13 FUEGO INTIMO
© Manuel Peñafiel, Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.
12/13/202511 min read


Se despertaba siempre muy temprano. Abría sus enormes ojos, y permanecía algunos instantes tendida dentro del futón mirando el techo que se iba tapizando con las luces y sus contrastes al amanecer. Sentada ante el espejo, tomaba pasadores, los detenía entre los dientes mientras cepillaba su largo cabello que enrollaba atrás de su nuca. Del cajón de la cómoda sacaba medias limpias generalmente elásticamente negras. Las subía a lo largo de sus firmes piernas, doblándolas poco antes de llegar a la ingle, así permanecían alrededor del alto muslo. Se desprendía del camisón sustituyéndolo por un vestido siempre negro. No usaba ropa interior. Finalmente perfumaba su nuca y las corvas de sus piernas.
Antes de que los transeúntes se lanzaran a las calles en dirección a sus trabajos, ella ya se encontraba rumbo al gran parque Yoyogi que sirve de pulmón a la ciudad de Tokio. Se introducía en lo espeso del bosque donde la luz casi no penetraba. Solamente algunas aves llegaban hasta ese terreno húmedo y fangoso. Sobre el borde del pantano se hincaba e introducía sus manos en el frío lodo. Escalofríos recorrían su cuerpo. Dentro del charco abría y cerraba sus puños sintiendo la masa de barro deshacerse al contraerlos. La fría sensación le subía por las palmas de las manos, aquel cosquilleo llegaba a su columna vertebral. Era entonces, que arqueaba su cuerpo y echaba la cabeza hacia atrás cerrando los ojos. Abría la boca. El placer hacía que su mandíbula cayera. Su respiración formaba figuras de blanco vaho en la fría mañana. Así permanecía varios minutos hasta que su íntima humedad emergía entre sus piernas.
1 La Escuela ©Manuel Peñafiel


2 Liza, Tokio ©Manuel Peñafiel
Luego con la hojarasca limpiaba el lodo de sus manos. Se cercioraba de que ningún intruso la hubiese visto, y regresaba a casa para tomar un baño de agua casi fría.
Siempre había sido hermosa. Años atrás los chicos la rondaba. Fue en una fiesta escolar, donde uno de los muchachos la convenció a salir del salón de baile para dar un paseo por el jardín. Alejados del resto se recargaron a un frondoso árbol sakura. Conversaban y reían. Él se acercó presionándola contra el tronco. A ella le agradó sentir la rugosa corteza entre sus nalgas a través de su delgado vestido. Él se apretó más contra la muchacha hablándole muy cerca del rostro. Quiso empujarlo, pero luego ya no quiso rechazarlo. El muchacho la besó ligeramente en la mejilla. Ella le dijo que no lo hiciera moviendo la cara de un lado a otro, sin embargo, él atrapó su boca antes de un no definitivo. Los labios de ella se entreabrieron permitiendo que la lengua masculina jugara con la suya. Podía sentir el miembro del muchacho frotándose a su pubis. Él le alzó lentamente el vestido. Acarició sus muslos, los separó para poder bajar sus pequeñas pantaletas que cayeron en sedoso silencio a sus tobillos. La muchacha se movía sinuosamente. Abrió sus piernas dispuestas a recibirlo ahí mismo, de pie tal como estaban. Cuando él se disponía a penetrarla sintió un calor intenso. Eran las manos de ella al abrazarlo. Él se incomodó, aún así, reanudo su búsqueda. Pero bajo las manos de ella la quemazón aumentaba, ahora el muchacho sentía que la piel le ardía. El dolor lo forzó a dar un paso atrás.


