugado dinero de papel al dueño de la tienda para que me vendiera cigarrillos y tequila, refunfuñó diciéndome que el billete era grande y no tenía cambio, respondí que lo sustituyera por golosinas para los chiquillos, aguardé hasta que se ajustó la cuenta, ellos me acompañaron un buen trecho, el grito de una mujer llamando a uno de ellos, los obligó a volver de carrera al pueblo. Anduve lo suficiente para alejarme de aquella aldea de raquíticas ilusiones. Al llegar al cauce seco de un río, decidí ahí mismo acampar. El paraje era inhóspito, dormiría sobre las nada hospitalarias piedras, así que con el machete corté algunas ramas para confeccionar un rústico colchón debajo de la tienda de campaña. Las piernas me dolían por la ardua caminata. Abrí algunas latas de comida, no tenía apetito, pero era conveniente cenar algo. Salí de la tienda para mirar con beneplácito la recompensa que había obtenido, ahí dentro me aguardaban aquellos misteriosos objetos redondos y verdes. Esas son las cabezas del péyotl, dijo una voz, dirigiéndose expresamente a mí, el temor apretó con su garra a mi estómago, la piel se me erizó. ¿ Quién eres tú ?, le pregunté a un niño aparecido de la nada, su aspecto era endeble, pensé que era alguno de los muchachitos que había encontrado en la miscelánea del pueblo que había quedado atrás; pero no era así, seguro no representa amenaza alguna, me dije a mí mismo, pero....¿ y si viene acompañado de alguien más para robarme ?. No tenga miedo, contestó leyendo mis pensamientos, o simplemente mi rostro acentuado por el creprcúsculo delató mi desconfianza. Aquel labrador, cantero, pastorcillo o lo que fuera, me sorprendió al desenfundar un afilado cuchillo demasiado grande para alguien de su edad, y sin decir palabra extendió la mano en ademán para que yo le diera los peyotin, los cuales con pericia partió en gajos. Tienes que masticarlos, cuidándote de no espinarte. Ahora él me tuteaba, con la actitud de alguien que se dirige a inexperto novato. Es como mascar caña de azúcar, luego arrojas el bagazo, solo que está muy lejos de parecerse al sabroso dulzor, me advirtió sonriendo. Tomé el peyote, se veía inofensivo, lo introduje a mi boca y apreté los dientes, sus jugos salieron en diminuta avalancha dispuesta a amonestarme por el atrevimiento de haberlo mordido. El sabor fue tan violento que estuve tentado a escupirlo. Era amargo igual a la cobardía no aceptada, sin embargo, también era nauseabundamente dulzón como el desprecio disimulado. Con esfuerzo tragué a mi castigada saliva. Deposité su piel en mi mano y la arrojé a su origen, el péyotl es carne del desierto. Aquel niño estaba muy pendiente de mí, preguntó si apetecía agua. Negué con la cabeza. Miré a las cuatro retadoras cabezas de peyote que aún quedaban por ingerir, según la dosis asignada por aquel espontáneamente etéreo guía indígena. Una a una, pausadamente las mastiqué, luchando contra las náuseas que me producía su fornido sabor. Para evitar el vómito, aspira hondo, no seas coyón, me amonestó el inesperado visitante. Me vinieron ganas de orinar, al hacerlo temí que las piedras mojadas se disgustaran conmigo, estaba hondamente consciente de la noble Naturaleza que durante siglos ha mimando con bondades a los seres humanos, apáticos e ingratos. Tuve la sensación de ser rechazado por aquel lugar que me sofocaba con ígneo silencio. El estómago lo tenía revuelto. El viento comenzó a escucharse metálico, igual a navajas de arrepentimientos. Miré al desierto que estaba iluminado por la Luna. Caminé arrastrando los pies, luciérnagas de plata me deleitaron con su irrepetible coreografía; me aproximéa las voces del silencio, escuché ladridos entre los planetas, el vuelo del sollozo despeinó a mis cabellos, los códices del consuelo se borraron sin respuesta.


4 Manuel Peñafiel autor y documentalista experimentando los poderes del péyotl
¿ Estás bien ?, inquirió aquel niño de espuma arcaica. No hubo necesidad de responder, nuestras miradas se cruzaron, los dos desciframos en ellas, lo mucho que amábamos a los laberintos de la introspección. Nuestros pensamientos estuvieron ligados por un instante, durante el cual, nos dijimos muchas cosas en idioma sin diccionario para los intrusos. Sentimos el vacío dejado por nuestros fallecidos padres, pero nos reconfortamos al sabernos amigos de la desnuda reflexión, aquella que evitan los que no se atreven a contabilizar los yerros y aciertos cometidos en esta caricatura llamada existencia. Sentí ganas de jugar con mi gran compañerito, quise preguntarle si traía canicas, un yo-yo, o algún trompo de caracol y oro, pero comprendí que él estaba desprovisto de cualquier rastro de ingenua infancia, me recordé a mí mismo, empapado por el amargo caudal de un hogar resquebrajado, llegaron a la memoria mis solitarias caminatas por el patio del kindergarten, incapaz de socializar con aquellos condiscípulos que se entretenían tan fácilmente dentro de un cajón de arena construyendo absurdos montoncitos, pensé en los parientes diluidos en la muchedumbre, ninguno fue prominente, me hubiese gustado convivir con algún personaje consanguíneo y aprender de él; hipócritas evasores de comprobados crímenes la mayoría de mis familiares se arrodillan ante el Vaticano, nauseabundo escondrijo de sacerdotes violadores de niños. El precio de la creatividad es rumiar la individualidad, atenazándola con decididos dientes, tal y como lo había hecho con el estupendo cacto. Intenté decirle a mi camarada: ¡ Oye, tú y yo tenemos algo en común ! Las circunstancias nos envejecieron prematuramente, sin oportunidad para jugar, la pobreza te obligó a trabajar, y mis tardes infantiles fueron secuestradas por maestras y profesorcillos holgazanes, agobiándome con densas tareas escolares después de clases para resanar su negligencia pedagógica en el aula, el catecismo católico me sembró insomnio con sus infernales amenazas, aún así, no nos marchitaron, y con el tiempo nos transfiguramos en niños otra vez, flores de roca perfumada. Pero, cuando me disponía a darle las gracias a aquel peculiar infante anciano, no fue