12 EL EMBRUJO DE LA NAHUAL

© Manuel Peñafiel, Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.

12/13/20257 min read

Segismundo gimoteaba al mirar a Wolfang, quien había empezado a babear incontrolablemente, su estado estaba empeorando a consecuencia del hechizo de aquella bruja.

¿ Qué tal si lo llevamos al hospital ?, le sugerí al yerbero.

El me miró desganadamente, ¿ y qué van a decir que le pasó ?

Habla con tu amigo para ver que te responde.

Tomé a Wolfang sujetándolo por la quijada para que me viera, no logré nada, sus ojos estaban volteados hacia arriba, atisbando hacia la ancha bóveda de la inconsciencia.

Wolfang ! le dije, respóndeme cabrón, ya estuvo bueno, tenemos que volver a casa, nos van a poner como camotes, ya es tardísimo !

No reaccionó, por sus comisuras le comenzó a escurrir saliva espumosa, tan hedionda que tuve que retroceder.

El yerbero se le acercó de nuevo y le habló en nahuatl.

Wolfang respondió algunas palabras en el mismo idioma, enseguida comenzó a llorar.

Sorprendidos Segismundo y yo, le preguntamos al yerbero qué se habían dicho

Su amigo me ha revelado que quiere que vaya yo por él.

¿ A dónde?, grité desesperado.

1 Embrujos 1998 ©Manuel Peñafiel

2 Embrujo 1998 ©Manuel Peñafiel

El curandero respondió enérgicamente:

O te calmas y cooperas, o a tu amigo se lo lleva la fregada.

A tu cuate lo manoseó la nahual, ya te dije.

También lo besó, la lengua de las nahuales son peores que ponzoñosas serpientes, ahí llevan el jugo que le han chupado a los recién nacidos, ese juguito lo fermentan con su bilis y yerbas masticadas, con su aliento son capaces de matar a un gorrión o poner bravo a un perro.

Esa nahuala es una cabrona que me tenía echado el ojo desde que yo vivía en mi pueblo. Hace varios meses que me buscaba hasta que me encontró, ustedes se atravesaron en su camino justo cuando ella me iba a hacer una chingadera.

Le tocó la de malas a Jacinto.

Mi amigo se llama Wolfang, le corregí al yerbero, pero él ignoró mi comentario y siguió hablando.

La nahuala probablemente andaba cachonda, por eso se le antojó echarse un caldo con él, pero estuvo mal que se dejara engatusar, ahora ya le pasó su veneno, y no dudo que también se le esté carcomiendo el hígado, la pus puede echar raíces hasta en el cerebro.

Hay que dar gracias que la condenada no copuló con el machín, si hubiese tenido tiempo de abrir las piernas para que entráse a su nauseabundo hoyo ya se le hubiera caído el miembro despellejado y podrido a tu amigo.

La nahual es una mujer que está viva, pero su alma ya está muerta, a primera vista ella es una sabrosa tuna, pero quien la toca se espina los dedos, se le enguata la piel, el corazón y hasta la razón.

Así que si quieren saber a donde se fue su amigo, me pidió que fuese yo por él, lo tenemos que llevar a mi pueblo y trabajarlo para llegar al sitio donde está extraviado.

Él está en el llano de los niños desalmados, donde las criaturas pululan en andrajoso vacío, donde ningún color existe, orientación ni ánimo; en ese enorme predio la gente se hincha con el desconcierto, aúlla en soledad cayendo postrada en obscuridad sin dioses.

3 Hechicera peligrosa, 1998 ©Manuel Peñafiel

El yerbero nos relevó de la pesada carga que ya representaba Wolfang cargándolo, luego nos dijo:

La terminal camionera no está lejos, podemos llegar caminando.

Cuando llegamos a pesar de la hora avanzada de la noche, el ambiente estaba impregnado con toda clase de humores que despedían las numerosas personas esperando abordar hacia sus destinos.

El yerbero depositó cuidadosamente a Wolfang en el suelo, pues no había ningún asiento disponible en la sala de espera; de su morral sacó algunos billetes arrugados para dirigirse a la ventanilla de donde regresó con tres boletos.

Falta uno, le dije, nosotros somos cuatro.

El yerbero me miró como siempre lo hacía, desde cierta distancia cerebral, pero con transigencia dijo:

No te preocupes, a tu amigo nadie lo notará, ya te dije que la nahuala lo embrujó, él ahora es intangible, no está aquí sino allá.

Le repliqué que el uniformado que vigilaba el andén nos detendría al no darle los boletos requeridos

El chamán ignoró mis alegatos, tomó cuidadosamente a Wolfang y se dirigió al autobús.

Cuando pasamos frente al guardia, simplemente le extendió los tres boletos y éste los cortó por la mitad, devolviendo las contraseñas.