3 ©Manuel Peñafiel
¿ Qué ocurre ?, preguntó desconcertada.
Nerviosamente, él le explicó que sentía laceraciones en la piel.
No te detengas , susurró ella abrazándolo de nuevo.
Pero esta vez, el dolor fue insoportable.
Él gritó y se apartó balbuceando: ¡ Me estás quemando !.
Arregló sus pantalones y se dirigió de nuevo al interior del salón de baile. Ella permaneció semidesnuda recargada contra el árbol. Uno de los tirantes de su vestido caía quedando al descubierto un hombro de redonda juventud frustrada. La blusa desabotonada dejaba libre el plano vientre con pequeño ombligo del tamaño del huesito del fruto del cerezo. Lentamente fue deslizándose hacia abajo. Quedó sentada sobre el suelo húmedo bajándose su vestido para cubrir sus deliciosas piernas que juntó contra de sí. Lloró apoyando la cara contra las rodillas.


4 ©Manuel Peñafiel
El muchacho con la camisa aún de fuera de los pantalones se introdujo apresuradamente al baño de hombres. Fumando cigarrillos se encontraban ahí algunos de sus amigos quienes lo vieron sorprendidos.
¿ Qué te ocurre?, le preguntaron al unísono.
¡ Nada, no es nada ¡ respondió.
Aquel joven alzó su camisa para verse la espalda reflejada en los espejos colocados arriba de los lavabos. Rojas marcas aparecían sobre su piel.
¡ Caramba !, exclamó otro de ellos. ¿ Cómo te hiciste eso ?.
Te dije que no es nada. Deja de preguntar y préstame tu pañuelo.
Lo mojó con agua fría y lo colocó tratando de aminorar el agobio provocado por las quemaduras.
¿ Ella te lo hizo, verdad ? Fue ella cuando la llevaste al jardín. Muchos los vimos salir de la mano.
Aquel joven se encontraba molesto y enojado. Sobre su espalda se veían las quemaduras denotando las indiscutibles marcas de unos dedos.
El chisme corrió por el colegio. Aunque nunca fue más que eso, rumor escolar, sin embargo, desde aquel día a la muchacha la evitaron sus propios y demás condiscípulos. Los días fueron largos y solitarios.
Cuando terminó sus estudios ella encontró trabajo de asistente en una librería de Shibuya, especializada en la venta de volúmenes importados para los extranjeros que vivían en la ciudad.
Una tarde ya estaba por cerrar cuando llegó un cliente a preguntar por cierto título. Ella respondió que no lo tenían, pero que esperaban un embarque que probablemente traería el ejemplar que él buscaba. El cliente dejó su número telefónico para que le avisaran cuando lo tuviesen.


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Después de varias semanas, la muchacha tuvo que llamarlo para informarle que el título que buscaba no había llegado en la remesa. Aquel preocupado lector le manifestó que eso le acarreaba problemas, pues necesitaba dicho tomo para escribir un artículo en la universidad. La muchacha le dijo que en su casa tenía el mismo libro pero que no se encontraba traducido. Sugirió que si deseaba lo podía ayudar a hacer su investigación. Aliviado con la solución, él acepto inmediatamente la oportuna propuesta.
Las semanas transcurrieron con ambos entregados a la labor. Cuando casi estaba terminado el trabajo ya se habían hecho buenos amigos. Empezaron a salir juntos y así surgió afecto mutuo.
Una noche en que se despedían en la puerta, él la besó. El beso fue largo, acompañado de un susurro pidiéndole que lo dejara entrar.
Mis padres duermen, replicó ella.
No haremos ruido, contestó él.
Los viejos dormían en la habitación superior. La ansiosa pareja se deslizó al interior de la sala. Recostados sobre el piso de tatami se besaron de nuevo. Esta vez los besos se hicieron ansiosos. Los dos se deseaban.