posible detener su silueta alejándose hasta perderse en la irresoluta incógnita. Continué caminando en la noche sin temor a extraviarme, sabía que si regresaba por aquel cauce encontraría mi campamento. El tiempo se deslizó sin darme cuenta, el frío me obligó a volver. Me introduje a la bolsa de dormir, al subir la cremallera tuve la sensación de estar embalsamándome. La espesa obscuridad era violada por el insolente rebuznar de necios burros en la lejanía, pensé que tendrían revuelto en el pelambre diabólico azufre junto con escamas de perversidad eclesiástica, en mi mente volaron sardinas de arena raspando la garganta de mi juventud, que aún no había llorado lo suficiente para descargar pesares, luego vino el miedo a no morir completamente, la paranoia de ser devorado por los propios pensamientos. La ansiedad machacó los momentos, antes de soñar con iracundos gatos amarillos. Aquella noche en el desierto no dormí bien. Mis ojos se inundaron con ultrajantes fantasías. Me debilité como la espina que se pincha a si misma. Escuché peregrinaciones aborígenes portando marchitas flores con pétalos de lija y piedra pomez. Me arrastré entre arrecifes de preguntas, aspirando conclusiones en sarcófago volátil, mastiqué temores hasta comprender que aquel que no intenta explorar, será inerme larva aplastada bajo la suela de la oportunidad perdida. A la mañana siguiente, la tienda de campaña me parió desnudo, aquella agreste inmensidad desértica golpeó mi ánimo. Sentí necesidad de retornar a la Ciudad de México. Volví al caserío donde estaba el estanquillo para preguntar si por ahí pasaba algún camión de pasajeros, carecía de la energía para volver andando a Real de 14. El dueño se encontraba acomodando cajas con botellas de licor, el alcoholismo es una adicción nacional; sin voltear, exclamó: ¡ Veo que la plantita no lo trató bien !


El confianzudo sujeto lanzó eso tan inesperadamente, que me avergoncé ante los demás clientes de aquel tendajón. No es eso, titubeé al responder: Sucede que dejé asuntos pendientes. Los hombres que bebían cerveza me miraron por el rabillo del ojo. Sabían que yo mentía, pero no hablaron; a esos rudos hombres que más les daba, si el péyotl había asustado a un frágil citadino con guardarropa limpio aguardándolo al llegar a su departamento. Transcurrió un instante para que de nuevo el desierto hiciera su llamado, fue algo indescriptible, los ahí presentes quedaron fuera de mi paisaje personal, ningún sonido escuchaban mis oídos, solamente un zumbido emanando un definitivo Sí, era una larga afirmación encrespada, igual a la cordillera que nos cruza dentro a todos los seres humanos, y que pocos se atreven a escalar. Volví al jacal donde antes había adquirido las cabezas de péyotl, al salir de ahí, me percaté que tampoco aquella vez el vendedor me había mostrado el rostro, no era que lo ocultara, lo que hacía no era ilegal, diversas etnias emplean el péyotl en sus ceremonias religiosas, sin embargo, cobré consciencia de que entre él y yo no había surgido diálogo alguno, ni siquiera recordaba que me hubiera indicado el precio, al salir de aquella casucha noté su apariencia deshabitada, toqué a la puerta para cerciorarme, pero fui ignorado, en aquellos parajes existen seres a los que uno no está habituado. De vuelta al sitio donde el día anterior había acampado, aguardé el crepúsculo para engullir al poderoso péyotl, esta vez, su sabor no me tomó desprevenido. De todos modos, tuve que contener la náusea, el malestar fue desapareciendo. Permanecí charlando con la Luna, su ancha luminosidad proyectaba sombras que me hicieron compañía, con las manos comencé a formar siluetas de animales sobre el suelo, jugando adivinanzas para ver si algún aparecido atinaba lo que eran. Reí mucho comiendo barras de chocolate. Al tercer día, resucité de entre los muertos pensamientos. A la puesta del sol, ingerí péyotl otra atrevida vez, sus efectos me ayudaron a reconciliarme con aquel lugar que ya no me resultaba hostil, platiqué en susurros trasnochados con los sonidos juveniles de un búho que nunca se dejó ver. Mi cuerpo me invitó a caminar.
4 Cabezas de péyotl sobre el sombrero del documentalista y escritor Manuel Peñafiel


5 Péyotl del desierto Fotografía de Manuel Peñafiel
El desierto despedía intrigantes resonancias. De las montañas provenían cánticos surgidos de grutas con pétreos intestinos. Me separé de las ideas. Caminé solo. Al andar, las cabezas del péyotl que había guardado se movieron dentro de mi pantalón, en ese momento pensé en ellas con afecto. Quise recapacitar acerca de mis emociones, no había duda, lo que experimentaba por aquellas cactáceas era cariño. Metí la mano al bolsillo para palparlas, me sentí acompañado. En el seco lecho del río, las piedras boludas iluminadas por el reflejo lunar daban la impresión de que ahí se había desprendido un collar de enormes cuentas dispersas por los siglos. Mi vista se hizo flexible y sinuosa, capaz de recorrer los contornos del cauce ribereño. Las pupilas dilatadas recorrieron aquel sendero durante miles de kilómetros hasta llegar al mar. Mis ojos bajaron a titánicas cavernas submarinas donde el océano inscribió los códices de la Vida. Mis zapatos escurrían cuando volví de las olas hacia la tienda de campaña, afuera dejé las mojadas huellas de un niño anfibio. Me sentí aprisionado, salí de nuevo al paseo nocturno. Aunque el terreno era pedregoso, mi andar era preciso y suave. Llegué a una hondonada, donde me detuve ante un montículo que daba la impresión de una tumba. Me recosté encima de ella. La dura grava se amoldó a mi cuerpo. La peregrinación avanzaba lentamente. Los cirios pestañeaban. Era mi sepelio. La noche se ampulaba con escalofríos. Sobre sus hombros llevaban el ataúd que se contoneaba en un susurro rasgado por las lágrimas. Los niños angustiados de mi mente por fin dormían. La ansiedad había quedado atrás. Mis erráticos pasos envueltos en seda blanca finalmente hallarían reposo. Con los ojos cerrados esperé a que la dulce tierra me cubriera. No había razón por la cual sentir temor. La muerte ya no me asustaba.