Segismundo y yo respiramos hondo, sintiendo que si alzábamos la voz seríamos descubiertos. Sin embargo, no fue así, ya dentro sucedió lo mismo cuando el boletero hizo su trabajo. Ninguno nos pidió el boleto de Wolfang, a quien nadie parecía notar a pesar de que viajó al lado del yerbero, quien apoyó la cabeza del enfermo en su hombro y con un paliacate le secaba el sudor de la frente, la cual fruncía de vez en vez como si el muchacho estuviese sumido en una pesadilla.

Cuando se inquietaba demasiado, aquel comprensivo curandero le hablaba al oído en sedantes palabras indígenas en idioma náhuatl, tan suaves que su paciente recuperaba el ritmo de su respiración y reposaba.

Al veloz omnibús lo engulló la noche rodando sobre el largo reptil de asfalto negro.

Yo estaba preocupado por la manera en que conducía aquel chofer, curveando con osadía irresponsable al filo del desnudo riesgo, sin embargo, a los demás pasajeros no parecía importarles.

Opté por descansar para aminorar mi inquietud al no saber a donde nos dirigíamos, sin siquiera haberle avisado a mi familia.

4 Nahuales de Coatlicue, 1996 1996 ©Manuel Peñafiel

Horas después, algunas voces me despertaron, eran los vendedores que afuera del camión ofrecían por las ventanillas rebanadas de frutas condimentadas con sal, limón y chile piquín.

El yerbero se dirigió a Segismundo y a mí:

Bajen a orinar, después de esta parada sigue un largo trecho.

Le obedecimos y buscamos los sanitarios, el olor en el interior era repugnante.

Al salir tuvimos que alcanzar el vehículo que ya se encontraba en marcha.

El camión dejó la autopista asfaltada para tomar una carretera de terracería, donde ya no había vehículos por delante que le impidieran al chofer hundir el acelerador.

De pronto se oyó un estallido, el bólido se inclinó de un costado, coleó levantando tanto polvo que ignorábamos a donde iríamos a parar, el conductor sujetó el volante para evitar una volcadura, las mujeres chillando plegarias sonaban igual a guajolotes gorgoreando inútil fanatismo religioso. Algunos hombres gritaron, ocultando su miedo detrás de obscenidades dirigidas al aturdido chafirete.

Una niña se estrelló contra el respaldo del asiento de enfrente, cuando le saltaron algunos dientes comenzó a llorar desconsoladamente ante la vista de su propia sangre.

Los bultos del equipaje cayeron de los anaqueles arriba de las cabezas que se abultaron con chichones.

Segismundo consternado gritó:

¡ Nos vamos a matar !, el yerbero tronó los dedos frente a su rostro y le dió un manazo en la cabeza al decirle, no seas culero, aquí nadie va a morir, es solamente una ponchadura.

Todavía no terminaba su reprimenda cuando el camión se detuvo dando un golpazo contra un árbol a la orilla del camino. Los pasajeros se fueron calmando al constatar que el accidente no había alcanzado mayores proporciones, sin embargo, no se dejaron de oír groseras reclamaciones dirigidas al conductor, quien se levantó de su puesto para evaluar las averías.

Escupiendo sobre el neumático ponchado, exclamó, me lleva la tiznada, tenía que pasarme esto justo hoy que no traigo refacción.

Al escuchar esto, comenzó la rechifla, enseguida la enojada tripulación le arrojó toda clase de agresiones verbales junto con cáscaras de fruta, basura, hasta que una lata de cerveza le golpeó la ceja izquierda que al abrirse dejó escapar un hilillo de sangre que pronto se empolvó entre sudor y maldiciones.

¡ ‘Orale, jijos de la chingada !, protestó el herido, ¡ miren nomás lo que me hicieron ¡ si no le paran, aquí los dejo y a ver como le hacen.

5 Nahuales de Coatlicue, 1996 ©Manuel Peñafiel

La gente al escuchar la amenaza bajó las voces para escuchar que les vociferaba:

‘Orita vengo, voy aquí adelante a pedir ayuda.

Con toda la conmoción y escándalo, Wolfang se despertó, mirando todo con ojos azorados. El yerbero le dijo, no te asustes mi’jito,’orita mismo nos jalamos pa’ mi pueblo, ahí te curaré.

Nosotros no tenemos que esperar a que arreglen este pinche camión, llegaremos allá caminando, para esto Dios nos dió pies, para usarlos sin pedirle permiso a naiden.

Seguido de esto, bajó del camión y se puso en marcha.

Segismundo y yo lo seguimos sin replicar…sin arrepentirnos de haber confiado en aquel sabio yerbero, quien cumplió su palabra.

De izquierda a derecha:

6 La Hechicera, 1996 ©Manuel Peñafiel

7 La nahual, 1996 ©Manuel Peñafiel

8 Brujerías 1998 ©Manuel Peñafiel

9 Inframundo 1996 ©Manuel Peñafiel

©Manuel Peñafiel - Fotógrafo, Escritor y Documentalista Mexicano.

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