6 ©Manuel Peñafiel
¡ Espera ¡, dijo ella. Apoyándose sobre sus pies descalzos levantó sus caderas arqueando su cuerpo para alzar su falda hasta la cintura.
Quítame las medias, le indicó en voz baja.
Él las deslizó aplicando sus labios a los suculentos muslos juveniles. Aspiró el perfume tras sus corvas. Mordió la carne. Llegó al pubis y su lengua jugó con el inflamado clítoris.
Él trataba de desabrochar su pantalón. Ella jadeó y le dijo, yo te ayudo. Bajando la cremallera sus largas manos buscaron el miembro masculino, cuando los ansiosos dedos lo sujetaron el hombre dejó escapar un grito de dolor.
¿ Qué me has hecho ?, vociferó.
¡ Me estás quemando !
Asustada lo soltó y se levantó para encender la luz. El hombre tenía su pene en carne viva.
¡Maldita !, gritó, eres un demonio !
Y cerrándose su pantalón salió corriendo. Los padres de la chica despertaron con los ruidos, y bajaron para averiguar que ocurría. La encontraron sollozando arrodillada sobre el suelo de tatami. Las prendas de vestir se encontraban esparcidas en la sala.
No hubo diálogo. Los viejos dieron media vuelta subieron a su alcoba cerrando la puerta de madera. Esa misma noche ella empacó su maleta y dejó la casa.
Los años transcurrieron hasta que finalmente se dio cuenta de que cuando el deseo se encendía en su mente sus manos se ponían calientes, tanto así, que quemaban igual a candentes brasas. Se refugió en un apartamento rentado. Vivía de su trabajo corrigiendo el estilo y la ortografía de los artículos en un semanario local. Los años acentuaron su belleza, aún así rechazaba el trato con cualquier individuo que la cortejara sabiendo de antemano lo que le ocurriría cuando la excitación se apoderara de su cuerpo. Sus manos quemaban a los hombres.


7 ©Manuel Peñafiel
En algunas noches aquel deseo no satisfecho hacía que perdiera el sueño. Transpiraba entre las sábanas sin poder aliviar el hambre que sentía en medio de las piernas. Era por eso, que al amanecer se vestía apresuradamente para dirigirse al pantano del bosque. Ahí metía las manos que parecían lumbre. El frío lodo aliviaba aquel enardecimiento. Cerraba los ojos al apretar los grumos de tierra. El suave y terso barro se deshacía al abrir y cerrar sus puños. Imaginaba que era carne de un amante y apretaba aún más.
Una de aquellas mañanas de neblina en que se encontraba con sus redondas rodillas hundidas en el musgo oyó crujir las hojas secas a su espalda. Volteó y vio a un hombre observándola. Se levantó. Avergonzada se bajó el vestido. Miró sus manos enlodadas, nerviosamente quiso ocultarlas tras de sí sin conseguirlo.
Sin pronunciar palabra, aquel brusco individuo la tomó por la cintura. La besó rudamente. Al morderle los labios la sangre escurrió por la fina barbilla de la mujer. El dolor la excitó aún más. Los pezones se le pusieron erectos cuando él los apretó con fuerza. Eran dos frambuesas calientes en medio del invierno que había sido su vida. El hombre la llevó contra un roble. De su morral sacó un lazo, tomándola de la muñeca la ató a una rama, luego hizo lo mismo con el otro brazo. Quedó colgada frente a él con los brazos amarrados, sin poder sujetarse a él para saciar su hambre carnal por tantos años insatisfecha.
Aquel desconocido se hincó, levantó su negro vestido y metió la cabeza debajo. Ella sintió su mentón contra sus rodillas, luego el rostro masculino subió lamiéndole los muslos, haciéndole lo mismo en cada ingle, introduciéndole después la lengua a la palpitante vagina. La mujer apretó los dientes. Después de un rato de mojarla con caricias de su boca, él se incorporó. La mordisqueó en los hombros y en el cuello, mientras su mano enguantada apretaba la húmeda vulva que latía ayunando pene.