6 Autorretrato con peyote
La última noche después de exprimir mucho péyotl dentro de mi boca, deambulé por el desierto acompañado esta vez por toda clase de presencias, el destello lunar clareaba todo alrededor, se podían vislumbrar las siluetas y perfiles de los entes del oculto Universo; les rogué que no me impidieran el paso hacia los vericuetos de la reflexión. Los seres de humo y guiños sonrieron indescifrablemente haciéndose a un lado para que yo pudiera transitar espontáneamente, entonces me topé con un nopal marcado con los insultos de alguien que lo había rasgado con rencoroso punzón. El sitio despedía espeso odio, por lo que decidí alejarme. Después de largo trecho tuve deseos de descansar. Las piernas las sentía remisamente pesadas, dándome a entender: Camina sin nosotras, emplea los tentáculos del pensamiento. Me recosté otra vez sobre el suelo arenoso. Con los ojos cerrados permanecí sobre aquel lecho de guijarros, mientras conceptos abstractos recorrían los pensamientos. Mi intelecto, preguntó: ¿ Qué es el éxito en la vida ?. Seguido de esto, visualicé una valija, mentalmente la abrí, en su interior encontré otra idéntica, solo que de menor tamaño. Abrí la segunda maleta para encontrar de nuevo otra. Continué abriendo, hallando siempre otra de menor tamaño, hasta que obtuve una maletilla de ridículas dimensiones. ¿ Esto es el éxito ?, me dije. Algo que la mayoría de la gente anhela, y al momento de creer haber hallado lo buscado carece de valor, como aquel insignificante maletín sin la menor utilidad, sin lugar suficiente para guardar espejismos como el de la familia; muchas creen que la maternidad las hará sentirse plenas, pero en la mayoría de los casos, cuando los hijos abandonan el hogar los matrimonios que los engendraron se hallan hartos uno del otro. Muchas veces, éxito es sinónimo a fracaso, el empresario millonario es un fraude como padre, y aquellos hombres que no prosperaron económicamente por mal o bien atender a sus descendientes, reciben despectiva mueca por no haberlos provisto de mayor comodidad financiera. Las familias laberintos sin salida, escenografía social, maquillaje de risas entre sonoros brindis durante los fines de semana. Abrazos de fin de año con ganas de volver a casa.


7 Autorretrato con peyote
El peyote entró verde a mi metabolismo, no hubo combate, ni contradicción, soy de hierba buena y mármol, los jugos del cactus lubricaron aún más mi mecanismo humedecido con nubes de vainilla, sentí la grava encajándose a mi dermis, mudé de piel igual que un reptil reinando sobre la majestuosidad desértica, con las estrellas luminosas tejí una corbata que aún palpitaría sobre mi pecho a pesar de duelos y traiciones, hablé con el silencio; y sobre la desnuda tierra escribí con la punta del dedo mis propias ecuaciones para la supervivencia, compuse melodías sobre impalpable partitura, donde solamente los privilegiados logran leerlas para entonarlas, hace falta temple para alejarse del grotesco carnaval social, marionetas minusválidas, torpes focas desprovistas de vital oleaje.
La mente es horno similar al de una metalurgia, indispensable es introducirle combustible con nuestros cinco sentidos impecables, ningún vegetal, droga, licor o estimulante químico encierra magia alguna, nosotros somos libres hechiceros, solo se requiere pulir prodigiosa varita girando un torno lubricado con esperanzadas lágrimas.
Mis experiencias con el péyotl fueron de audaz pagano, aún así, se portó bondadoso conmigo. Este misterioso cacto fue venerado por nuestros antepasados indígenas aborígenes, de ninguna manera es una conexión divina, pero así lo creían ellos, en realidad, es nuestra mente humana la que comienza a rebosar espoleada por este fascinante cardo que amplía la capacidad sensorial y perceptiva, las ideas se hacen carne cruda, las cavilaciones muelas para devorarla, la introspección es tan profunda que algunos se asustan al mirarse dentro de ellos mismos.


El péyotl expande la grandeza cósmica que existe en el cerebro humano, no es ventana para ver o hablar con el inexistente gran espíritu o dioses imaginarios, tampoco es oráculo para adivinar el futuro, el péyotl es un detonador que estalla en luminiscencias inimaginables, es la cúspide desde la cual abalanzarse al vacío, y en riesgosas piruetas uno puede vislumbrar que la galaxia está dentro de nosotros mismos.
Los eventos aquí narrados, los atesoro con agradecimiento hacia mis paisanos indígenas impalpables, a quienes conocí mediante la lectura de su filosofía poética, sin estar ahí corpóreos, ellos derramaron cortesía hacia mí, tejiendo con murmullos aquel capullo protector en el riesgoso desierto azul donde no sufrí rasguño alguno, corrí con buena suerte, algunos en cambio, han quedado sepultados bajo derrumbe psicológico ocasionado por erosionada personalidad.