8 ©Manuel Peñafiel
Dejó de besarla. Sacó un cuchillo que traía al cinto. Con la filosa hoja hizo fina cisura desde la muñeca de la hembra siguiendo por el antebrazo hasta llegar al codo. Le cortó los dos brazos con delicada precisión. La sangre de las delgadas heridas goteaba de sus codos. El se puso debajo y abrió la boca para recibir las gotas calientes en su curvada lengua. Ella lo miraba al través de sus vidriosos ojos. Sentía que sus manos se entumecían poniéndose frías. Tenía la sensación de que por sus heridas salían huevecillos de trigo silvestre, herrumbres, suspiros, y presagios.
Él se incorporó; de su mochila extrajo un saquito de cuero y con los dedos tomó un polvo azul que semejaba trituradas lágrimas. Tomó aquellas partículas apretándolas contra las cortaduras en los brazos de ella, las cuales se le adhirieron al hacer contacto con su sangre. Aquel hombre entonces cortó algunas hojas de árboles, y las vendó a los antebrazos para detener la hemorragia. Desató a la desvanecida hembra. La echó sobre sus hombros y la cargó por varios metros hasta llegar a una colina donde la depositó sobre la hierba. El paraje estaba desierto sin persona alguna a la redonda. El sol ya se asomaba por el amanecer. La joven sentía sus rayos penetrar por sus párpados cerrados. El hombre la desvistió completamente y cubrió aquella espléndida anatomía femenina con lo que parecían semillas. Las aves volaron en círculo arriba de ella, lentamente descendieron para posarse sobre la mujer tendida. Sus suaves plumas acariciaban la carne desnuda frotando sus rodillas y sus senos. Empollando sanación sobre su vientre.


9 ©Manuel Peñafiel
Mientras esto sucedía, él le separó las piernas, las ráfagas del ondulante viento llegaron a su abierto sexo por donde el hombre entró embistiéndola lujosamente. Las aves al emprender su vuelo tiraron algunas plumas que flotaron momentáneamente suspendidas en el aire.
La mujer con el placer en su carne inauguró fuerte orgasmo. Su grito se confundió con los graznidos de los pájaros que abarcaron la mañana. Luego quedó dormida.
Sintió frío cuando el sol comenzó a descender en el crepúsculo. Aún aturdida se incorporó para buscar su ropa. Miró alrededor y se dio cuenta de que estaba sola. Aquel enigmático hombre fugaz amante se había marchado. Se quitó las vendas de los antebrazos, las heridas habían sanado.





De izquierda a derecha:
10 Mariko, Tokio ©Manuel Peñafiel
11 Mariko, Tokio ©Manuel Peñafiel
12 Mariko, Tokio ©Manuel Peñafiel
13 Mariko, Tokio ©Manuel Peñafiel
14 Mariko, Tokio ©Manuel Peñafiel
15 Mariko, Tokio ©Manuel Peñafiel
16 Mariko, Tokio ©Manuel Peñafiel
FUEGO ÍNTIMO深い情熱
マヌエル・ペニャフィエル作 甲佐瑞穂訳
彼女はいつも早く目を覚ます。大きな目を開き、布団の中でしばらく横になりながら、夜明けの光と影に彩られていく天井を見つめていた。鏡の前に腰を下ろし、手に取った髪留めで、長い髪を丁寧にとかし、後ろで束ねて固定する。タンスの引き出しからは、伸縮性のある黒い靴下を取り出し、しっかりした脚に沿って太ももまで引き上げ、股の少し手前で折り曲げて留める。寝間着を脱ぎ、下着は身につけずにいつもの黒いドレスを身にまとい、最後に、首筋と膝の裏に香りをつけた。
通行人が仕事に向かって通りに出始める前には、彼女はすでに東京の大きな呼吸を感じる代々木公園へと向かっていた。森の奥深くへと進み、ほとんど光の届かない場所へとたどり着く。そこには一部の鳥だけが、湿気を帯びた泥の中にたどり着くのを見ている。沼の縁にひざまずき、冷たい泥の中に両手を沈めると、震えが彼女の体を駆け巡る。泥の中で拳を握ったり開いたりすると、粘土のような感触が手のひらで形を崩していく。その冷たさは手のひらを伝い、背骨にまで届く。彼女は体を反らせ、目を閉じて頭を後ろに倒した。口を開き、快楽のあまり顎が自然と下がっていく。冷えた朝の空気に、彼女の息が白い霧のように形を描く。その状態で数分間過ごし、やがて体の奥から湿り気が湧き出てくるのを感じた。その後、枯葉で手の泥を拭い、誰にも見られていないことを確認すると、家に戻り、冷水に近い温度で湯浴みをした。