Fatigado para regresar a pie a Real de 14, opté por treparme a una destartalada camioneta de transporte que pasó por ahí; de vuelta en el mesón alquilé una habitación con urgencia por darme un baño, el agua caliente jamás salió de la oxidada regadera, aún así, bajo el chorro frío apresurado me deshice de mi caparazón de mugre aventurera. Al otro día, después de disfrutar de un copioso desayuno, conduje mi camioneta hasta mi natal Ciudad de México.
Todo esto sucedió en el año de 1979, hace más de cuatro décadas atrás, la experiencia permanece fresca, el discernimiento se robusteció. La tecnología ha alcanzado maravilloso desarrollo, sin embargo, el abuso al recurrir a ella ha idiotizado a millones de personas atrofiándoles la sensibilidad, el paisaje ya no es admirado, son pocos los que miran hacia las nubes, jamás perciben la brisa tímida, o escuchan a los pájaros trinar su derrotero en la madrugada. En el siglo 21, las mentes de incontables niños se violentan en los vericuetos bélicos de los videojuegos, y las tabletas digitalizadoras les han hurtado la imaginación; millones de personas no soportan estar a solas consigo mismas, necesitan pertenecer a la tribu de las redes sociales, ansiosamente contactan a los demás enviando intranscendentes comentarios con la redacción y ortografía de simios amaestrados; cuando observo en la mesa de algún restaurante al malencarado supuesto jefe de familia hurgando notificaciones en el teléfono móvil, mientras sus hijos sonríen con expresión bovina con los soeces mensajes enviados por amigos mediante el celular, y la madre permanece con malhumorado rictus bebiendo aperitivos para apaciguar su hastío; acude a mi mente aquella meditación en la cual apareció la minúscula maleta simbolizando " el éxito en la vida ", y entonces concluyo: Las familias maltrechos nidos colgando de carcomidas ramas en un bosque de disimulado fastidio cotidiano.
8 Autorretrato con peyote
Péyotl del Desierto 砂漠のペヨーテ
Péyotl del Desierto 砂漠のペヨーテ
わずかな生存者たちによって、かろうじて守られているリアル・デ・カトルセ。そこはまるで幽霊のように貧弱で、過去の栄光を引きずる死にゆく村だ。かつては鉱山の中心地として名を馳せたが、16世紀にメキシコを侵略したイベリア人、特にその名が恐怖と共に刻まれるエルナン・コルテスによって、血で汚された土地となった。
鉱物資源が枯渇し、人々は空っぽのポケットと擦り切れた希望を手に、村を去った。残された家々は貧困に呑まれ、屋根が崩れ、無情にも時間に放置されていた。裸の壁や倒れた塀は、まるで巨大で古びた動物の骨のように見え、そこに閉じ込められた痛みが語りかけてくる。
墓地には、スペインの暴君に鞭打たれ、鉱山の崩壊や貧血、病に倒れた先住民たちの遺骨が眠る。彼らは正義を得ることなく、大地に還っていった。
兄のエミリオは、夜を越えて車を走らせ、私をその地へと連れて行った。到着した宿の主人は、私たちが砂漠でキャンプをするつもりだと知ると、警告をくれた。「蛇に気をつけろ」と、目をじっと見つめながら言った。その言葉を聞いた瞬間、私は幼い頃、母方の祖父母の家で働いていた家政婦を思い出した。老女セナイダは、いつも私を怖がらせることを楽しんでいて、私をじっと見つめるその目に、どこか楽しそうな光を宿しながら話し始めた。