17 Mi modelo Mika, Tokio, Japón, 1985 ©Manuel Peñafiel
彼女は思春期に両親の家を出て以来、一度も戻ることはなかった。もう7年もの間、一人暮らしを続けている。彼女は昔から美しくm人々を魅了し、多くの男たちが彼女の周りを行き交っていた。ある学校のパーティーで、1人の少年が彼女をダンスホールから誘い出し、庭を一緒に歩こうと提案した。人目を避け、2人は立派な桜の木に寄りかかり、少しの間その場に佇んでいた。
彼らは会話を楽しみ、笑い合っていた。少年は彼女を幹に押し付けるように近づいてきた。彼女は薄いドレス越しに、そのザラザラした木肌が臀部に触れる感覚を心地よく感じた。少年はさらに彼女に寄り添い、顔のすぐそばで囁くように話しかけた。彼女は彼を押し返そうとしたが、その気持ちは次第に消えていった。少年は彼女の頬に軽くキスをした。彼女は顔を左右に振りながら「やめて」と言ったが、彼はその言葉が出る前に彼女の唇を捕らえた。彼女の唇はわずかに開き、少年の舌が彼女の舌と絡み合うのを許してしまった。少年のものが彼の恥骨に擦り付けられるのを感じることができた。


彼女は思春期に両親の家を出て以来、一度も戻ることはなかった。もう7年もの間、一人暮らしを続けている。彼女は昔から美しくm人々を魅了し、多くの男たちが彼女の周りを行き交っていた。ある学校のパーティーで、1人の少年が彼女をダンスホールから誘い出し、庭を一緒に歩こうと提案した。人目を避け、2人は立派な桜の木に寄りかかり、少しの間その場に佇んでいた。
彼らは会話を楽しみ、笑い合っていた。少年は彼女を幹に押し付けるように近づいてきた。彼女は薄いドレス越しに、そのザラザラした木肌が臀部に触れる感覚を心地よく感じた。少年はさらに彼女に寄り添い、顔のすぐそばで囁くように話しかけた。彼女は彼を押し返そうとしたが、その気持ちは次第に消えていった。少年は彼女の頬に軽くキスをした。彼女は顔を左右に振りながら「やめて」と言ったが、彼はその言葉が出る前に彼女の唇を捕らえた。彼女の唇はわずかに開き、少年の舌が彼女の舌と絡み合うのを許してしまった。少年のものが彼の恥骨に擦り付けられるのを感じることができた。
18 Mi modelo Mika, Tokio, Japón, 1985 ©Manuel Peñafiel


19 Mi modelo Mika, Tokio, Japón, 1985 ©Manuel Peñafiel
彼はゆっくりと彼女のドレスを持ち上げた。彼は彼女の太ももを撫で、彼女の小さな下着を下ろすために足を開かせ、それは絹のような静けさの中で彼女の足首に落ちた。
少女はしなやかに動いていた。彼女はその場で、まるで立ったまま彼を受け入れるかのように足を開いた。彼が彼女を抱こうとしたとき、強烈な熱を感じた。それは彼女の腕が彼を抱きしめることから来ていた。彼は戸惑ったが、それでも再び彼女を求めようとした。しかし、彼女の手の下でその熱さは増していき、今や彼は肌が焼けるような感覚を覚えた。その痛みは彼を一歩下がらせた。
彼女は驚き、目を丸くして尋ねた。
「どうしたの?」
彼は緊張し、肌に走る裂けるような痛みを説明した。彼女は優しく彼を抱きしめながら囁く。
「やめないで。」だが、今回はその痛みが耐え難いものとなり、彼は叫び声をあげ、言葉をもつれさせて叫んだ。
「君が俺を焼いているんだ!」
彼は急いでズボンを整え、再びホールの中へと戻った。彼女は木に寄りかかり、半裸のまま佇んでいた。ドレスのストラップが一つ落ち、若々しい肩が露出していた。ボタンを外したブラウスは、さくらんぼの種ほどの小さなへそがある平らなお腹をみせていた。彼女はゆっくりと地面に滑り降り、湿った地面に座り込むと、ドレスを下ろして美しい脚を隠し、抱き寄せた。膝に顔を押し付け、彼女は泣き崩れた。
彼はまだズボンの中にシャツを入れず、急いで男子トイレに駆け込んだ。そこには数人の友人が煙草を吸っており、驚いた表情で彼を見つめた。
「どうしたんだ?」と彼らは一斉に尋ねた。
「何でもない!」と彼は声を荒げた。彼は洗面台の前に立ち、鏡で自分の背中を見ようとシャツをめくった。赤い跡が肌に浮かんでいるのを見つけ、思わず息を呑んだ。
「なんてこった!」と別の友人が叫んだ。「どうやってそんなことになったんだ?」


20 Mi modelo Mika, Tokio, Japón, 1985 ©Manuel Peñafiel
「だから何でもないって言ってるだろ!質問するのはやめて、君のハンカチを貸してくれ。」 彼はハンカチを冷水で濡らし、火傷の苦痛を和らげるために背中に当てた。「彼女にやられたんだろ?君が彼女を庭に連れて行ったとき、みんな君たちが手をつないで出て行くのを見たぞ。」 若者は苛立ちを覚え、怒りが胸にこみ上げた。背中には、間違いなく指の跡を示す火傷が見えていた。
その噂は学校中に広まり、結局それはただの噂に過ぎなかったが、彼女はそれ以来同級生たちから避けられるようになった。日々は長く、孤独なものとなった。卒業後、彼女は渋谷の書店でアシスタントの仕事を見つけた。そこは東京に住む外国人向けに輸入書籍を専門に扱う店だった。
夕暮れが街を染める頃、彼女が働く書店に一人の顧客が現れた。店内の灯りがそろそろ消される時間、彼は特定のタイトルを探していると尋ねてきた。彼女はその本が今は在庫にないことを告げたが、近いうちに入荷する可能性があると伝えた。その瞬間、彼の瞳には希望が灯り、彼は連絡用の番号を彼女に差し出した。彼女は手渡された紙切れに書かれた番号を心の中で反芻し、彼が再び店に訪れる日を、心の奥底で待ち望むようになっていた。
それから数週間が経ち、ついに彼女は電話を手に取った。しかし、待ちに待った知らせではなかった。残念ながら、彼が探していた本はまだ入荷していない。彼女がそう告げると、電話の向こうで彼は心配そうにため息をついた。「大学の研究で必要なんです」と、彼は申し訳なさそうに言った。その言葉を聞いた彼女の胸がふと温かくなり、ある考えが浮かんだ。「私、自宅に同じ本があるんですけど、ただ、翻訳されてないんです。でも、もしよければ、一緒に研究を手伝います」と彼女は提案した。
彼は驚きながらも、その提案を受け入れた。それからの日々、二人は彼女の部屋でその本に没頭した。仕事がほぼ終わりに近づくころ、二人は友人以上の関係になっていた。休日には一緒に出かけ、互いに打ち明ける言葉も増えていった。ある晩、彼が帰り際に立ち上がり、ドアの前で彼女を見つめたとき、彼の表情には今まで見たことのない決意があった。やがて彼は、そっと彼女の顔に近づき、静かにキスを交わした。そのキスは深く、彼女に中に誘うような感情を伝えていた。
「両親が寝てるの」と彼女は小さくささやくと
「静かにするから」と彼は言った。