「ミチョアカンではね、蛇が母親の授乳の匂いを嗅ぎつけて、小屋に忍び込むんだよ。じっと見つめるその眼差しが、まるで催眠のように母親を引き寄せる。無意識に、母親は乳房を差し出してしまうんだ。そしてな、蛇はその乳を吸い始める。そうすると、母親は深いトランス状態に陥るんだよ。力が抜けて、赤ん坊を床に落としてしまう…」
セナイダの声が低く、陰鬱に響く。
「赤ん坊が泣き声を上げて、母親は目を覚ます。でもその時には、蛇はもう満足そうに口元にミルクの跡を残して去っていくんだ。そしてな、事態を理解した母親は恐怖に襲われるんだよ。赤ん坊は床に落ちて命を落とすこともあれば、飢えで死ぬこともある。母親はショックで乳が出なくなることもあるんだ…」
その話が脳裏に深く刻まれていたが、私は頭を振ってそれを追い払おうとした。宿の主人の声がそれに追い打ちをかけるように続いた。「目的の植物を探すには車では進めません。」そして、車を預かると言ってくれた。その言葉に、エミリオはすでに知っていることだったのだろう、ただ黙っていた。親切な宿主の助言を、静かに、そして礼儀正しく受け入れていたのだ。
道は険しかった。何世代にもわたって削られ、鋭くなった石に気をつけながら、足を運ばなければならなかった。砂漠の深くへ進むにつれ、空気が重く、静けさが私を圧倒し、心の奥で何かが押しつぶされそうになるのを感じた。風化した山々が私を囲み、その高さが私の恐怖を増すように感じられた。私は、自分の小ささに身をひるがえらせていた。
熱い砂利の上には、毛むくじゃらの低木が無言で立っており、私を次の一歩へと導こうとしているようだった。空は濃い藍色に染まり、冷酷なまでに澄み渡っていて、わずかな雲の欠片すら浮かぶことはなかった。空はまるで、私に慰めを与えることなど、微塵も考えていないかのようだった。冷徹な自己中心的な顔で、ただ広がるばかりだった。
私たちは、やがて一つの侘しい集落に辿り着いた。すべてが埃に覆われていた。家々、マゲイの植物、犬、女性たちのショール、男性たちの帽子までも、すべてが灰色に包まれていた。小さな雑貨屋に入り、黒ビールを注文すると、カウンター越しの男がボトルを差し出しながら、淡々とこう言った。「冷たいまま飲むと、腹を壊すぞ。」
そして、さらにこう付け加えた。「ここには冷蔵庫なんてないんだ。」
最初、私は彼が都会育ちの素人だと思い込んでいるのかと疑った。しかし、実際にはその言葉には善意が込められていたのだ。外では、暑さが空気を無情に噛み砕き、熱気の中で私は身を引き締めた。空気そのものが、まるで無機質な刃物のように私を切り裂くようだった。
数人の子どもたちが遠慮もなく近づき、私を好奇心いっぱいの目で見つめた。その瞳は何かを探しているようで、背中のリュックをじっと見つめ、うちの一人が無邪気に尋ねた。「そこには何が入ってるの?」
その質問に、私は少しの遊び心を込めて答えた。「質問好きにはトーンを入れてるんだよ。」
その言葉に、子どもたちは歯が抜けた口を広げて、無邪気に笑いながら転げ回った。私の返事が、彼らにとっては予期せぬ反応だったのだろう。その笑い声は、砂漠の暑さとは裏腹に、どこか心を温めるように響いた。
エミリオは、目立たぬように低い声で、カウンターの向こうの男に尋ねた。「ペヨーテ(麻薬のようなサボテン)を売ってくれる人を知らないか?」
少しのチップを渡すと、男はこっそりと、ひっそりとある家の場所を教えてくれた。その情報を頼りに、私たちは狭い路地を進んだ。その道は、私の心に重く残った、まるで蹂躙されて進歩の可能性すら狭まったメキシコそのもののように、細く、曲がりくねっていた。
すれ違う通行人たちの姿は、乾いた諦めにしおれ、もはや人間らしさを失っていた。彼らは、命の欠片すら持たない、早すぎた廃棄物のように見えた。男たちは退屈に晒されて傷んだ帽子をかぶり、女たちは目の輝きもなく、顔は石のように硬く、肌は深い挫折感に覆われていた。彼女たちは、一方の手で下半身裸の痩せ細った子どもを腰に抱え、もう一方の手で砂のような失望感を抱えたカゴを持っていた。どこもかしこも、彼らは例外なくショールで鼻を覆い、意地悪な風が巻き上げる土ぼこりを吸わないようにしていた。
その景色は、まるで希望を失った土地のすべてが、無慈悲にその姿を映し出しているかのようだった。
私たちは、貴重な戦利品を袋に入れ、店主に紙幣を差し出してタバコとメスカルを購入した。店主は少し不満そうに言った。「お釣りがない」と。その代わりに、私は子どもたち用のお菓子を買う提案をした。勘定が合うまで、しばらくの間、子どもたちは私たちの周りでじっとしていた。しかし、突如として村から響いた女性の叫び声が耳に届き、一人の子どもが駆け出した。すると、他の子どもたちも一斉に村へと戻っていった。
私たちは、みすぼらしい夢のような村から十分な距離を置き、干上がった川の跡にたどり着くと、そこでキャンプをすることに決めた。その場所は荒涼としており、石の上に寝るほかはなかった。マチェテのナイフで枝を切り、テントの下に敷く簡素な敷布団を作った。長い歩行で足は痛み、全身は疲労で重く感じられた。缶詰を開けて食事を摂ることにしたが、食欲はほとんど湧かなかった。それでも、何かを食べるべきだという義務感だけが、私を動かしていた。
エミリオはその夜、ペヨーテを平等に分けて、私に渡してくれた。私はテントを出て、その物体を手に取った。喜びと共に、私はその緑色で丸い、謎めいた物体をじっと見つめた。まるで秘密を内に秘めたようなその姿に、私の心は期待と不安で揺れていた。
「あれがペヨーテの頭だよ。」
その言葉が、夜の静けさを破るように響いた。恐怖が鉤爪のように胃を締めつけ、背筋に冷たいものが走る。私は思わずその声の方を振り返った。
「お前は誰だ?」
その声の主は、どこからともなく現れた少年だった。頼りなく見えるその姿は、村の雑貨屋で見かけた子どもたちの一人かと思ったが、どうやら違うらしい。夜の薄明かりの中、その少年の輪郭はぼやけていたが、目だけはどこか鋭く、私の心の奥を覗き込むようだった。
「きっと危険はないはずだ」と自分に言い聞かせたが、心の中で「もし仲間を連れてきて盗みに来たらどうしよう?」という疑念が消えなかった。
「心配しなくていいよ。」