21 Mi modelo Mika, Tokio, Japón, 1985 ©Manuel Peñafiel
彼の言葉に彼女は小さく頷き、二人は息を潜めて部屋に忍び込んだ。上の階からは、ごく微かな寝息が聞こえる。緊張に包まれた静寂の中、彼らは互いの存在だけに意識を集中させた。
畳の上に横たわり、再びキスを交わした。
最初の柔らかな触れ合いとは違い、今度のキスには抑えきれない焦燥と欲望が込められていた。彼の腕がそっと彼女を引き寄せると、彼女もまた彼の存在を求めるように体を寄せた。
まるで互いの存在を確かめるかのように、二人はその瞬間に溶け合うように触れ合い、目を閉じて全てを忘れるように感じ合った。
「待って」と彼女が言った。裸足で立ち上がり、腰を持ち上げてスカートを腰まで上げた。
「ストッキングを脱がせて」と彼女は小声で指示した。
彼はそれを脱がせ、若々しい太ももに唇を当てた。彼女の膝の裏から香りを吸い込み、肉を噛んだ。恥骨に到達すると、彼の舌が腫れたクリトリスで遊んだ。
彼は彼女のズボンを解こうとした。彼女は喘ぎながら、「私が手伝う」と言った。ジッパーを下ろし、彼女の長い手が男性の肉棒を探った。欲望に満ちた指がそれを握ったとき、彼は痛みの叫びを上げた。
「っ何をしたんだ!」「まるで火傷しているみたいだ」彼の声が響き渡り、彼女は驚きに息を呑んだ。その手を放し、慌てて部屋の電気をつけた彼女の視線の先には、彼の焼けただれた性器があった。
「呪われた!」彼は震えながら叫んだ。「お前は悪魔だ!」怒りと恐怖が入り混じった声でそう言い放つと、彼は慌ただしくズボンを締め、部屋から逃げるように走り去っていった。


22 Mi modelo Mika, Tokio, Japón, 1985 ©Manuel Peñafiel
その物音に気づいた両親が階段を下りてきたとき、彼らが目にしたのは、タタミの上でひざまずき、嗚咽を漏らす彼女の姿だった。部屋の中には衣服が散らばり、痕跡は物悲しいほどに静かだった。両親は何も言わず、無言で彼女を見つめたあと、静かに自分たちの部屋へ戻り、木の扉を閉じた。その夜、彼女は心を決め、荷物をまとめて家を出た。新しい生活が始まったが、その過去の記憶は決して消えることはなかった。
年月が流れ、彼女はあることに気がついた。心に欲望が灯るたびに、手が異様に熱くなり、まるで焼けた炭のような感覚が全身に広がるのだ。彼女はその奇妙な呪いを恐れるようになり、誰とも深く関わらないよう心がけるようになった。興奮が彼女の体を支配すると、彼女の手は触れた者を焼いてしまう。だからこそ、孤独な日々を選び、地元の小さな週刊誌で、記事の校正をしながらひっそりと生計を立てる生活を続けていた。
時が経つにつれ、彼女は大人びた美しさを備えた女性へと成長した。しかしその美しさにもかかわらず、彼女は誰とも関係を結ばず、ただ心の奥底に潜む恐怖とともに過ごすことを選んでいた。
ある晩、満たされないその欲望が彼女の眠りを妨げた。彼女はシーツの中で汗をかき、股間の中に感じる飢えを和らげることができなかった。それゆえ、明け方には慌てて服を着て、森の湿地に向かった。そこで彼女は、まるで火のような手を泥の中に入れた。冷たい泥がその熱を和らげてくれるのだ。土の塊を握りしめながら目を閉じた。柔らかく滑らかな泥が、彼女が拳を開いたり閉じたりするたびに崩れていくのを感じた。彼女はそれを恋人の肉だと想像し、さらに強く握りしめた。