少年はまるで私の心を読んだかのように答えた。その言葉に、私は少し安堵したものの、完全にはその不安を払拭できなかった。夕暮れ時の薄明かりが私の顔を照らし、緊張した表情が一層際立っていたのだろうか。
突然、その少年は大人の手にも大きすぎる鋭利なナイフを取り出し、無言で私に手を差し出した。ナイフを持った手のひらは、まるでそれが何かの儀式の一部であるかのように、冷徹で確固たる動きで私の目の前に現れた。
「ペヨーテを渡せ。」その仕草は、ただの要求ではなく、何か命令のようだった。
少年は器用にペヨーテを房状に切り分けながら、私に言った。「噛むんだ、でもトゲには気をつけてな。」
その言葉は、今度は私を「君」と呼ぶ声に変わっていた。まるで熟練者が弟子に教えるような、落ち着いた調子だった。
「サトウキビみたいに噛むんだ。それから繊維は吐き出せ。でも、甘くて美味いなんてことは全然ないけどな。」
少年はそう言いながら、私に微笑みかけた。その笑顔はどこか無邪気で、しかしどこか遠くを見つめるようなものだった。
私はペヨーテを手に取り、それが無害に見えるのを確かめてから口に入れ、歯で噛み砕いた。すると、そこからあふれ出した汁は、小さな滝のように流れ落ち、まるで私の挑戦を叱責しているかのようだった。その味はあまりに強烈で、吐き出したい衝動に駆られた。苦味は、受け入れがたい臆病さのように私の舌を刺し、同時に甘ったるさが混じっていた。それは、偽りの隠された軽蔑のように感じられた。唾液を何とか飲み込んで、私はペヨーテの皮を手のひらに取り、無造作に砂地に投げ捨てた。
ペヨーテは砂漠の肉なのだ。
少年はじっと私を見守りながら、「水が欲しいか?」と尋ねたが、私は首を振った。目の前には、まだ4つのペヨーテの頭が残っている。彼――突然現れた霊的な先導者、先住民の少年――が私に与えた分だった。
私はひとつひとつ、時間をかけて噛みしめていったが、その強烈な味に吐き気をこらえるのは、あまりにも困難だった。少年は、冷たく叱るように言った。「吐きたくなったら深呼吸しろ、弱虫になるなよ。」
しばらくして、尿意を感じ、私は砂漠の石に排尿した。しかしその瞬間、石が怒っているのではないかと恐れた。私は、この広大で崇高な自然が、長い年月にわたって人間に恵みを与え続けてきたことを、深く理解していたが、それに対して人間は無関心で恩知らずなのだ。
その場が私を拒絶しているような感覚に囚われた。砂漠全体が灼熱の静寂で私を包み込み、私の内側にかき乱すような渦を作っていた。胃の中では、ペヨーテが織り成す化学反応により、すでに激しい動揺が走っていた。風は、金属的な音を立て始め、それはまるで後悔の剃刀のように鋭く感じられた。
私は月明かりに照らされた砂漠をじっと見つめた。足を引きずるように歩くと、銀色の蛍がその比類なき舞を披露してくれた。耳を澄ませば、古代の山脈からの声が聞こえてくるようだった。惑星の間を通り過ぎる犬の遠吠えが響き渡り、嘆きの風が私の髪を乱した。慰めの書物はもう答えを示すことなく、無言で消え去った。
「大丈夫?」
古代の泡のような少年が静かに問いかけてきた。答える必要はなかった。私たちの視線が交差し、その瞬間に私たちがいかに内省の迷宮を愛しているかが互いに読み取れたからだ。言葉は不要で、私たちの思考は無言で結びつき、侵入者には理解できない、辞書にも載らない言葉で多くのことを語り合った。私たちは亡き両親が残した空虚さを共有し、それを補うかのように、裸の反省という名の慰めを求めた。それは、過去の失敗や成功を数える勇気がなく、避けるべきものとして扱われるような者たちには手が届かない場所にあった。
私はその寛大な少年と遊びたくなった。彼に「ビー玉を持ってる? ヨーヨーは? それとも金と巻貝のコマ?」と尋ねたかった。しかし、彼の目には、幼少期の無邪気さの痕跡さえも見当たらないことに気づいた。その瞳はどこか遠くを見つめているようで、空虚さが漂っていた。
そして、私は自分自身のことを思い出した。家庭の苦い崩壊の流れに浸されていた幼少期を。幼稚園の庭を一人で歩き回り、砂場でくだらない山を作って遊ぶクラスメートたちと打ち解けることができなかった自分を。親戚たちが群衆の中で溶け込んでいく様子を思い浮かべた。誰か血の繋がった人物と過ごし、何かを学びたかったが、その機会は一度も訪れなかった。多くの親族は偽善者であり、証明された罪を隠し、バチカン――児童虐待を行う聖職者たちの忌まわしい隠れ家――の前に跪いていた。
創造性の代償は孤独を噛み締め、それを鋭い歯で締め上げることだ。まさに私があの見事なサボテンでやったように。
私はその仲間に言おうとした。
「ねえ、君と私には共通点があるね。」
環境が私たちを早熟させ、遊ぶ機会を奪ったのだ。君は貧困のために働かなければならず、私の子供時代の午後は怠け者の教師たちに奪われた。彼らは教室での怠慢を補うために授業後に重い宿題を押し付けてきた。カトリックの教理問答は地獄の恐怖で私に不眠症を植え付けた。それでも私たちは枯れることなく、時間が経つにつれて「子供の心を持つ大人」へと変貌を遂げた。楽観的で芳しい岩の花のように。
だが、そんなことを伝えようとした時、彼の姿はすでに遠ざかり、解けない謎の中へと消えていった。
私は夜の中を歩き続けたが、迷うことへの恐れはなかった。あの川の跡を辿ればキャンプ地に戻れることを知っていたからだ。時間はいつの間にか過ぎ去り、冷え込みが私を帰路へと促した。寝袋に潜り込むと、ファスナーを閉めながら、自分がミイラ化されていくような感覚を覚えた。
濃い闇の中、遠くから聞こえるうるさいロバたちの鳴き声がその静寂を破っていた。彼らの毛には悪魔の硫黄と教会の邪悪さの鱗が絡まっているように感じた。砂のイワシが喉を削るように飛び回り、羅針盤を失った若さを生き抜いた大人の喉をかすれさせた。
私はまだ十分に泣いていない、苦しみを解放するには。続いてやってきたのは「完全に死ねない」という恐怖、つまり自分の思考に食い尽くされるという妄想だった。
その不安が時間を砕き、やがて夢に沈んだ――怒り狂う黄色い猫の夢だ。その夜、砂漠で私はよく眠れなかった。目は屈辱的な幻想で満たされ、私は自らを刺す棘のように弱っていた。