23 ©Manuel Peñafiel
ある霧の朝、彼女が泥に埋もれた丸い膝を抱えていると、背後で枯れ葉がカサカサと音を立てた。振り向くと、一人の男が彼女を見つめているのを見た。彼女は立ち上がり、恥ずかしさのあまりドレスを下ろした。泥だらけの手を見つめ、無意識にそれを隠そうとしたが、うまくいかなかった。
言葉を発することなく、その無愛想な男は彼女の腰をつかんだ。
彼は彼女に粗野にキスをした。彼女の唇を噛むと、血が彼女の細いあごを流れ落ちた。その痛みは彼女をさらに興奮させた。彼が彼女の乳首を強く押すと、彼女は興奮して立ち上がった。それは、彼女の人生の冬の真っ只中での、二つの熱いラズベリーのようだった。男は彼女をオークの木に寄りかからせた。彼の鞄から縄を取り出し、彼女の手首を掴んで枝に縛りつけ、次にもう一方の腕も同様にした。彼女は両腕を縛られた状態で彼の前にぶら下がり、長年の肉欲を満たすために彼にしがみつくこともできなかった。男はひざまずき、黒いドレスを持ち上げて、その下に頭を入れた。 彼女は彼の顎が自分の膝に触れるのを感じ、その後、男性の顔が彼女の太ももを舐め上がってきた。彼はそれを両方の股間で行い、次に彼女の脈打つ膣に舌を入れた。
歯を食いしばりながら押し寄せてくる快楽に耐えていると、彼は身を起こした。
彼は彼女の肩と首をかじりながら、彼の手袋をした手で湿った陰部を締めつけた。そこは彼の性器を待ち望むように脈打っていた。
男は彼女へのキスをやめた。ベルトに差していた鋭い刃のナイフを取り出し、女性の手首から前腕を通り肘まで細い切れ目を入れた。
彼は繊細な精密さで彼女の両腕を切りつけた。細い傷口から血が肘のあたりで滴り落ちた。彼はその下に身を置き、口を開けて熱い雫を曲がった舌で受け止めた。彼女は曇った目を通して彼を見つめていた。彼女は手がしびれ、冷たくなっていくのを感じていた。傷口からは野生の小麦色の卵、錆び、ため息、そして予感が流れ出てくるような感覚があった。


24 Flamas en Oriente,1987 ©Manuel Peñafiel
彼は体を起こし、リュックから革の小袋を取り出した。指で青い粉を掴み、それはまるで砕かれた涙のようだった。彼はそれを彼女の腕の切り傷に押し付け、彼女の血と接触すると、粒子はしっかりとくっついた。すると、その男は木の葉をいくつか切り取り、腕に巻き付けて出血を止めた。彼は気を失った彼女を解放し、肩に抱えて数メートル運んで、丘の上に降ろした。そこは周囲に誰もいない人里離れた場所だった。太陽はすでに夜明けを迎えようとしていた。若い女性は閉じたまぶたを通してその光を感じていた。
彼は彼女を完全に脱がせ、その見事な女性の身体を種のように見えるもので覆った。鳥たちは彼女の上をゆっくりと旋回し、下に降りてきて横たわる女性に止まった。その柔らかい羽毛は裸の肉体に触れ、膝や胸を撫でるようにしていた。彼女の腹の上で癒しを育んでいた。
その間、彼は彼女の足を広げ、波打つ風の突風が彼女の開いた性器に吹き込んできた。彼は贅沢に彼女に入っていった。鳥たちが飛び立つとき、いくつかの羽根が落ちて、空中に一瞬浮かんでいた。
女性は肉体の快楽の中で強いオーガズムを迎えた。彼女の叫びは、朝を迎えた鳥たちの鳴き声と混ざり合った。その後、彼女は眠りに落ちた。
太陽が黄昏に向かって沈み始めたとき、彼女は寒さを感じた。まだ朦朧としている中、彼女は服を探すために起き上がった。周りを見回すと、自分が一人でいることに気づいた。あの神秘的な男、儚い愛人は去ってしまった。彼女は腕の包帯を外し、傷は癒えていた。



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De izquierda a derecha:
25 Sirena Aérea, 1996 ©Manuel Peñafiel
26 Flamas en Oriente, 1987 ©Manuel Peñafiel
27 ©Manuel Peñafiel
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