原住民の巡礼者が、やすりと軽石の枯れた花びらを手に運んでいるのが聞こえた。私は問いの礁に這い寄りながら、揮発性の石棺の中で結論を吸い込んでいた。恐怖を噛み砕いていくうちに悟ったのだ――探究しようとしない人間は、失われた二度とない機会の靴底の下で踏み潰される無力な幼虫に過ぎないのだと。
翌朝、テントが私を裸のまま産み落とした。荒涼たる砂漠の広大さが、私の気分を打ちのめした。メキシコシティに戻りたいという衝動に駆られたが、気を取り直して朝食の準備を手伝うことにした。
村の小さな店に戻り、そこで通るバスがないか尋ねた。リアル・デ・カトルセまで歩いて戻るだけの気力は残っていなかったからだ。店主は酒瓶の箱を整理していた。アルコール依存症はこの国では国民病だ。私を振り返ることもなく、彼はこう言い放った。
「どうやら植物様には気に入られなかったみたいだな!」
その不意打ちの一言に、私はその場にいた他の客たちの前で恥ずかしさを覚えた。
「そんなことは…」と口ごもる声で言い返した。「ただ、用事が残っているだけだ。」
ビールを飲む男たちが、目の端で私をとらえた。彼らは知っていた、私が言葉を濁す理由を。だが、何も言わず、黙ってその目線を交わす。彼らにとって、私はただの都市の者、背中を向けるべき影に過ぎなかった。清潔な服を着て、都会のアパートに帰る、そう、そんな者が、いったいペヨーテに怯えているなんて、些細なことに過ぎなかったのだ。
しかし、次の瞬間、砂漠が再び私を呼んでいるのを感じた。それは言葉にしがたい感覚だった。その場にいた人々は、私の心の景色から消え去り、耳に届く音は何もなかった。ただ、一つの響きが「はい」と確信を持って鳴り響いていた。それは長く続く波のような肯定の声であり、私たち全ての人間の内側を貫く山脈のようなものだった。そして、その山を登ろうとする者はほんの一握りしかいない。
私はメキシコシティに戻る計画を捨て、エミリオとともに再びペヨーテの頭を買った小屋へと向かった。そこを出たとき、売り手が一度も顔を見せなかったことに気づいた。それは彼が顔を隠していたわけではない。彼の行為は違法ではなかった。多くの民族が宗教的儀式にこのサボテンの果実を用いるからだ。それでも私は、彼と何の会話も交わさなかったことを思い出した。値段についてすら触れた記憶がない。小屋を出た後、その場所がまるで空き家のように感じられた。確かめるためにもう一度扉を叩いたが、誰にも応答されなかった。この辺りには、私たちが普段目にすることのない存在がいるのだ。
前日にキャンプをした場所に戻り、私はエミリオとともに月光の下、地面に映る手の影の形を当てる遊びをして、笑い合った。
そして、闇が深くなるのを待ってから、新たな歩みを始め、再び力強いペヨーテを口にした。今回はその味に驚かされることはなかった。それでも吐き気を抑える必要があり、ゆっくりとその不快感は消えていった。私は月と語り合った。その広い光は銀を投げかけ、私の孤独を和らげてくれた。
三日目の夜、死んだ思考から目覚め、復活を果たした。夕暮れ時、私は再びペヨーテを口にし、その効果が広がる中で、この荒野との和解が訪れた。砂漠の地はもはや敵ではなかった。夜遅くには、姿を見せない若いフクロウの声と共に、私はその静寂と調和した。
私の熱狂的な身体は歩くことを誘ってきた。砂漠は不思議な共鳴を放っていた。
山々からは、石の腸を持つ洞窟から生まれた歌声が、どこか遠くから届いてきた。私は思考から離れ、自分自身と共に孤独の中を歩いた。歩みはゆっくりだが、無駄なく確かなものだった。ズボンのポケットに入れておいたペヨーテの頭が揺れるたび、私はそれらに愛情を感じていることに気づく。ポケットに手を入れて触れると、不思議な安らぎが広がった。
干上がった川底には、月光に照らされた丸い石が散らばっており、まるで巨大な数珠が何世紀にもわたって壊れ、散らばったかのように見えた。私の視線はしなやかで曲線的になり、川の輪郭を滑るように追っていった。広がる瞳孔はその流れを数千キロ先の海まで追い続けた。
視線は巨大な海底洞窟へと下り、そこでは大海が命の古文書を刻み込んでいた。波から戻ると、私の靴は水を滴らせ、テントの外には両生類の少年のような濡れた足跡を残した。
私は息苦しさに胸を圧されながら、再び夜の散歩に出かけた。険しい石だらけの地面にも、足は迷うことなく、軽やかに進んだ。
やがて辿り着いたのは、墓のように見える小さな塚の前。立ち止まり、そこに身を横たえた。
硬い砂利が体に馴染むようだった。巡礼の列はゆっくりと進み、揺れる蝋燭の光が瞬きしていた。それは私自身の葬列だった。夜は寒気とともに重苦しさを増していった。不可解な存在たちが肩に私の棺を担ぎ、その棺はすすり泣きに切り裂かれる囁きの中で揺れていた。
私の心の中にいた不安に怯える子どもたちは、ついに眠りにつき、その狂おしいまでの不安は消え去っていた。白い絹に包まれた迷える足跡は、今や休息を見つけたのだ。
目を閉じて、優しい大地が私を飲み込んでくれるのを待った。恐れる理由は何もなかった。死はもはや私を怖がらせることはなかった。
最終日の夜、何度もペヨーテを口の中で絞り出した後、私はあらゆる存在たちに囲まれながら砂漠をさまよった。月の光はあたりを白く照らし、隠された宇宙の住人たちの輪郭が見て取れた。私は彼らに頼んだ。「どうか私が思索の迷宮に入るのを邪魔しないでくれ」と。煙と光でできた彼らは理解を示すように微笑み、私が自由に進めるよう道を開けてくれた。
その時、私は誰かが怒りを込めて尖った道具で傷つけたサボテンに出会った。そのサボテンからは、濃厚な憎悪の気配が漂っており、私はその場所を足早に離れた。砂漠の広がる景色が、まるで私を包み込むように静けさを保ちながら、私の心に重い影を落としていた。
長い道のりを歩き、私はようやく休息を求めた。足取りは鈍く、重く感じられ、まるで何かが私を言葉で引き止めているかのようだった。「私たちなしで歩け。思考の触手を使うのだ。」 その言葉が耳に響き、私は再び砂地に横たわり、目を閉じた。小石の寝床が体に心地よく触れ、私はその中で静寂に身を委ねた。抽象的な概念が、徐々に思考の中を漂い始めた。
その時、私の知性が問いかけた。
「人生における成功とは何か?」
その問いが響き渡ると、心の中で一つのトランクが鮮明に浮かび上がった。それを開けると、さらに小さなトランクが入っており、その中からまた小さなトランクが現れた。それを繰り返し開けていくと、最終的に非常に小さくて無価値に思えるトランクに辿り着いた。
「これが成功だ。」 私はそのトランクに手を触れながら、囁くように言った。多くの人々が渇望し、手に入れることを願っているもの、それが実際には手にした瞬間には既に価値を失っていることを、私は知っていた。あの小さな無意味なトランクのように、幻想をしまう余地すらない。それは「家族」という幻影のようでもあった。多くの女性は母になることで満たされると信じているが、現実には、子どもが家を離れた後、彼らを生んだ夫婦はお互いに嫌気がさしていることが多い。
成功とはしばしば失敗の同義語である。大富豪の実業家は、父親としては失格だった。彼は、子どもたちに経済的な安定を与えることができなかった。しかし、貧しさの中で愛し育てたとしても、彼は軽蔑の目で見られることだろう。
家族は出口のない迷宮であり、社会の舞台装置に過ぎない。週末の乾杯の合間に貼り付けられた笑顔の仮面、年末の抱擁の裏に隠された「早く家に帰りたい」という切実な願望。
ペヨーテは青々とした姿で私の代謝に取り込まれた。何の戦いも矛盾もなかった。私は善良な草と大理石から成る者だ。サボテンの汁は私の体を、まるでバニラの雲に湿らされたかのように滑らかに潤滑した。私は砂利が皮膚に食い込むのを感じ、まるで砂漠の壮麗さを支配する傲慢なイグアナのように脱皮していった。輝く星々でネクタイを編み、それは裏切りと悲しみにもかかわらず、私の胸で脈打ち続けた。
私は広大な理性の天穹と語り合いながら、裸の大地の上に指先で自分の生存方程式を描いた。触れることのできない楽譜に旋律を作り、それを歌うことができるのは、特権を持つ者だけだ。その特権を持つ者は、社会の醜悪なカーニバルから離れる勇気を持っている者であり、彼らは不器用なアザラシのように、生命の波を失った不自由な操り人形たちとは違う。
心とは、金属工場の炉のようなものである。それに燃料を投入するためには、五感を完璧に働かせなければならない。薬物や酒、化学的な刺激剤には何の魔法も秘められていない。私たちは、解放された魔術師になれるのだ。ただし、そのためには、希望の涙で潤滑された楽観的な意志を持ち、奇跡の杖を磨き、回し続けることが求められるのである。
ペヨーテとの経験は、まるで大胆な異教徒の儀式に参加するようだった。それでも、ペヨーテは私に優しく接してくれた。神秘的なサボテンは、私たちの先祖である先住民たちに崇拝され、今もなお信仰の対象となっている。しかし、私はそれが多くの人々が信じるような神聖な繋がりだとは思わない。実際、それは私たちの人間の心が感覚と認識の力を広げ、溢れ出すものである。アイデアは生肉のようになり、思索はそれを噛み砕いて飲み込む。内面的な洞察はあまりに深遠で、時に人々が自らの内面を直視することに恐れを感じるほどだ。
ペヨーテは人間の脳に宿る宇宙の偉大さを引き出す。霊や神々との対話や未来の予知を目的としたものではない。それは、計り知れない光を爆発させる引き金であり、虚無へと飛び込む頂点を示している。危険なアクロバットのように、私たちは宇宙が自分たちの内側に存在していることを一瞬垣間見ることができるのだ。
ここに記された出来事は、私の先住民の友人たちへの感謝の気持ちと共に大切にしている。彼らは私がその哲学的詩的な思考を通じて知った存在で、実際にはそこにいなくても、彼らの優しさが私に届き、危険な青い砂漠の中で守られていたかのように感じられた。そこで私は傷一つ負うことなく運良く過ごした。しかし、他の人々は、崩れた精神による心理的な崩壊の下に埋もれてしまった。
リアル・デ・カトルセに歩いて帰るのが疲れ、通りかかった古びたバンに乗り込んだ。宿に戻り、急いでシャワーを浴びるために部屋を借りた。錆びついたシャワーヘッドからは、決して温かい水が出なかったが、それでも冷たい水を浴びることで、冒険者としての汚れた殻を脱ぎ捨てた。
翌日、たっぷりと朝食を楽しんだ後、兄のエミリオが慎重に私たちを故郷のメキシコシティへと運んでくれた。彼には、その冒険に私を招いてくれたことに感謝している。
これらの出来事はすでに40年以上前のことだが、その経験は今も新鮮であり、私の洞察力を深め、今もなお生き続けている。
インターネット技術は素晴らしい進歩を遂げたが、それに依存することによって何百万もの人々が感受性を失い、鈍化してしまった。景色はもはや賞賛されることなく、多くの人々が雲を見上げることもなく、朝の道を歩きながら微かな風を感じることもなく、鳥のさえずりを聞くこともなくなった。
21世紀において、無数の子供たちの心はビデオゲームの戦闘の中で暴力的に傷つき、タブレットが彼らの想像力を奪ってしまった。何百万もの人々が一人でいることに耐えられず、ソーシャルメディアという部族に所属しなければならない。他人に連絡を取るために、意味のないコメントを送ることに必死になっている。その文章や文法は、まるで訓練された人類のように無様だ。
レストランで家族の長を名乗る、機嫌の悪い顔をした男が携帯電話の通知を確認しているのを見かけると、彼の子どもたちはスマホで友達から送られた下品なメッセージを笑いながら見ていて、母親は憂鬱な顔をして飲み物を飲んでいる。それを見ると、私はあの小さなトランクを開けた時の瞑想を思い出す。その時私はこう結論した:
ほとんどの家族は、日々の退屈の中でぼろぼろになった巣のように、腐った枝にぶら下がっているだ。
©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
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